En sus parábolas del Reino, Jesús comparó el crecimiento espiritual con el de una semilla. ¿Qué podemos aprender de este proceso de la agricultura?
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Cada año los agricultores alrededor del mundo se embarcan en una competencia apasionada —el desafío consiste en producir la calabaza más grande del mundo.
Desde los fértiles valles de California hasta los invernaderos de Europa. Desde los campos cálidos en Kyogle, Nuevo South Wales de Australia, los entusiastas invierten una gran cantidad de esfuerzo para producir calabazas que ahora pesan cerca de 1.360 kilogramos.
Algunos de esos campesinos pagarían cientos de dólares por una sola semilla que haya probado ser de linaje gigante. ¿Por qué? Porque ellos saben que dentro de esa cáscara se esconde un potencial extraordinario —la base para producir algo inmenso e impresionante. Es increíble pensar que semejante potencial está encerrado dentro de algo que cabe en la punta de un dedo. Sin embargo, este fenómeno natural es el reflejo de una verdad espiritual que Jesucristo utilizó para describir cómo iba a crecer el Reino de Dios.
¿Cómo utilizó Jesús las semillas para enseñarnos acerca del Reino de Dios?
En Marcos 4:26-29, Jesús comparó el Reino de Dios con un hombre que estaba regando una semilla. Ésta semilla germinó y creció y aunque el campesino no sabía cómo, Dios diseñó todo para que hubiera crecimiento tanto física como espiritualmente hablando y que esto fuera algo misterioso y milagroso.
Jesús usó otro ejemplo en los versículos 30 al 32, comparando el Reino de Dios con una semilla de mostaza. Aunque es pequeña, llega a crecer hasta ser una planta grande, suficiente para que los pájaros puedan posarse en sus ramas. Algo pequeño que no nos impresiona al principio, puede convertirse en algo muy grande.
El crecimiento espiritual con frecuencia comienza de la misma manera: con un leve remordimiento de conciencia, un momento de claridad mientras estamos leyendo las Escrituras o una serena reflexión en un momento de crisis. Esos momentos pueden parecer insignificantes, pero todos ellos tienen un gran potencial.
Dios planta la semilla —donde comienza la vida espiritual
Es crucial que entendamos que el despertar espiritual no ocurre por esfuerzo humano. Jesús dijo: “Ninguno puede venir a mí, si el Padre que me envió no le trajere; y yo le resucitaré en el día postrero” (Juan 6:44). Dios comienza el proceso ablandando el corazón de la persona para que su "palabra" pueda echar raíces (Lucas 8:11).
Espiritualmente, la maleza representa el pecado, las distracciones mundanas, la ansiedad y las prioridades erróneas.
Nuestra vida cristiana no comienza porque seamos brillantes o por nuestra integridad moral. Comienza porque Dios escoge plantar su verdad en una mente que Él ha preparado. Como una semilla que lleva la marca de la vida, la Palabra de Dios nos brinda la posibilidad espiritual —la oportunidad de formar parte de una cosecha espiritual, en donde la persona eventualmente llega a convertirse en un miembro de la familia eterna de Dios.
Esto es un proceso milagroso que los seres humanos no pueden replicar. Solamente Dios puede abrir nuestras mentes y comenzar a llevar a cabo dentro de nosotros su obra de transformación.
La condición del corazón: "la "tierra" en la parábola de Jesús
El potencial que tiene una semilla es extraordinario, pero su crecimiento depende en gran manera de la clase de tierra en la que se siembre. En su parábola del sembrador (Mateo 13:3-9;18-23), Jesús describe cuatro clases de terreno que representan varias clases de actitudes del corazón.
- Tierra dura: la tierra compacta del camino. Representa un corazón que no entiende la Palabra de Dios. La semilla no puede germinar y el crecimiento espiritual ni siquiera puede comenzar.
- Un terreno pedregoso: con piedras y rocas describe el corazón de una persona que inicialmente recibe con gozo la Palabra de Dios, pero cuando se presentan los problemas, renuncia.
- Una tierra ocupada: describe un corazón que es fértil pero está lleno de espinas —preocupaciones, distracciones y la tendencia del mundo— lo que impide nuestro crecimiento espiritual.
- Buena tierra: simboliza un corazón que escucha, entiende y aplica el mensaje de Dios. Sólo esta clase de tierras producen un fruto duradero.
Esta parábola nos recuerda que, si bien Dios comienza la vida espiritual, nosotros tenemos la responsabilidad de mantener la condición de nuestro suelo espiritual. Debemos estar en guardia con nuestros sentimientos, para que no se endurezcan, se desarraiguen y se dejen llevar por las distracciones.
Debemos cultivar la humildad, la atención y la disposición a cambiar, así como un jardinero prepara la tierra —quitando piedras, deshaciéndose de la dureza y eliminando la maleza. Así también nosotros debemos estar preparando continuamente nuestros corazones para que puedan recibir las instrucciones de Dios.
¿Cómo ocurre el crecimiento espiritual?
Una vez sembrada la semilla en buena tierra, las condiciones adecuadas se vuelven esenciales. Sin agua, luz y protección, aun la semilla más prometedora morirá. El crecimiento espiritual sigue el mismo patrón.
Pablo describió este proceso como: “el lavamiento del agua por la palabra” (Efesios 5:26). La Palabra de Dios nos limpia y nos guía, nos corrige y nos anima. Nos proporciona el alimento necesario para el crecimiento espiritual.
Dios también estableció su Iglesia —la Iglesia que Jesús fundó— para ayudarnos a alcanzar nuestro crecimiento espiritual. La Iglesia de Dios continúa enseñándonos y practicando la misma doctrina establecida por Jesús y los apóstoles. Sirve como “columna y baluarte de la verdad” (1 Timoteo 3:15), porque guía, enseña y respalda al pueblo de Dios a medida que éste madura espiritualmente (Efesios 4:11-14).
Además, Jesús prometió que el Espíritu Santo “os guiará a toda la verdad” (Juan 16:13). Así como la luz del sol permite realizar la fotosíntesis —transformando la luz en vida— el Espíritu Santo ilumina las Escrituras para hacernos conscientes del pecado y darnos elementos para cambiar.
La Palabra de Dios, la Iglesia que Jesús fundó y el Espíritu de Dios, trabajan juntos con el fin de sustentar el crecimiento espiritual. Sin esta combinación no podríamos crecer como Dios quiere.
Los hábitos diarios que permiten el crecimiento espiritual
Tal como las plantas, el crecimiento espiritual lucha por ser consistente. Una planta que reciba agua un día y luego no reciba nada durante mucho tiempo, tendrá problemas y posiblemente muera incluso si ha sido plantada en una buena tierra. Lo mismo es verdad espiritualmente hablando. La oración, el estudio bíblico, la obediencia y el compañerismo con otros, son como la lluvia espiritual y la luz del sol. Estos firmes hábitos alimentan nuestra fe y fortalecen nuestra convicción.
La negligencia, por otra parte, debilita el crecimiento espiritual. Alguien que ora muy de vez en cuando, raramente estudia la Biblia o evita el compañerismo espiritual con sus hermanos, tendrá problemas para crecer. Por el contrario, los hábitos espirituales estables nos ayudan a adquirir fuerza, resiliencia y estabilidad.
Remover la maleza espiritual: superar el pecado y las distracciones
Todo jardinero lucha contra la maleza. Estas plantas nocivas roban nutrientes, bloquean la luz solar y ahogan a las plantas sanas. Espiritualmente, la maleza representa el pecado, las distracciones mundanas, la ansiedad y las prioridades erróneas.
Jesús nos advirtió que “los afanes de este siglo” y “el engaño de las riquezas” pueden ahogar la Palabra y hacerla infructuosa (Marcos 4:19). Estas malas hierbas crecen rápidamente si no se controlan.
El arrepentimiento es el método que Dios utiliza para remover la maleza. No es un suceso que ocurre una vez en la vida sino una práctica continua —que remueve los pensamientos erróneos, los hábitos y las actitudes antes de que lleguen a crecer y convertirse en algo dañino. Sin vigilancia constante un jardín espiritual puede convertirse en un lugar lleno de malezas.
Cómo las pruebas pueden fortalecer las raíces espirituales
Si bien las plantas florecen en condiciones óptimas, con frecuencia desarrollan sus raíces más fuertes durante las épocas de dificultad. El viento, el calor o la sequía pueden obligar a las raíces a crecer más profundamente. De la misma manera Dios utiliza las pruebas para fortalecer nuestra fe.
Santiago escribió que la prueba de nuestra fe produce paciencia (Santiago 1:2-3). Las pruebas pueden aumentar la perseverancia, la madurez y la confianza en Dios.
Pablo animó a los cristianos a que estuvieran “arraigados y sobreedificados en él” (Colosenses 2:6-7). Unas raíces profundas nos permiten resistir las tormentas de la vida. Sin pruebas, nuestras raíces serían superficiales y débiles.
Podar y disciplinar —la forma en que Dios nos moldea
Jesús utilizó otra imagen de la agricultura en Juan 15:2 explicando que Dios poda las ramas de su pueblo “para que lleve más fruto”. Esta poda puede parecer difícil o dolorosa, sin embargo, un jardinero de experiencia corta no sólo las ramas muertas, sino también algunos brotes vivos para que la energía de la planta se concentre en las que están produciendo mejores frutos.
De la misma manera Dios utiliza la disciplina, la corrección y las experiencias de la vida para formarnos. Aunque el proceso pueda ser incómodo el resultado es una mayor madurez espiritual y un aumento en el fruto.
¿Cómo producir fruto espiritual?
Cada semilla tiene un propósito: crecer, madurar y eventualmente producir una cosecha. Espiritualmente Dios pretende que crezcamos en nuestra capacidad de reflejar su carácter y llevemos el fruto de justicia.
A medida que maduramos espiritualmente, nuestras vidas reflejan cada vez más el fruto del espíritu: amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, templanza (Gálatas 5:22-23). Estas cualidades muestran que Cristo está viviendo en nosotros y revelan el impacto de la obra que Dios está realizando.
La cosecha final
En términos de agricultura, la cosecha es la culminación —el momento de crecimiento que se ha anticipado desde el principio. Espiritualmente, la última cosecha ocurre al final de la era cuando Dios reunirá a todos aquellos que han crecido fielmente en su camino. Jesús dijo: “El enemigo que la sembró es el diablo; la siega es el fin del siglo; y los segadores son los ángeles” (Mateo 13:39). Apocalipsis 14:15 representa a Dios recogiendo la cosecha madura de su pueblo —todos aquellos que le han permitido a Él completar su obra en ellos.
La cosecha final representa la plenitud, la recompensa y el cumplimiento del propósito de Dios para cada creyente.
Permitir que Dios complete su obra en usted
Desde la semilla hasta la cosecha, el plan de Dios para el crecimiento espiritual refleja el ciclo natural que Él estableció en la creación. Comienza plantando la semilla de su Palabra en un corazón receptivo y dispuesto.
El crecimiento continúa por medio del estudio bíblico, la oración, la obediencia, el compartir con algunos creyentes y el poder del Espíritu Santo. Las pruebas nos fortalecen, la poda nos refina y la perseverancia fiel nos lleva a producir el fruto espiritual.
Así como los cultivadores de calabazas cuidan sus plantas a diario, segándolas, abonándolas, quitándoles la maleza y protegiéndolas, nosotros también debemos cultivar intencionalmente nuestra vida espiritual. Dios nos provee con el poder, pero nosotros tenemos que cooperar con su obra.
Si hacemos nuestra parte podemos tener la seguridad de que las palabras que Pablo le dijo a los filipenses son ciertas: “Estando persuadido de esto, que el que comenzó en vosotros la buena obra, la perfeccionará hasta el día de Jesucristo” (Filipenses 1:6).
Si desea profundizar más en este estudio, lo invitamos a leer nuestros folletos ¡Cambie su vida! y ¿Dónde está la Iglesia que Jesucristo edificó?