Vida, Esperanza y Verdad

De la edición Mayo/Junio 2018 de la revista Discernir

El sábado no es opcional

Hace mucho tiempo, Dios le permitió a una nación pagana que destruyera su templo y a su pueblo. Al aprender por qué, podemos tener un entendimiento más profundo de lo que Él espera de su pueblo hoy.

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El viento sonaba a través de las calles de una ciudad en ruinas, pero no había quien lo oyera.

Antes, estas calles estaban llenas de vida —mercaderes que viajaban vendiendo sus mercancías, hombres y mujeres aquí y allá haciendo diligencias, niños riendo y jugando. Ahora, estaban vacías. El aire estaba lleno de humo con olor acre; la madera astillada partida y ardiendo. Los edificios de la ciudad habían sido quemados hasta sus cimientos; su muro exterior estaba hecho pedazos; y su templo había sido saqueado y quemado.

Jerusalén había sido destruida.

Por siglos, la ciudad se había erigido como el hogar del pueblo de Dios. Tenía un templo espléndido, construido por uno de sus más grandes reyes, dedicado al Dios Eterno, el Creador y Sustentador de toda vida. Después de que el templo fuera construido, Dios prometió: “Ahora estarán abiertos mis ojos y atentos mis oídos a la oración en este lugar; porque ahora he elegido y santificado esta casa, para que esté en ella mi nombre para siempre; y mis ojos y mi corazón estarán ahí para siempre” (2 Crónicas 7:15-16).

Pero en el 586 a.C., las fuerzas militares irrumpieron y se abrieron paso a través de las murallas de Jerusalén y entraron a la ciudad, mataron a sus habitantes y luego tomaron cautivos a los que quedaron. Capturaron al rey, quemaron el palacio y tomaron todo lo que había de valor en el templo de Dios.

¿Qué pasó con el “para siempre”? ¿Qué pasó con el “a perpetuidad”? ¿Abandonó Dios a su pueblo a los babilonios?

En realidad, es todo lo opuesto —el pueblo de Dios lo abandonó a Él.

Términos y condiciones

La promesa de Dios de estar atento a las oraciones que le hicieran en su templo también traía una advertencia:

“Mas si vosotros os volviereis, y dejareis mis estatutos y mandamientos que he puesto delante de vosotros, y fuereis y sirviereis a dioses ajenos, y los adorareis, yo os arrancaré de mi tierra que os he dado; y esta casa que he santificado a mi nombre, yo la arrojaré de mi presencia, y la pondré por burla y escarnio de todos los pueblos. Y esta casa que es tan excelsa, será espanto a todo el que pasare, y dirá: ¿por qué ha hecho así el Eterno a esta tierra y a esta casa? Y se responderá: Por cuanto dejaron al Eterno Dios de sus padres, que los sacó de la tierra de Egipto, y han abrazado a dioses ajenos, y los adoraron y sirvieron; por eso él ha traído todo este mal sobre ellos” (2 Crónicas 7:19-22).

Dios prometió que cuidaría de su pueblo, mientras ellos se comportaran como su pueblo. Esto significa que debían seguir sus reglas. Esto significaba no ir tras falsos dioses de las naciones a su alrededor. Si ellos decidieran ignorar los estándares de Dios y adorar estatuas e imágenes talladas de dioses imaginarios, esto no iba a funcionar bien. Su pueblo perdería su protección y bendiciones. Él se aseguraría personalmente de la destrucción de su templo y permitiría que su pueblo fuera llevado cautivo por naciones extranjeras.

Pero su pueblo no lo escuchó. Vez tras vez, las naciones de Israel y Judá se fueron tras los dioses de las naciones a su alrededor, añadiendo cosas como la prostitución ritual y el sacrificio de niños a su adoración al Dios verdadero (Jeremías 32:31-35).

Dios fue paciente. Él envió advertencia tras advertencia —le dio a su pueblo oportunidad tras oportunidad— pero ellos no quisieron cambiar el rumbo. “Y envié a vosotros todos mis siervos los profetas, desde temprano y sin cesar, para deciros: No hagáis esta cosa abominable que yo aborrezco. Pero no oyeron ni inclinaron su oído para convertirse de su maldad, para dejar de ofrecer incienso a dioses ajenos” (Jeremías 44:4-5).

Eventualmente, “no pudo sufrirlo más el Eterno, a causa de la maldad de vuestras obras, a causa de las abominaciones que habíais hecho; por tanto, vuestra tierra fue puesta en asolamiento, en espanto y en maldición, hasta quedar sin morador, como está hoy. Porque ofrecisteis incienso y pecasteis contra el Eterno, y no obedecisteis a la voz del Eterno, ni anduvisteis en su ley ni en sus estatutos ni en sus testimonios; por tanto, ha venido sobre vosotros este mal, como hasta hoy” (vv. 22-23).

El pueblo de Dios se había alejado de Él y entonces Él lo hizo oficial. A través del profeta Oseas, les dijo: “porque vosotros no sois mi pueblo, ni yo seré vuestro Dios” (Oseas 1:9).

Ignorado, despreciado, profanado

Dios había instruido a Israel a observar sus sábados, diciéndoles: “andad en mis estatutos, y guardad mis preceptos, y ponedlos por obra; y santificad mis sábados, y sean por señal entre mí y vosotros, para que sepáis que yo soy el Eterno vuestro Dios” (Ezequiel 20:19-20).

Era su oportunidad para tener una relación cercana y significativa con su Creador —y cosechar las bendiciones de esa relación. El sábado semanal serviría como un recordatorio especial de que ellos eran el pueblo de Dios y que Él les había dado un valioso conjunto de leyes, “por los cuales el hombre que los cumpliere vivirá” (v. 21).

Ya que Israel se rehusó a seguir a Dios —“porque no pusieron por obra mis decretos, sino que desecharon mis estatutos y profanaron mis días de reposo, y tras los ídolos de sus padres se les fueron los ojos” (v. 24)— Él les dijo: “Por eso yo también les di estatutos que no eran buenos, y decretos por los cuales no podrían vivir… para desolarlos y hacerles saber que yo soy el Eterno” (vv. 25-26).

El pueblo de Dios quería saber lo que era no ser el pueblo de Dios —querían ser como las otras naciones de alrededor (v. 32; 1 Samuel 8:20)— y Él se lo permitió. Él dio un paso atrás y les dejó que siguieran sus propias reglas —reglas que eventualmente los condujeron al colapso total como sociedad.

La ciudad de Jerusalén permanecería en ruinas por setenta años “para que se cumpliese la palabra del Eterno por boca de Jeremías, hasta que la tierra hubo gozado de reposo; porque todo el tiempo de su asolamiento reposó, hasta que los setenta años fueron cumplidos” (2 Crónicas 36:21).

Pero la historia no termina ahí.

La restauración

El viento sonaba a través de las calles de la ciudad arruinada, pero todo no estaba perdido.

Jerusalén estaba destruida, pero Dios no la había abandonado por completo. Aunque Él había entregado Jerusalén a los babilonios, Él tenía un plan —un plan que todavía está en proceso.

Dios describe un tiempo futuro en el que “Y la sembraré para mí en la tierra, y tendré misericordia de Lo-ruhama; y diré a Lo-ammi: Tú eres pueblo mío, y él dirá: Dios mío” (Oseas 2:23).

Él habla de futuros sacerdotes diciendo que “mis leyes y mis decretos guardarán en todas mis fiestas solemnes y santificarán mis sábados” (Ezequiel 44:24, énfasis añadido).

Dios tiene un plan para restaurar a Israel —pero un plan que abarca más que una sola nación. “Y de mes en mes, y de día de reposo en día de reposo, vendrán todos a adorar delante de mí, dijo el Eterno” (Isaías 66:23, énfasis añadido).

El sábado es importante para Dios. Aun ahora. Era importante para Dios hace mucho tiempo y la profecía nos dice que será importante para Él en el futuro. La Iglesia del Nuevo Testamento continuó observando el sábado, el séptimo día (Hechos 13:14, 42, 44; 17:2; 18:4), y el sábado sigue siendo una señal para el pueblo de Dios en la actualidad.

Israel y Judá fueron destruidos, en parte porque se rehusaron a tratar el sábado de Dios con respeto. Seguir a Dios significa caminar en sus estatutos y guardar sus juicios, y el mandamiento del sábado es una parte integral de todo eso. No podemos ser pueblo de Dios si nos rehusamos a hacer de estos sábados una parte de nuestra vida. No funcionó así para Israel y no funcionará para nosotros tampoco.

Las calles de mañana

En el futuro, cuando todo el mundo conozca el sábado de Dios, Él promete: “Yo he restaurado a Sion, y moraré en medio de Jerusalén; y Jerusalén se llamará Ciudad de la Verdad, y el monte del Eterno de los ejércitos, Monte de Santidad” (Zacarías 8:3).

Después de que Babilonia arrasara Jerusalén y dejara sus calles vacías y desoladas, la Tierra disfrutó de los sábados que su pueblo se había rehusado a aceptar. Pero la Jerusalén del futuro será diferente —sus calles no estarán vacías:

“Así ha dicho el Eterno de los ejércitos: Aún han de morar ancianos y ancianas en las calles de Jerusalén, cada cual con bordón en su mano por la multitud de los días. Y las calles de la ciudad estarán llenas de muchachos y muchachas que jugarán en ellas” (vv. 4-5).

Las profecías de la Biblia nos muestran un futuro lleno de paz y seguridad —pero más que eso, nos muestran un futuro lleno de gozo. Ancianos y ancianas sentados, hablando, recordando. Los niños pequeños riendo y jugando afuera, sin temor.

Esto no es lo que sucede en nuestro mundo hoy. Pero es un mundo que vendrá —un mundo lleno de personas que aprenderán a tener éxito donde Israel falló hace mucho tiempo. Ellos aprenderán a caminar en los estatutos de Dios, guardar sus juicios y respetar sus sábados.

Pero hasta que ese día llegue, Dios espera que nosotros vivamos por las verdades que Él nos ha revelado. Si queremos ser parte de un mundo en donde las calles estén llenas de gozo, sabemos ya lo que necesitamos hacer.

Sabemos que necesitamos caminar en los estatutos de Dios.

Sabemos que necesitamos guardar sus juicios.

Y sabemos que el sábado no es opcional.

Nuestro folleto: El sábado: un regalo de Dios que hemos descuidado, explora las bendiciones que Dios pretendía que el sábado fuera y por qué tan pocos lo recuerdan hoy.

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