La Biblia habla de un matrimonio entre Jesucristo y su novia. Jesús nunca se casó mientras estuvo en la Tierra, pero llegará el momento, a su regreso, en que se casará con su novia. ¿Quién es ella exactamente?
¿Es posible que Jesús tenga en mente a una novia con quien se casará? Lo que resulta aún más fascinante es que la Biblia dice que la novia de Cristo se está preparando en este momento para ese matrimonio. ¡Y ella sabe quién es!
Pero, ¿lo sabemos nosotros? ¿Es posible averiguarlo? La respuesta es sí. Podemos saberlo gracias a algunos pasajes clave de la Biblia que revelan esta verdad tan importante.
El Señor se comprometió primero con Israel
La Biblia muestra que antes de que Jesucristo viniera a la Tierra como nuestro Salvador, Él había sido el Verbo, quien estaba con Dios y era Dios (Juan 1:1-3, 14). El Verbo desarrolló una relación única, no con una mujer, sino con toda una nación de Israel. “Todos [Israel] bebieron la misma bebida espiritual; porque bebían de la roca espiritual que los seguía, y la roca era Cristo” (1 Corintios 10:4).
Fíjese en esta historia que comienza en Ezequiel 16:3: “Así ha dicho el Eterno el Señor sobre Jerusalén [la capital de Israel]: tu origen, tu nacimiento, es de la tierra de Canaán”.
Abraham, Isaac y Jacob habitaron la tierra de Canaán, y con el tiempo sus descendientes formaron una gran nación, mientras estaban en Egipto. Cuando Dios los sacó de Egipto, Él estableció con ellos un pacto similar al matrimonio.
El Verbo interactuó con la humanidad y juró lealtad a Israel al establecer este pacto, diciendo: “te di juramento y entré en pacto contigo [Israel], dice el Eterno el Señor, y fuiste mía” (v. 8). El Señor bendijo entonces a Israel con las mejores vestiduras, cosechas y prestigio.
“Te atavié con adornos, y puse brazaletes en tus brazos… y una hermosa diadema en tu cabeza. Así fuiste adornada de oro y de plata, y tu vestido era de lino fino, seda y bordado; comiste flor de harina de trigo, miel y aceite; y fuiste hermoseada en extremo, prosperaste hasta llegar a reinar. Y salió tu renombre entre las naciones a causa de tu hermosura; porque era perfecta, a causa de mi hermosura que yo puse sobre ti, dice el Eterno el Señor (vv. 11-14).
El profeta Jeremías registró las palabras de Dios acerca de este mismo acontecimiento: “Así dice el Eterno: me he acordado de ti, de la fidelidad de tu juventud, del amor de tu desposorio, cuando andabas en pos de mí en el desierto, en tierra no sembrada. Santo era Israel al Eterno, primicias de sus nuevos frutos” (Jeremías 2:2-3). La obra Soncino Books of the Bible [Los libros bíblicos de Soncino] dice lo siguiente: “Con una imaginería hermosa y tierna, ese acto de confianza se describe como las nupcias de Israel, comparables a las de una novia que sigue a su esposo a un país extraño” (comentario acerca de Jeremías 2).
Pero algo sucedió.
Israel rechazó al Señor
Después de todo lo que Dios había hecho por Israel, la nación pecó al rechazarlo y se volvió hacia otros dioses. En una acusación muy clara contra Israel, Dios la comparó con una esposa adúltera.
“Pero confiaste en tu hermosura, y te prostituiste a causa de tu renombre, y derramaste tus fornicaciones a cuantos pasaron; suya era… cosa semejante nunca había sucedido, ni sucederá más. Tomaste asimismo tus hermosas alhajas de oro y de plata que yo te había dado, y te hiciste imágenes de hombre y fornicaste con ellas… mi pan también, que yo te había dado, la flor de la harina, el aceite y la miel, con que yo te mantuve, pusiste delante de ellas para olor agradable… además de esto, tomaste tus hijos y tus hijas que habías dado a luz para mí, y los sacrificaste a ellas para que fuesen consumidos. ¿Eran poca cosa tus fornicaciones, para que degollases también a mis hijos y los ofrecieras a aquellas imágenes como ofrenda que el fuego consumía? Y con todas tus abominaciones y tus fornicaciones no te has acordado de los días de tu juventud… sino como mujer adúltera, que en lugar de su marido recibe a ajenos” (Ezequiel 16:15-22, 32).
Sin embargo, una y otra vez, Dios llamó a Israel a arrepentirse: “Tú, pues, has fornicado con muchos amigos; mas ¡vuélvete a mí! dice el Eterno” (Jeremías 3:1).
Israel se negó, ¡y por eso Dios se divorció de ella!
Dios se divorció de Israel
Israel pecó y, debido a que se apartó traicioneramente de Dios, Él le entregó una carta de divorcio.
¿Cómo pudo suceder esto? La respuesta es: Israel pecó y, debido a que se apartó traicioneramente de Dios, Él le entregó una carta de divorcio.
“Me dijo el Eterno… ¿has visto lo que ha hecho la rebelde Israel? Ella se va sobre todo monte alto y debajo de todo árbol frondoso, y allí fornica. Y dije: después de hacer todo esto, se volverá a mí; pero no se volvió, y lo vio su hermana la rebelde Judá. Ella vio que por haber fornicado la rebelde Israel, yo la había despedido y dado carta de repudio” (Jeremías 3:6-8).
Fíjese en esta profunda declaración del versículo 14: “Convertíos, hijos rebeldes, dice el Eterno, porque yo soy vuestro esposo”.
Aunque Israel se alejó y se le entregó una carta de divorcio, Dios siempre la consideró su esposa. Su amor por Israel nunca cesó, y Él envió profetas para advertirle que se arrepintiera y regresara a Él.
El Verbo —Dios— una vez convertido en Jesucristo, comentó que en el pasado había deseado que Israel volviera a Él: “¡Jerusalén, Jerusalén, que matas a los profetas, y apedreas a los que te son enviados! ¡Cuántas veces quise juntar a tus hijos, como la gallina junta sus polluelos debajo de las alas, y no quisiste!” (Mateo 23:37).
De hecho, mientras Jesús estuvo en la Tierra, fue rechazado nuevamente por su propio pueblo: “A lo suyo vino, y los suyos no le recibieron” (Juan 1:11). Muchos de los judíos, especialmente los líderes, estaban tan enojados con Él que exigieron su crucifixión.
Sin embargo, antes de morir por nuestros pecados, Jesús hizo una promesa que a menudo muchos pasan por alto: “Edificaré mi iglesia; y las puertas del Hades no prevalecerán contra ella” (Mateo 16:18).
¿Por qué la Iglesia?
La Iglesia está formada por todos aquellos que han sido llamados a salir de este mundo, tanto del Israel físico (incluidos los judíos) como de los gentiles. Y una vez que se arrepienten, son bautizados y reciben el Espíritu Santo, se convierten en miembros de su Cuerpo, la Iglesia, de la cual Jesús es la cabeza (Colosenses 1:18).
Fíjese entonces en esta increíble declaración que el apóstol Pablo escribió a los miembros de la Iglesia en Corinto: “Porque os celo con celo de Dios; pues os he desposado con un solo esposo, para presentaros como una virgen pura a Cristo” (2 Corintios 11:2).
Aquí vemos una relación única que la Iglesia, también conocida como “el Israel de Dios” (Gálatas 6:16), tiene con Jesucristo. ¡La Iglesia está desposada, comprometida para casarse, con Cristo!
Además, de una manera limitada y física, nuestros propios matrimonios personales deben reflejar la relación que Jesucristo tiene con su Iglesia.
Pablo les dijo a los esposos: “Maridos, amad a vuestras mujeres, así como Cristo amó a la iglesia, y se entregó a sí mismo por ella” (Efesios 5:25). A las esposas les dijo: “estén sujetas a sus propios maridos, como al Señor… como la iglesia está sujeta a Cristo, así también las casadas lo estén a sus maridos en todo” (vv. 22, 24).
La Iglesia está siendo preparada para ser la esposa de Cristo
Jesús ahora está trabajando con su Iglesia. La está preparando para que sea su futura esposa, para “presentársela a sí mismo, una iglesia gloriosa, que no tuviese mancha ni arruga ni cosa semejante, sino que fuese santa y sin mancha”.
Pero hay otro principio importante que Pablo revela: Jesús ahora está trabajando con su Iglesia. La está preparando para que sea su futura esposa, para “presentársela a sí mismo, una iglesia gloriosa, que no tuviese mancha ni arruga ni cosa semejante, sino que fuese santa y sin mancha” (v. 27).
La futura esposa de Cristo no será como el Israel físico, que desobedeció y rechazó su pacto con Dios. Durante siglos, la Iglesia ha existido y se ha mantenido fiel a Dios, y sigue haciéndolo. Y cada miembro de la Iglesia se ha estado preparando, y se sigue preparando ahora, para participar en la gran cena de las bodas del Cordero.
Observe esta profecía en Apocalipsis 19:6-9: “¡Aleluya, porque el Señor nuestro Dios Todopoderoso reina! Gocémonos y alegrémonos y démosle gloria; porque han llegado las bodas del Cordero, y su esposa se ha preparado. Y a ella se le ha concedido que se vista de lino fino, limpio y resplandeciente; porque el lino fino es las acciones justas de los santos. Entonces me dijo: escribe: bienaventurados los que son llamados a la cena de las bodas del Cordero”.
En la resurrección de los justos, todos los que están en Cristo formarán parte de esta cena de bodas. Jesucristo se casará con el Israel espiritual de Dios. La Iglesia será una con Cristo para siempre.
La Biblia no nos da todos los detalles de cómo será esa hermosa, eterna y espiritual relación. De hecho, hay pasajes bíblicos que revelan otras promesas, como la de convertirnos en hijos e hijas de Dios —coherederos con Cristo (2 Corintios 6:18; Romanos 8:16-17).
También se revela que los santos resucitados reinarán con Cristo durante el Milenio (Apocalipsis 1:5-6; 5:10), cuando a todos los pueblos se les enseñará la necesidad de aceptar y obedecer a Jesucristo como su Señor y Maestro.
La esperanza de un Israel físico
No sólo el Israel espiritual tendrá esta maravillosa relación con Cristo, sino que, según varias profecías, el Israel físico también volverá a Dios cuando Jesucristo regrese a la Tierra e inicie el Milenio de paz. Observe la singular afirmación:
“Te olvidarás de la vergüenza de tu juventud… porque tu marido es tu Hacedor; el Eterno de los ejércitos es su nombre; y tu Redentor, el Santo de Israel; Dios de toda la tierra será llamado” (Isaías 54:4-5).
Dios rescatará a Israel y establecerá y bendecirá a todas las personas que conforman la nación: “Porque los montes se moverán, y los collados temblarán, pero no se apartará de ti mi misericordia, ni el pacto de mi paz se quebrantará, dijo el Eterno, el que tiene misericordia de ti” (v. 10).
“[Haré] tus puertas de piedras de carbunclo, y toda tu muralla de piedras preciosas. Y todos tus hijos serán enseñados por el Eterno; y se multiplicará la paz de tus hijos. Con justicia serás adornada; estarás lejos de opresión, porque no temerás. Esta es la herencia de los siervos del Eterno, y su salvación de mí vendrá, dijo el Eterno” (vv. 12-14, 17).
Observe esta profecía en Oseas 2:16-17: “En aquel tiempo, dice el Eterno, me llamarás Ishi [mi esposo], y nunca más me llamarás Baali [mi señor], porque quitaré de su boca los nombres de los baales, y nunca más se mencionarán sus nombres. Y te desposaré conmigo para siempre; te desposaré conmigo en justicia, juicio, benignidad y misericordia. Y te desposaré conmigo en fidelidad, y conocerás al Eterno… y tendré misericordia de Lo-ruhama; y diré a Lo-ammi [a los que no eran su pueblo]: tú eres pueblo mío, y él dirá: Dios mío” (vv. 19-20, 23).
La conversión del mundo
A medida que el Israel físico se arrepienta y se convierta, también formará parte de la Israel espiritual y se unirá a Cristo en el futuro. Esto incluirá también a los gentiles (no israelitas) que se arrepientan y busquen a Dios.
Incluso ahora, los gentiles que se unen a la Iglesia, forman parte del Israel de Dios: “Porque por medio de él los unos y los otros tenemos entrada por un mismo Espíritu al Padre. Así que ya no sois extranjeros ni advenedizos, sino conciudadanos de los santos, y miembros de la familia de Dios” (Efesios 2:18-19).
“Pues todos sois hijos de Dios por la fe en Cristo Jesús” (Gálatas 3:26).
Y luego está esta alentadora profecía en Isaías 56:6-8: “Y a los hijos de los extranjeros [los gentiles] que sigan al Eterno para servirle, y que amen el nombre del Eterno para ser sus siervos; a todos los que guarden el día de reposo para no profanarlo, y abracen mi pacto, yo los llevaré a mi santo monte, y los recrearé en mi casa de oración. Dice el Eterno el Señor, el que reúne a los dispersos de Israel: aún juntaré sobre él a sus congregados”.
El futuro para todos los santos
Con el tiempo, todos los pueblos cuyos nombres figuren en el “libro de la vida” estarán en Cristo, tal como lo vemos en Efesios 1:10: “El cual se había propuesto en sí mismo, en la dispensación del cumplimiento de los tiempos, así las que están en los cielos, como las que están en la tierra”.
Y es en este momento cuando todo culmina en una fascinante profecía que se encuentra en Apocalipsis 21:2-3: “Y yo Juan vi la santa ciudad, la nueva Jerusalén, descender del cielo, de Dios, dispuesta como una esposa ataviada para su marido. Y oí una gran voz del cielo que decía: He aquí el tabernáculo de Dios con los hombres, y él morará con ellos; y ellos serán su pueblo, y Dios mismo estará con ellos como su Dios”.
Más adelante en el mismo capítulo dice: “Ven acá, yo te mostraré la desposada, la esposa del Cordero. Y me llevó en el Espíritu a un monte grande y alto, y me mostró la gran ciudad santa de Jerusalén, que descendía del cielo, de Dios” (vv. 9-10).
Ésta es la misma ciudad celestial que Abraham anhelaba ver (Hebreos 11:10), y se hará realidad. Dios ha preparado esta ciudad para todos los creyentes que quieren ser uno en Cristo y cuyos nombres están escritos en el “libro de la vida” (Hebreos 11:16; Apocalipsis 21:27).
Entonces seremos uno con nuestro Salvador y con Dios el Padre en la nueva Jerusalén por los siglos de los siglos.
Para obtener más información al respecto, le invitamos a leer nuestro artículo “La Nueva Jerusalén”. Para más detalles acerca de la Iglesia, le animamos a leer los artículos de la sección acerca de “La Iglesia: el cuerpo de Cristo”.