Vida, Esperanza y Verdad

Sanidad divina

Aunque en la Biblia encontramos muchos ejemplos de sanidad divina, todos ellos ocurrieron en tiempos y lugares muy remotos. ¿Sana Dios en la actualidad?

Así es como muchas personas fueron sanadas en la Biblia. Pero, ¿qué sucede con nosotros en la actualidad? ¿También podemos estar seguros de que Dios escuchará nuestras oraciones e intervendrá de la manera más sabia y beneficiosa?

Dios diseñó nuestro cuerpo

En el relato de la creación, Dios revela haber creado Adán del “polvo de la tierra, y sopló en su nariz aliento de vida, y fue el hombre un ser viviente” (Génesis 2:7). El cuerpo de Adán (padre de todos los seres humanos) fue hecho de carne y hueso y, por lo tanto, vulnerable a heridas, enfermedades y eventualmente la muerte. Querámoslo o no, nuestro cuerpo es físico y se irá deteriorando hasta desgastarse por completo aun en el caso de que nunca nos lastimemos o enfermemos.

Como dice el autor del libro de Hebreos, “está establecido para los hombres que mueran una sola vez, y después de esto el juicio” (Hebreos 9:27).

Aceptar que eventualmente todos moriremos es el primer paso para entender cómo funciona la sanidad divina, pues significa que Dios no siempre nos sanará y en algún momento, de acuerdo a su sabiduría, plan y voluntad, permitirá que muramos.

Ejemplos de sanidad divina en las Escrituras

Sin embargo, en la Biblia también encontramos muchos ejemplos de sanidad de enfermedades graves como la lepra, ceguera y paraplejia, e incluso ejemplos de resurrección, milagros que Dios hizo a través de hombres como Elías y Eliseo en el Antiguo Testamento y de los apóstoles en el Nuevo. Y por supuesto, Jesucristo (Dios en la carne) también sanó y resucitó a muchos durante su ministerio en la tierra.

Claramente, Dios tiene el poder para sanar milagrosamente y a veces sana aun las enfermedades más graves y mortales. La sanidad divina es una prueba maravillosa de su gran poder y amor por los seres humanos y nos demuestra cuán involucrado está en nuestra vida —nos demuestra que el Creador no es una Deidad distante e indiferente como algunos piensan.

Instrucciones en el Nuevo Testamento

Aunque muchos lo ignoran, Dios incluso nos dejó instrucciones sobre la sanidad en el Nuevo Testamento.

En Santiago 5:14-16, por ejemplo, leemos: “¿Está alguno enfermo entre vosotros? Llame a los ancianos de la iglesia, y oren por él, ungiéndole con aceite en el nombre del Señor. Y la oración de fe salvará al enfermo, y el Señor lo levantará; y si hubiere cometido pecados, le serán perdonados. Confesaos vuestras ofensas unos a otros, y orad unos por otros, para que seáis sanados. La oración eficaz del justo puede mucho” .

Como parte de la predicación del evangelio que Cristo les había encomendado, los apóstoles “ungían con aceite a muchos enfermos, y los sanaban”, un modelo que el ministerio de Jesucristo aun sigue en la actualidad al ungir con aceite e imponer las manos a los enfermos (Marcos 6:13).

Aunque la Biblia no específica el tipo de aceite que los apóstoles usaban, sabemos que el aceite de ungimiento usado en el Antiguo Testamento estaba hecho a base de aceite de oliva, el cual también servía para otros propósitos medicinales y como combustible de las lámparas del templo. Por lo tanto, ya que sus usos eran sanar e iluminar, este tipo de aceite parece ser el más adecuado para simbolizar el poder del Espíritu Santo a través del cual Dios sana.

Además, si bien el ungimiento debe ser hecho en persona cuando sea posible, en la Biblia también encontramos un ejemplo de sanidad en que el ministro ungió un pedazo de tela y lo envió al enfermo tal como el apóstol Pablo acostumbraba (Hechos 19:11-12). Éste es el ejemplo que seguimos en la Iglesia de Dios, una Asociación Mundial cuando por alguna razón el ministro no puede ungir personalmente a la persona enferma.

La sanidad viene de Dios

Es importante recordar que no es el ministro ni el aceite lo que sana. Dios es el único Sanador y es hacia Él que debemos dirigir toda nuestra fe y, por lo tanto, nuestra obediencia (Mateo 9:20-22; Hechos 14:8-10; 1 Juan 3:22-23). Como muchos ejemplos actuales de sanidad e intervención divina lo comprueban, podemos estar seguros de que Dios honrará nuestra fe y nuestro esfuerzo por obedecerle.

También debemos comprender que la fe en la sanidad divina no significa que sea necesario dejar de buscar ayuda o tratamiento médico o hacer lo que esté a nuestro alcance para recuperarnos de alguna herida o enfermedad.

Aunque ni el mejor de los médicos tiene el poder para sanarnos, sí puede hacer su parte trabajando con el cuerpo y los sistemas que Dios diseñó y colocar un hueso en su lugar para que suelde correctamente o recetarnos un medicamento que ayude a nuestro cuerpo a resistir una infección o enfermedad. Sin embargo, el poder de sanar le sigue perteneciendo sólo al Creador y el verdadero trabajo lo hará el cuerpo que Él amorosamente diseñó.

Comprender la voluntad de Dios

El hecho de que estas promesas sean ciertas y Dios tenga el poder para sanar, no significa que todos sanarán inmediatamente después de ser ungidos. Como la Biblia y la experiencia nos enseñan, Dios a veces permite que seamos probados con una enfermedad por mucho tiempo, e incluso años.

El mismo Pablo tuvo que soportar “un aguijón en [su] carne” —probablemente una enfermedad desconocida— que lo aquejó durante el resto de su vida (2 Corintios 12:7). Pero, como el apóstol, debemos comprender que Dios puede enseñarnos lecciones muy importantes con este tipo de pruebas.

Cuando se trata de nosotros mismos, hacemos bien en preguntarnos si hay algo que debamos aprender y pedir a Dios que nos ayude a crecer en fe y obediencia. Pero, cuando se trata de otra persona, nunca es provechoso cuestionar su fe, pues puede haber muchas otras razonas por las que Dios decida no sanarla inmediatamente. Sólo Él conoce los corazones y sólo a Él le corresponde juzgar.

En general, Dios desea que todos los seres humanos gocemos de buena salud (3 Juan 1:2). Es por esto que nos pide mantener nuestro cuerpo físico (su templo) libre de adicciones y malos hábitos, y es parte de la razón por la cual estableció las leyes alimenticias (2 Corintios 6:16-18; Levítico 11; Deuteronomio 14). Si desea saber más sobre temas de salud, consulte otros artículos de esta sección.

Pero, en su sabiduría, Dios diseñó la vida humana para durar sólo un tiempo limitado. Una prueba de salud puede fortalecernos muchísimo espiritualmente, y el ejemplo que un cristiano fiel puede dejar a sus amigos y familiares al final de su vida es invaluable.

Dios piensa en el futuro

Dios conoce nuestras necesidades mejor que nadie y, en su perspectiva perfecta y eterna, siempre busca nuestro bienestar. Como toda prueba, una enfermedad puede ayudarnos a crecer en fe, obediencia y carácter y fortalecer nuestra relación con Él. No podemos suponer que si no somos sanados inmediatamente nunca lo seremos, pues a veces Dios quiere enseñarnos a ser pacientes, o tiene alguna otra lección para nosotros o quienes nos rodean. Sólo Él sabe cuál es el mejor momento para sanar y por qué, y esto no necesariamente depende de la fe del individuo.

Dios ha prometido un maravilloso futuro donde no existirán el dolor, el sufrimiento ni la muerte, pero no nos promete la vida eterna en cuerpo físico ni dice que estaremos libres de problemas en esta vida, incluyendo problemas de salud (Apocalipsis 21:4). Es por esto que en el pasado todos sus siervos fieles llegaron al final de sus vidas y ahora permanecen en sus tumbas esperando ser resucitados a vida inmortal (1 Corintios 15:50-54).

¿Sana Dios en la actualidad? ¿Podemos confiar en que Dios escuchará nuestras oraciones e intervendrá pensando en nuestro bienestar? La respuesta fuerte y clara es que “Sí”, podemos pedirle sanidad confiando en su amor y sabiduría para darnos exactamente lo que necesitamos en el momento preciso (Romanos 8:28).

Conozca más acerca de la enseñanza bíblica en cuanto a la sanidad divina en nuestro artículo “Escrituras acerca de la sanidad”.

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