¿Qué es el pecado?

Hoy en día existen muchos escritos que buscan explicar lo que es el pecado. Sin embargo, la mayoría de las personas no sería capaz de definir este concepto. ¿Sabe usted lo que es el pecado?

La definición de pecado más clara que encontramos en la Biblia está en 1 Juan 3:4: “el pecado es infracción de la ley”. En otras palabras, pecar es incumplir la ley. Pero, ¿qué significa esto?

¿Qué significa “infracción”?

Los conceptos de infracción y pecado son mencionados muchas veces en la Biblia.

Las palabras traducidas como “infracción” o “quebrantar” en el Antiguo Testamento—escrito originalmente en hebreo—nos permiten entender mejor lo que es el pecado. En 2 Crónicas 24:20, por ejemplo, leemos: “Entonces el Espíritu de Dios vino sobre Zacarías, hijo del sacerdote Joiada; y puesto en pie, donde estaba más alto que el pueblo, les dijo: Así ha dicho Dios: ¿Por qué quebrantáis los mandamientos de Jehová? No os vendrá bien por ello; porque por haber dejado a Jehová, el también os abandonará”.

La palabra hebrea traducida como “quebrantar” en este pasaje es abar, que significa “pasar por alto” o, según la Concordancia Exhaustiva de la Biblia Strong, puede significar “rechazar” (#5674). Y la palabra “infracción”, utilizada en otras Escrituras del Antiguo Testamento, viene del hebreo pesha, que significa “rebelión”, “sublevación” o “pecado” (Concordancia Exhaustiva de la Biblia Strong, #6588).

Otro pasaje que aclara el significado de este concepto es Salmos 32:1, una Escritura muy inspiradora donde leemos: “Bienaventurado el hombre a quien Jehová no culpa de iniquidad, y en cuyo espíritu no hay engaño”. La palabra hebrea traducida aquí como “iniquidad” o “pecado” es chataah, que quiere decir “transgresión” (Concordancia Exhaustiva de la Biblia Strong, #2401). Esto significa que, cuando nuestros pecados o transgresiones son perdonados por Dios, ya no somos culpables de habernos rebelado o sublevado contra Él.

El Nuevo Testamento, por otro lado, fue originalmente escrito en griego. La palabra “infracción” utilizada en 1 Juan 3:4 [“rebelión”, “pecado”] viene del griego anomia, que quiere decir “anarquía” [“desobediencia a la ley”], y la palabra traducida como “pecado” es hamartia, que significa literalmente “equivocación” (Diccionario expositivo de palabras del Antiguo y Nuevo Testamento exhaustivo de Vine, 1997, pp. 1045-1046, 1161).

El apóstol Juan define el pecado (equivocación) como una infracción (desobediencia a la ley). O sea, que el Antiguo y el Nuevo Testamento definen pecado como una ofensa, rebelión o equivocación; todo esto constituye una violación de la ley.

¿Cuál ley define el pecado?

¿Se refiere el apóstol Juan a una ley específica cuando define el pecado? ¿Acaso las Escrituras hablan de cualquier tipo de ley, tradición, o institución civil? No; el pecado no se define por las leyes humanas, sino por la ley de Dios. Por lo tanto, según lo que leemos en 1 Juan 3:4, el pecado es la infracción de la ley de Dios.

La palabra pecado puede referirse al hecho de estar apartado de Dios y sus leyes en general, ya sea por ignorancia o incredulidad, o a actos de desobediencia específicos. Pero, en ambos casos, las consecuencias del pecado son igualmente desagradables.

Dios entregó sus leyes a la humanidad para enseñarnos a vivir en armonía con Él y con los demás. Como leemos en Juan 10:10, los mandamientos de Dios son una bendición, pues tienen el propósito de guiarnos hacia una vida plena y abundante. Dios desea que todo ser humano tenga una vida de prosperidad, paz y felicidad.

Jesús y la ley

¿Acaso Cristo abolió la ley de Dios o anuló los mandamientos? Al contrario, ¡Cristo confirmó la ley de Dios!; la explicó, predicó acerca de ella, la mencionó en varias ocasiones y enfatizó su validez: “No penséis que he venido para abrogar la ley o los profetas; no he venido para abrogar, sino para cumplir” (Mateo 5:17). “Cumplir” es lo contrario de “abrogar”.

De hecho, Jesucristo amplió el significado de la ley de Dios y, cuando un hombre le preguntó “¿cuál es el gran mandamiento en la ley?”, la sintetizó en dos grandes mandamientos: “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente. Este es el primero y grande mandamiento. Y el segundo es semejante: Amarás a tu prójimo como a ti mismo” (Mateo 22:36-39).

Estas dos leyes son un resumen de los diez mandamientos de Dios, pues estos pueden dividirse en dos partes: los primeros cuatro nos instruyen sobre cómo amar a nuestro Creador y los seis restantes sobre la manera correcta de relacionarnos unos con otros. Quebrantar cualquiera de estos mandamientos es pecar.

Bendiciones de la obediencia

Desde el principio, Dios estableció que la obediencia conlleva bendición y la desobediencia castigo (Deuteronomio 5:4-5). El pecado es una ofensa contra Dios mismo.

Dios ha diseñado la vida humana para que sea realmente exitosa solo cuando se rige por sus mandamientos. Es por esto que Él se imaginó que la antigua Israel iba a sentar un precedente de obediencia de tal forma que las demás naciones también iban a obedecer y recibir las bendiciones. Sin embargo, el pueblo de Israel pecó en lugar de obedecer a Dios, tal como lo hacen todas las naciones en la actualidad. Debido a esto, el mundo entero está alejado de Dios y su historia sigue siendo triste y violenta.

Sin embargo, llegará un momento en que Cristo interrumpirá la historia humana y regresará a la tierra para establecer un nuevo gobierno y terminar con la confusión moral de esta sociedad. Entonces, todos comprenderán la ley de Dios y se regirán por ella; sabrán lo que es el pecado y conocerán las consecuencias de quebrantar los mandamientos. Toda la humanidad dejará de pecar y finalmente podrá disfrutar de un gobierno honesto, donde reinarán la justicia, la paz y el gozo.

Todos respetarán la ley de Dios y gozarán de las bendiciones que conlleva la obediencia. Cuando Jesucristo establezca Su gobierno, se cumplirá la profecía de Jeremías: “Mas esto les mandé, diciendo: Escuchad mi voz, y seré a vosotros por Dios, y vosotros me seréis por pueblo; y andad en todo camino que os mande, para que os vaya bien” (Jeremías 7:23).

¿Se aplica esto a usted?

Pecar u obedecer los mandamientos de Dios traen consecuencias para todos. Como dice Romanos 3:23, “por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios”. Y, ya que todos hemos pecado, todos merecemos la pena de muerte (Romanos 6:23). Sin embargo, Dios en su misericordia ha pagado nuestra deuda con el sacrificio de su propio Hijo, Jesucristo.

Como leemos en 1 Pedro 2:24, Jesucristo murió por nuestros pecados. “Llevó él mismo nuestros pecados en su cuerpo sobre el madero, para que nosotros, estando muertos a los pecados, vivamos a la justicia; y por cuya herida fuisteis sanados”. Gracias a esto tenemos la oportunidad de recibir el regalo de la vida eterna por parte de Dios, si creemos en Él. Y creer en Él implica tener entendimiento de que el pecado es la infracción de su ley. El pecado es una ofensa contra Dios que merece la pena de muerte, pero Él mismo nos muestra un camino de salvación a través del sacrificio de Jesucristo.

Todos podemos llegar a tener una vida llena de paz y estabilidad si obedecemos los mandamientos de Dios. Como leemos en Salmos 19:11, “Tu siervo es además amonestado con ellos [la ley, el testimonio, los estatutos, mandamientos y juicios]; en guardarlos hay grande galardón”, y en Proverbios 3:1-2, “tu corazón guarde mis mandamientos; porque largura de días y años de vida y paz te aumentarán”.