En casi todas las oportunidades, Jesús se refería a Dios como “Padre” en sus oraciones y les enseñó a sus discípulos que ellos podían hacer lo mismo. ¿Qué significa realmente llamar “Padre” a Dios?
Los discípulos ya habían presenciado milagros impresionantes, incluyendo muchas sanaciones y dos resurrecciones. También habían visto a Jesús apaciguar una tormenta, echar demonios fuera de las personas y alimentar a una gran multitud con unos pocos panes y peces. Ellos podían notar que Él era diferente a otros líderes religiosos.
No es de sorprenderse que uno de ellos le pidiera: “Señor, enséñanos a orar, como también Juan enseñó a sus discípulos” (Lucas 11:1). Ellos habrían deseado tener la misma relación de confianza con Dios, como la que presenciaron en la vida de su Maestro.
No obstante, lo que sí pudo sorprender a la gente de ese tiempo, es que Él les enseñó a orar “Padre nuestro que estás en los cielos” (v. 2). Los cristianos modernos pueden pasar por alto lo impactante que habría resultado esta forma de dirigirse a alguien. Incluso hoy en día, ¿podríamos subestimar su impacto real?
¿Qué significa llamar “Padre” a Dios?
El Comentario Bíblico del Expositor resalta que entre los judíos del primer siglo que vivían en Judea y Galilea, “Nadie se dirigía directamente a Dios como ‘Mi Padre’, porque se habría considerado una falta de respeto” (Vol. 10, p. 474).
Al dirigirse reiteradamente a Dios como “Padre” en sus oraciones, Jesús no sólo se desligó de las costumbres establecidas del primer siglo, sino que dejó perplejos a los espectadores. En su libro The Central Message of the New Testament [El mensaje central del Nuevo Testamento], Joachim Jeremías explica:
“Para sus discípulos debió ser algo extraordinario que Jesús se dirigiera a Dios como ‘mi Padre’. Además, los cuatro Evangelios no sólo atestiguan que Jesús utilizaba esta forma de dirigirse a Dios, sino que coinciden en afirmar unánimemente que lo hacía en todas sus oraciones”.
Jeremías cita la única excepción, una oración que Jesús pronunció durante su crucifixión: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?” (Marcos 15:34).
En esa oración Él estaba citando y cumpliendo la escritura (Salmos 22:1). Sin duda, Jesús sintió una profunda separación de Dios como resultado de cargar con nuestros pecados.
“Abba, Padre” en una oración de Jesús
Cuando entendemos el lenguaje que Jesús utilizaba para dirigirse al Padre en sus oraciones, el contraste entre su enfoque y el del judaísmo del primer siglo es aún mayor. Uno de los evangelistas resaltó ese contraste con la inclusión de una sola palabra en su relato.
En el pasaje que habla acerca de Jesús orando en Getsemaní la noche previa a su crucifixión, Marcos escribió que Jesús oró: “Abba, Padre” (Marcos 14:36, énfasis añadido). El evangelio fue escrito en griego, pero Marcos incluyó la palabra aramea, y la tradujo automáticamente como “Padre”.
¿Por qué? Esta palabra “implica intimidad” (Expositor, Vol. 10, p. 474). Marcos quería que entendiéramos la naturaleza de las oraciones de Cristo y su relación con el Padre.
Abba evidencia una sensación de cercanía, pero también un profundo respeto. Comúnmente se utilizaba dentro de una familia, tanto por los hijos pequeños como por los hijos e hijas adultos para dirigirse al padre al cual respetaban profundamente y obedecían.
Al usar este término, Jesús estaba expresando una relación llena de amor caracterizada tanto por la cercanía como por la sumisión. No estaba utilizando un lenguaje casual ni irreverente; estaba mostrando la conexión y confianza profundas entre ellos.
Esa simple palabra enfatiza la intimidad entre Jesús y el Padre. Esto no se reflejaba en absoluto en las costumbres de la época, ni es algo que se destaca en el Antiguo Testamento.
Dios como Padre en el Antiguo Testamento
De hecho, Dios es llamado “Padre” en sólo 14 pasajes del Antiguo Testamento. Lo veían básicamente como el Padre de la nación de Israel en lugar del Padre de las personas.
La relación era con Israel como un cuerpo colectivo. Ninguna otra nación compartía ese vínculo. Era algo exclusivo con Israel. Pero generalmente no era personal ni íntimo. A lo largo del Antiguo Testamento, sólo unos pocos individuos —personajes como Abraham, Moisés y David— tuvieron una relación personal con Dios.
A pesar de que la idea de que Dios podía ser un Padre personal no se enfatiza en el Antiguo Testamento, hay pistas de que ese tipo de relación sí era posible. David parece sugerir ese tipo de relación cuando escribió, “Como el padre se compadece de los hijos, se compadece el Eterno de los que le temen” (Salmos 103:13).
“Mi Padre” y “su Padre”
Jesús no sólo le oró a “Mi Padre” y les enseñó a sus discípulos a hacer lo mismo, también en repetidas ocasiones se refirió a Dios como “su Padre” en conversaciones con ellos.
En los tres capítulos que comprenden el Sermón del Monte (Mateo 5 a Mateo 7), existen 12 referencias a “su Padre”. Les estaba inculcando a sus discípulos la relación íntima que podían tener con Él.
Jesús ilustró esta relación en dos parábolas, la parábola de los dos hijos (Mateo 21:28-32) y la parábola del hijo pródigo (Lucas 15:11-32). Esta última en particular, describe a Dios como un Padre amoroso anhelando restaurar una relación con un hijo que se había perdido.
Lo interesante de esta segunda parábola es que Jesús planteó el escenario de un Padre que sin duda era muy diferente de la norma cultural (Expositor, Vol.8, p. 984). La imagen del padre mostrando tal emoción, corriendo hacia su hijo descarriado y abrazándolo, habría sido sorprendente para quienes escucharon la parábola.
Después de su resurrección, en un encuentro con María Magdalena, Jesús continuó enfatizando la relación que sus discípulos podían tener con el Padre, diciéndole: “mas vé a mis hermanos, y diles: Subo a mi Padre y a vuestro Padre, a mi Dios y a vuestro Dios” (Juan 20:17).
Revelación de una verdad oculta acerca de la familia de Dios
Cuando les enseñó a sus discípulos a orar a “nuestro Padre” (Mateo 6:9; Lucas 11:2) y al hablarles de “vuestro Padre”, Jesús estaba revelando una profunda verdad que pocos entendían entonces, y que pocos entienden realmente incluso hoy en día.
Estaba revelando una verdad que debería haber sido evidente desde la creación. Dios dijo: “Hagamos [el Padre y el Verbo] al hombre a nuestra imagen” (Génesis 1:26).
Fuimos creados a imagen de Dios porque tenemos el potencial de convertirnos en miembros de la familia de Dios. Es posible que a los discípulos les costara comprender su significado, ya que era muy diferente de sus preconceptos culturales.
Es posible que a usted también le cueste entender este concepto, ya que es muy diferente de lo que se enseña habitualmente. Y, sin embargo, está ahí, en las páginas de su Biblia.
La familia de Dios en los escritos de Juan
El apóstol Juan, que vivió más que los demás discípulos y escribió a finales del primer siglo, se centró en este aspecto en su Evangelio.
Comenzó con una descripción de los dos seres de la Deidad: “En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios” (Juan 1:1).
Unos versículos más adelante dejó claro que Jesús era el Verbo, cuando escribió: “Y aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros (y vimos su gloria, gloria como del unigénito del Padre)” (v. 14).
Este pasaje no sólo confirma la deidad del Verbo, que se convirtió en Jesús, sino que describe una relación familiar entre el Padre y el Hijo (v. 18).
Entonces, ¿qué quiso decir Jesús cuando enseñó a sus discípulos que ellos también le podían orar al Padre como Padre? ¿Qué quiso decir cuando se refirió a Dios como “Mi Padre” y “vuestro Padre”?
Cristo estaba revelando la asombrosa oportunidad que tienen los seres humanos, creados a imagen de Dios, de convertirse en sus hijos e hijas. Todos podemos formar parte de la familia de Dios.
¿Cómo es eso posible?
Cómo convertirse en hijos e hijas de Dios
El apóstol Pablo nos dice cómo se produce esta transformación. Escribió que podemos convertirnos en hijos de Dios ahora mismo si “somos guiados por el Espíritu de Dios” (Romanos 8:14).
Es interesante que esta afirmación preceda a otra que refleja el clamor de Jesús en el huerto de Getsemaní. Pablo explicó a la congregación de Roma que “recibisteis el Espíritu de adopción, por el cual clamamos: “¡Abba, Padre!” (v. 15).
Cuando recibimos el Espíritu Santo de Dios, Dios Padre nos convierte en sus hijos. Cristo se convierte en nuestro hermano mayor (v. 29). Somos engendrados como miembros de la familia de Dios.
Qué significa para usted llamar a Dios “Padre”
Hay una posibilidad increíble incluso más allá de la maravillosa relación que comienza con la conversión. Lo que les espera a los cristianos está en verdad más alto de nuestra capacidad de comprender plenamente.
El apóstol Juan nos da una idea en su primera epístola: “Amados, ahora somos hijos de Dios, y aún no se ha manifestado lo que hemos de ser; pero sabemos que cuando él se manifieste, seremos semejantes a él, porque le veremos tal como él es” (1 Juan 3:2).
Sin embargo, una cosa queda clara: Dios no puede otorgar ese privilegio a nadie que se niegue a obedecerle, ni lo hará. Pablo y Juan nos dieron cada uno una lista de los tipos de personas que no compartirán esta bendición (1 Corintios 6:9-10; Apocalipsis 21:8). Los hijos de Dios buscan obedecerle y parecerse cada vez más a Él.
Nunca olvide que cada vez que usted le ora a Dios como su Padre, está haciendo una afirmación poderosa acerca de quién es Dios, qué está haciendo y cuál es el propósito para usted y para toda la humanidad. Está declarando que Dios no sólo es su Padre quien se preocupa profundamente por usted, sino también Aquel que lo llama a tener una relación padre-hijo con Él en su familia eterna.
Si usted desea más información acerca de Dios como nuestro Padre, lo invitamos a consultar nuestro artículo en línea “Dios, el Padre”.