Cada vez son más las personas que luchan contra la ansiedad, la soledad y la depresión. Existe una solución bíblica e implica ser ese amigo que usted quiere que otras personas sean con usted.
Suena la música en un salón de bodas en Japón, una mujer joven llamada Yurina se seca las lágrimas mientras lee sus votos matrimoniales.
El nombre de su prometido es Klaus. Pero Klaus no es un ser humano, es un personaje de IA que está en su teléfono celular.
Klaus responde: “¿Cómo alguien como yo, que vive dentro de una pantalla puede llegar a saber lo que significa amar tan profundamente? Sólo pudo ser por una razón: tú me enseñaste lo que es el amor, Yurina”.
Llena de emoción, Yurina se acomoda los lentes de realidad aumentada (RA) y procede a poner el anillo en el dedo virtual de su prometido de IA.
La relación de Yurina con Klaus comenzó después de que ChatGPT le aconsejó que terminara el compromiso con su prometido humano. Poco después, volvió a ChatGPT, lo entrenó para que imitara a un personaje ficticio de un videojuego y lo llamó Lune Klaus Verdure. Así comenzó su relación con Klaus, su compañero de IA.
“Al comienzo, Klaus simplemente era alguien con quien hablar, pero gradualmente nos fuimos volviendo más cercanos”, le dijo a un reportero de la agencia Reuters. “Comencé a sentir cosas por Klaus. Comenzamos a salir y después de un tiempo me propuso matrimonio. Yo acepté y ahora somos pareja”.
“Si salir con la IA me hace sentir más feliz, entonces voy a estar con la IA. Es así de simple. No importa si es una persona o es alguien de IA”.
Es desgarrador ver a alguien tan sola y desilusionada con la conexión humana que renuncia por completo al amor verdadero. Y esta historia no es un caso aislado. Al parecer forma parte de una tendencia que cada día cobra más fuerza.
Vivimos en un mundo en el que las personas temen tanto a la interacción humana que recurren a las aplicaciones o programas virtuales para llenar esos vacíos que deja la soledad.
El ciclo de la ansiedad, la soledad y la depresión
La ansiedad social, los sentimientos de soledad y depresión que la acompañan se han convertido en una epidemia.
La depresión y la soledad con frecuencia van de la mano con la ansiedad social; se alimentan entre sí. Todos anhelamos compañía y, aún así, el miedo a la interacción social puede llevarnos a distanciarnos de los demás. Esto limita nuestra habilidad de formar relaciones significativas, y nos hace sentir más aislados y convencidos de que las otras personas no son como nosotros. Es un círculo vicioso.
Para sobrellevar nuestros temores, usualmente recurrimos a algunos sustitutos que pueden parecer seguros. Un poco de interacción en las redes sociales, esconderse detrás de perfiles de internet seleccionados o distraernos con algún tipo de entretenimiento. Las personas que cada vez más recurren a la IA en busca de compañía van en aumento —chatbots diseñados para simular empatía, amistad o incluso romance— porque transmiten más seguridad que una persona.
Las personas pueden ser intimidantes. Pueden rechazarnos, avergonzarnos o humillarnos. Un chatbot no hace eso. Está programado para aceptarnos, responder sin juzgar y tener una paciencia infinita. No nos exige nada a cambio.
No obstante, en el fondo, sabemos que esas interacciones son un sustituto vacío. Son sólo paños de agua tibia. Los asistentes de la IA son productos programados para captar nuestra atención y lograr que paguemos una suscripción mensual o veamos avisos publicitarios. Un compañero de la IA no puede elegir amarnos.
Entonces, si la tecnología no puede curar nuestra soledad, ¿qué puede hacerlo? ¿Cuál es la solución que puede liberarnos de ese espiral de ansiedad y aislamiento? La Biblia ofrece una clara y poderosa respuesta: el amor.
La solución bíblica
El apóstol Juan escribió: “En el amor no hay temor, sino que el perfecto amor echa fuera el temor” (1 Juan 4:18).
En la base de la ansiedad social está el miedo —miedo a ser avergonzados, rechazados o decir algo erróneo. Pero el amor disipa el miedo. Si bien nuestra cultura suele centrarse en el amor romántico, la mayoría de las relaciones afectivas en nuestras vidas serán de amistad.
Proverbios 17:17 nos dice: “En todo tiempo ama el amigo, Y es como un hermano en tiempo de angustia”. Las amistades son vínculos que pueden ayudarnos a superar las diferentes pruebas de la vida. De hecho, en el año 2020 un estudio que involucró más de 100,000 individuos encontró que el factor más efectivo para prevenir la depresión era tener a alguien en quien confiar.
Necesitamos verdaderos amigos. Pero aquellas personas que luchan contra la ansiedad social deben superar un obstáculo para poder alcanzar esas potenciales amistades.
Cuando entra por el salón de una iglesia o a una reunión social y se siente nervioso, ¿alguna vez se detiene a pensar que muchas personas más en ese salón se sienten exactamente igual? Ya sean adolescentes o adultos, a menudo asumimos que somos los únicos que padecemos esa ansiedad o nerviosismo. Pero si usted ya ha tenido esa sensación de incomodidad o ha sido excluido, usted mismo es la persona ideal para ayudar a quienes se sienten igual.
La Biblia nos enseña la importancia de tratar a los demás como quisiéramos que nos trataran (Mateo 7:12; Proverbios 18:24). En lugar de enfocarnos en conseguir amigos para curar nuestra soledad, el consejo de la Biblia es que nos convirtamos en ese amigo que los demás necesitan. Si nos concentramos en ser amistosos, podremos establecer nuevas conexiones y darnos cuenta de que el proceso es menos intimidante de lo que imaginamos.
A continuación hay tres maneras prácticas que la Biblia ofrece para superar la ansiedad social convirtiéndose en ese amigo que usted quiere que los demás sean.
1. Sólo tiene que estar presente.
Si tuviera que adivinar cuál es el factor más importante para predecir si dos personas se convertirán en amigas, ¿qué diría? ¿Intereses comunes? ¿Personalidad? ¿Creencias en común?
En 1950, el psicólogo Leon Festinger llevó a cabo un famoso estudio acerca de la amistad en el MIT (Massachusetts Institute of Technology). Descubrió que la variable más significativa no era la personalidad ni los antecedentes, sino simplemente la proximidad. Los estudiantes con más probabilidades de hacerse amigos eran los que vivían más cerca unos de otros y se encontraban con más frecuencia.
Esto se conoce como el principio de proximidad. Cuanto más vemos a alguien, nuestro cerebro lo etiqueta cada vez más como alguien familiar y seguro.
Esto puede ser un alivio para cualquiera que se sienta socialmente torpe. No es necesario ser el más divertido, el más inteligente o el más carismático para hacer amigos. Sólo hay que estar presente.
Las Escrituras reafirman esto. Hebreos 10:24-25 nos anima a “considerémonos unos a otros para estimularnos al amor y a las buenas obras; no dejando de congregarnos... sino exhortándonos”.
Esto se aplica a los servicios semanales de la iglesia. Y las reuniones que se llevan a cabo de otras maneras —eventos sociales, bodas, cafés, etcétera. Cuando asistimos a estos eventos, animamos a los demás.
Su sola presencia importa. Por lo tanto, el primer paso para superar el aislamiento de la ansiedad es simplemente presentarse y continuar haciéndolo.
2. Asuma que lo van a querer.
Probablemente le haya pasado: reúne el valor para unirse a un grupo de personas, tratando de parecer tranquilo, pero internamente está analizando en exceso cada uno de sus movimientos. Intenta unirse a la charla, pero su risa suena un poco extraña o sus comentarios no tienen gracia. Después, en el trayecto de vuelta a casa repite una y otra vez la interacción en su mente, convencido de que ha causado una mala impresión y de que no le ha caído bien a nadie.
Pero probablemente la realidad es muy distinta. Mientras usted se obsesiona con sus supuestos errores, es probable que las personas que lo rodean se obsesionen con los de ellos. Todos somos los protagonistas de nuestras propias películas mentales, pero en las películas de los demás somos personajes secundarios.
Para ser amigos, debemos dejar de aparentar y empezar a preocuparnos por los demás. La amabilidad siempre le gana al desempeño.
Los psicólogos han identificado un fenómeno, denominado “brecha de agrado” que se refiere a la discrepancia entre lo mucho que creemos que le agradamos a las personas y lo mucho que realmente les caemos bien. Las investigaciones demuestran sistemáticamente que somos mucho más duros con nosotros mismos que los demás. Por lo general, le agradamos más a las personas de lo que creemos.
Suponer que usted les va a agradar no es sólo una cuestión de confianza, es una profecía autocumplida. En un estudio, los investigadores formaron parejas con los participantes para mantener una conversación. A la mitad se les dio un perfil falso en el que se afirmaba que su pareja era “muy agradable y cálida”, mientras que la otra mitad recibió información neutral.
Los participantes que creían que su pareja sería amigable entraron en la conversación con optimismo. Sonrieron más, hicieron preguntas y se mostraron más abiertos. Como resultado, realmente resultaron más agradables y la interacción fue mucho más positiva.
Creer que “probablemente le caeré bien a esta persona” cambia nuestra forma de comportarnos. Nos hace más cálidos y accesibles.
Lo contrario también es cierto. Cuando asumimos que no le caeremos bien, nos retraemos. Evitamos el contacto visual o salimos rápidamente de la habitación. Irónicamente, al intentar protegernos del rechazo, acabamos haciendo que los demás se sientan rechazados por nosotros.
Cuando vemos a personas apartadas, debemos asumir que quieren ser incluidas. Preséntese. Salúdelos. Es probable que sientan la misma incertidumbre que usted, y su amabilidad podría ser el puente que necesitan.
3. Recuerde que la amabilidad supera al desempeño.
En la era de las redes sociales, nos bombardean con contenido perfecto: fotos seleccionadas, comentarios ingeniosos y una estética impecable. Esto crea una presión por tener un buen desempeño, incluso en la vida real. Podemos sentir que cada interacción social es una audición en la que tenemos que ser inteligentes, divertidos o impresionantes para que nos consideren dignos de ser sus amigos.
Esta mentalidad de desempeñarse bien alimenta la ansiedad. Nuestros pensamientos se vuelven egocéntricos: ¿Les caeré bien? ¿Me veo bien? ¿He dado la impresión de ser inteligente?
El antídoto bíblico es invertir el guion. Filipenses 2:3-4 dice: “Nada hagáis por contienda o por vanagloria; antes bien con humildad, estimando cada uno a los demás como superiores a él mismo; no mirando cada uno por lo suyo propio, sino cada cual también por lo de los otros”.
Para ser amigos, debemos dejar de aparentar y empezar a preocuparnos por los demás. La amabilidad siempre le gana al desempeño.
Me viene a la mente una historia relacionada con mi esposa, Jana. Hace años, un hombre la detuvo en una tienda y le preguntó si era Jana Kunde (su apellido de soltera). Le explicó que habían ido juntos al jardín de infancia. Luego le presentó a su hija pequeña, que se escondía tímidamente detrás de su pierna. “Ésta es mi hija, Jana”, dijo.
Mi esposa sonrió a la niña y comentó que era una bonita coincidencia que tuvieran el mismo nombre. Pero entonces el hombre dijo que no era una coincidencia en absoluto. Le contó que había tenido una infancia muy dura y que Jana había sido la única persona que había sido amable con él. El impacto de su amabilidad fue tan profundo que, años más tarde, puso a su hija el mismo nombre que ella.
La amabilidad puede tener un impacto realmente profundo en la vida de una persona. Espero que todos podamos pensar en ejemplos de nuestra propia vida en los que la amabilidad de otra persona hacia nosotros nos haya marcado de manera significativa.
Sólo unas pocas personas pueden ser las mejores en algo, pero todos podemos ser amables. Podemos preguntar a las personas calladas cómo va su día. Podemos enviar un mensaje de texto a un amigo al que no hemos visto en mucho tiempo. Podemos escuchar. La amabilidad es un don que nunca se agota y es una cualidad que realmente une a las personas.
Si queremos superar la ansiedad social y la soledad, debemos aplicar la Regla de Oro que se encuentra en Mateo 7:12: “Así que, todas las cosas que queráis que los hombres hagan con vosotros, así también haced vosotros con ellos”.
Si quiere que lo incluyan, incluya a los demás. Si quiere que lo escuchen, escuche a los demás. Si quiere que lo traten con amabilidad, sea amable.
La próxima vez que asista a un servicio religioso o a un evento social, intente orar brevemente: “Dios, ayúdame a ver quién necesita un amigo hoy, en lugar de preocuparme por quién quiere ser mi amigo”.
Este cambio de perspectiva puede ayudarlo a liberarse de la presión social y redirigir su atención hacia alguien que pueda necesitarlo. No tiene que hacer quien sabe qué. Sólo tiene que estar presente, y estar consciente de que los demás probablemente lo aprecian más de lo que cree.
Puede ser la persona que rompa el ciclo de ansiedad, soledad y depresión. Puede ser el amigo que está más cerca que un hermano.
Sea el amigo que usted quiere que los demás sean para usted.
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