La oración de arrepentimiento de David nos puede ayudar a entender cómo podemos escapar de las cadenas del pecado y restaurar nuestra relación con nuestro misericordioso Dios.
David estaba en graves problemas. Todo comenzó con un adulterio y el panorama empeoró cuando empezó a tramar cómo encubrir el embarazo de Betsabé. Desesperado, llegó hasta lo más bajo y ordenó que mataran a su esposo Urías. Meses después estaba consternado luego de que Dios le hiciera ver sus pecados por medio de su profeta Natán.
Más adelante, Pablo describió la realidad que David estaba enfrentando: “¿No sabéis que si os sometéis a alguien como esclavos para obedecerle, sois esclavos de aquel a quien obedecéis, sea del pecado para muerte, o sea de la obediencia para justicia?” (Romanos 6:16).
David se vio en medio de la peor de las esclavitudes, la esclavitud del pecado, y cada artimaña que ideó para afrontar este asunto, sólo sirvió para que sus cadenas se hicieran más pesadas.
La historia de David es nuestra historia
¿Alguna vez se ha encontrado en una situación similar? Si usted está consciente de lo que significa quebrantar la ley de Dios, entonces la respuesta es sí. Si usted comprende la verdad bíblica de que nuestra mente básicamente es: “enemistad contra Dios; porque no se sujetan a la ley de Dios, ni tampoco pueden” (Romanos 8:7), la respuesta es sí.
Nadie, ni siquiera alguien tan poderoso como el rey de Israel está por encima de la ley de Dios o es inmune a su naturaleza humana. Todos hemos pecado (Romanos 3:23), y las cadenas del pecado nos arrastran al dolor, al sufrimiento y eventualmente a la muerte.
¿Qué le pasó a David? ¿Cómo pudo romper esas cadenas y recuperarse hasta el punto en que Dios lo describe como un “varón conforme a mi corazón, quien hará todo lo que yo quiero” (Hechos 13:22)? Y más importante aún, ¿qué podemos aprender de su historia?
Muchos de nosotros estamos familiarizados con el relato de 2 Samuel 11 y 12 donde se habla acerca de los pecados de David. No obstante, muchos han pasado por alto la parte más importante de la historia, de cómo restauró su relación con Dios. Eso lo encontramos en Salmos 51, en donde David por medio de su oración, hace un resumen de su viaje espiritual después de que Dios lo confrontara a través de Natán.
Dios preservó los pensamientos de David en este salmo, no para humillarlo sino para que nos sirviera de modelo y entendiéramos lo que significa el verdadero arrepentimiento. Esto es de una importancia vital porque el arrepentimiento es el primer golpe de martillo que comienza a romper las cadenas del pecado.
Analicemos cuatro principios fundamentales que nos revela la oración de David acerca del arrepentimiento fervoroso y sincero. Vayamos al Salmo 51 y leamos lo que dice allí.
1. ¡Reconocer el pecado!
Adán y Eva fueron los primeros en mostrar una falencia fatal en la mente humana: la respuesta automática que tenemos de querer escondernos de Dios cuando pecamos. Tendemos a querer evitar la responsabilidad de nuestro pecado y sus consecuencias.
¡Reconocer nuestro pecado significa que reconocemos delante de Dios que somos culpables de que Cristo tuviera que morir por nosotros para pagar la pena de todos nuestros pecados!
La vergüenza es un precursor de esto. También el miedo o el desánimo que surgen al tropezar repetidamente y cometer el mismo pecado. Sea cuál sea la razón, no podemos escapar de una ley espiritual fundamental que rige nuestras vidas: “Mas si así no lo hacéis, he aquí habréis pecado ante el Eterno; y sabed que vuestro pecado os alcanzará” (Números 32:23). Así como David tuvo que aprender esta lección de una manera dolorosa, nosotros no podemos escondernos o huir de las consecuencias del pecado.
Dios amaba a David de tal manera que le dio una última oportunidad para que dejara de esconderse de sí mismo y su pecado. Finalmente, con una cruda honestidad, David asumió la responsabilidad, “Porque yo reconozco mis rebeliones, y mi pecado está siempre delante de mí. Contra ti, contra ti solo he pecado, y he hecho lo malo delante de tus ojos; para que seas reconocido justo en tu palabra, y tenido por puro en tu juicio” (Salmos 51:3-4).
¡Podemos comenzar a sobreponernos sólo después de dejar de racionalizar, excusar y minimizar nuestro pecado! David no desestimó su pecado llamándolo un “error” o un “problema”, se refirió a él como “lo malo”.
Hubiera sido más fácil concentrarse en el daño que le causó a Betsabé, a Urías e incluso a su pequeño hijo quien iba a morir, pero David no los mencionó. En lugar de eso, se concentró en la raíz del asunto —había pecado contra Dios.
¿Qué significa esto para nosotros? ¡Reconocer nuestro pecado significa que reconocemos delante de Dios que somos culpables de que Cristo tuviera que morir por nosotros para pagar la pena de todos nuestros pecados!
Entender esto personifica profundamente el impacto que tiene el pecado. Pedro recalcó este punto en su sermón en Pentecostés, y cuando estaba explicando la vida y muerte de Cristo, le dijo a la multitud: “que a este Jesús a quien vosotros crucificasteis, Dios le ha hecho Señor y Cristo” (Hechos 2:36, énfasis añadido). Ellos no discutieron ni dijeron “nosotros no estuvimos cuando eso sucedió, así que no nos pueden culpar”.
En lugar de esto, “se compungieron de corazón, y dijeron a Pedro y a los otros apóstoles: Varones hermanos, ¿qué haremos?” (v. 37). ¡Asumieron su responsabilidad! Y la respuesta de Pedro fue simple y clara: “Arrepentíos, y bautícese cada uno de vosotros en el nombre de Jesucristo para perdón de los pecados; y recibiréis el don del Espíritu Santo” (v. 38).
Es cierto, reconocer nuestro pecado es doloroso, pero si no lo hacemos no podemos avanzar y romper las cadenas que nos atan a él.
2. Correr —¡pero no lejos de Dios sino hacia Dios!
Tan pronto como David dejó de huir de Dios y reconoció su pecado, supo que la única manera de seguir adelante era correr hacia Dios. Recordó la naturaleza de Dios y se postró ante del trono de su misericordia. Lo primero que le pidió a Dios en el Salmo 51 fue: “Ten piedad de mí, oh Dios, conforme a tu misericordia; conforme a la multitud de tus piedades borra mis rebeliones”.
El arrepentimiento se basa y se construye sobre la esperanza y confianza en Dios. David dijo en el versículo 9, “Esconde tu rostro de mis pecados, Y borra todas mis maldades”. Él confiaba en que Dios lo podía hacer.
En el versículo 12 dijo: “Vuélveme el gozo de tu salvación, Y espíritu noble me sustente", pues confiaba en que Dios podía hacer eso también.
En el versículo 14 pidió: “Líbrame de homicidios, oh Dios, Dios de mi salvación; Cantará mi lengua tu justicia”. Él había puesto su confianza en que el Dios de salvación y justicia iba a obrar así.
David conocía a Dios y creía en su misericordia y amor. Estaba consciente de que no lo merecía, pero también sabía que Dios estaba dispuesto a redimirlo y darle otra oportunidad. Le pudo decir en su oración: “Hazme oír gozo y alegría, y se recrearán los huesos que has abatido” (v. 8), porque sabía que Dios disciplina para sanar, no para herir; para salvar, no para destruir.
Lo invitamos a descargar nuestros folletos, Conociendo al Dios de la Biblia y El regalo de la gracia de Dios. Cuando conocemos a Dios, como David lo hizo, podemos tener la confianza de correr hacia Él, no lejos de Él, ¡incluso cuando estamos luchando contra el pecado!
3. No se trata sólo del perdón, se trata de hacer un cambio
¿Por qué cree usted que Dios está dispuesto a trabajar con los pecadores, a perdonarlos, incluso cuando luchamos contra los mismos pecados, en ocasiones durante años?
La respuesta es que el verdadero arrepentimiento se trata de cambiar nuestras vidas, no sólo de ser perdonados. Dios no quiere simplemente perdonarnos. Él quiere crear una nueva persona. Pero también sabe que está tratando con seres que son débiles en muchos aspectos, y que necesitamos de su paciencia y misericordia si es que realmente vamos a cambiar nuestras vidas.
David sabía esto: “Crea en mí, oh Dios, un corazón limpio, Y renueva un espíritu recto dentro de mí” (v. 10). También sabía que necesitaba la intervención y ayuda de Dios para que sucediera.
No podemos hacer simplemente unos pocos ajustes o modificaciones a la naturaleza humana y quedar bien. Necesita ser reemplazada porque, contrario a lo que enseña la filosofía moderna, el corazón humano no es bueno realmente (Jeremías 17:9). Pablo lo expresó con vehemencia de esta manera en Romanos 8:7-9:
“Por cuanto los designios de la carne son enemistad contra Dios; porque no se sujetan a la ley de Dios, ni tampoco pueden; y los que viven según la carne no pueden agradar a Dios. Mas vosotros no vivís según la carne, sino según el Espíritu, si es que el Espíritu de Dios mora en vosotros. Y si alguno no tiene el Espíritu de Cristo, no es de él”.
Sólo con la ayuda del Espíritu de Dios podemos vencer la carnalidad y dejar de caminar en pecado.
David pudo entender lo que realmente busca Dios en cada uno de nosotros. “Porque no quieres sacrificio, que yo lo daría; no quieres holocausto. Los sacrificios de Dios son el espíritu quebrantado; al corazón contrito y humillado no despreciarás tú, oh Dios” (Salmos 51:16-17).
Recordemos que Dios sacrificó a su Hijo para que obtuviéramos el perdón. Cuando Dios ve en nosotros un corazón contrito y humilde que está comprometido con el cambio, Él nos da todas las oportunidades posibles. Los rituales no rompen las cadenas del pecado, pero un espíritu y corazón quebrantados sí pueden hacerlo.
4. Se trata de quiénes somos, no sólo de lo que hemos hecho
David hizo una extraña afirmación cuando dijo, “He aquí, en maldad he sido formado, Y en pecado me concibió mi madre” (v. 5). ¿Acaso estaba trayendo a colación un pecado de su madre?
No. La afirmación de David fue una expresión de su discernimiento acerca del impacto del pecado en su vida desde el momento en que ésta comenzó. Al parecer, estaba reflexionando profundamente. “¿En qué momento llegué a este punto del pecado? Si he conocido la ley de Dios durante toda mi vida y he tenido una relación sólida con Él, ¿cómo pudo pasar esto?”. Esto plantea un aspecto muy importante que debemos tener en mente para comprender la profunda necesidad que tenemos de la ayuda de Dios.
David no estaba justificando su comportamiento. Por el contrario, estaba reconociendo cuánto daño le había hecho este mundo lleno de pecado a su vida. Al igual que Adán y Eva todos hemos comido del fruto del árbol del conocimiento del bien y del mal y, de hecho, tenemos una gran maldad arraigada en nuestro carácter, incluso mucho antes de tener la edad suficiente para poder entenderlo.
Es por esto que Pablo escribió en Romanos 7: “Así que, queriendo yo hacer el bien, hallo esta ley: que el mal está en mí. Porque según el hombre interior, me deleito en la ley de Dios; pero veo otra ley en mis miembros, que se rebela contra la ley de mi mente, y que me lleva cautivo a la ley del pecado que está en mis miembros” (vv. 21-23). Todo esto se debía, cómo él lo reconoció, a que: “soy carnal, vendido al pecado” (v. 14).
David comprendió que no sólo necesitaba arrepentirse de los pecados que había cometido sino también de su naturaleza pecaminosa. Por esta razón oró fervientemente: “He aquí, tú amas la verdad en lo íntimo, Y en lo secreto me has hecho comprender sabiduría” (Salmos 51:6). Él necesitaba la ayuda de Dios para poder conocerse a fondo y así cambiar su naturaleza.
Tal como Juan escribió: “Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad” (1 Juan 1:9).
Cuando comprendemos esta verdad, avanzamos y damos un gran paso para poder romper las cadenas del pecado: yo no sólo hago cosas carnales (esto es, actuar conforme a los deseos pecaminosos y carnales), yo soy carnal —ésa es mi naturaleza. Estar conscientes de eso debería movernos a atacar la raíz del pecado. Concentrémonos en pedirle a Dios que nos ayude a cambiar nuestra naturaleza totalmente, no sólo que nos ayude con alguna situación o un pecado en particular.
¡Usted puede ser liberado del pecado!
Definitivamente, existen otros factores que forman parte de la problemática y debemos tenerlos en cuenta si es que queremos romper por completo las cadenas del pecado. Nuestro artículo “Siete pasos para vencer el pecado” describe algunos de estos elementos claves. Miles de personas también han encontrado nuestro folleto ¡Cambie su vida! muy útil.
Pero el genuino arrepentimiento es la base y el primer paso necesario para darle un giro a su vida. El Salmo 51 es un testimonio muy poderoso de que, sin importar qué tipo de cadenas nos aten al pecado, nada es más fuerte que Dios. Él está ahí para responder el clamor de cualquier pecador que acuda a Él con una actitud de verdadero arrepentimiento, tal como lo hizo David.