Vida, Esperanza y Verdad

¿Son transmitidos los castigos por los pecados a las generaciones futuras?

Jesús vio a un hombre ciego de nacimiento. Sus discípulos le preguntaron: “¿Quién pecó, éste o sus padres, para que naciera ciego?” ¿Por qué esa pregunta?

Respondió Jesús: “No es que pecó éste, ni sus padres, sino para que las obras de Dios se manifiesten en él”. (Esta historia se encuentra en Juan 9:1-3.) En este ejemplo ni los padres ni el hijo habían pecado para causar la ceguera. Pero si un padre peca, ¿puede el pecado mismo ser transmitido?

El pecado, que es la transgresión de la ley de Dios (1 Juan 3:4), no pasa a la siguiente generación. En este caso Cristo dijo que el hombre no estaba ciego por el pecado (el suyo o el de sus padres), sino porque era una manera de que las obras de Dios se revelaran en él. Era una manera de que se realizara un milagro para mostrar dónde estaba obrando Dios.

Pero, ¿pueden los efectos del pecado ser transmitidos?

Veamos lo que Dios dijo al dar su ley (específicamente acerca de los ídolos): “No te inclinarás a ellas, ni las honrarás; porque yo soy el Eterno tu Dios, fuerte, celoso, que visito la maldad de los padres sobre los hijos hasta la tercera y cuarta generación de los que me aborrecen” (Éxodo 20:5).

¿Significa esto que los pecados de los padres pueden afectar a sus descendientes?

La respuesta es claramente afirmativa. Explicando este punto, las Notas de Barnes acerca de la Biblia definen “visitar la iniquidad de los padres sobre los hijos” de esta manera: “Hijos y descendientes remotos heredan las consecuencias de los pecados de sus padres, en enfermedad, pobreza, cautiverio, con todas las influencias del mal ejemplo y las malas comunicaciones.”

A menudo, debido a la educación, los niños siguen los pasos de sus padres en malos hábitos y pecados. En tales casos el patrón del pecado se vuelve repetitivo, y los efectos del pecado continúan.

¿Hay diferentes castigos por el pecado?

“Porque la paga del pecado es muerte, pero la dádiva de Dios es vida eterna en Cristo Jesús Señor nuestro” (Romanos 6:23). Hay una pena absoluta por el pecado: ¡la muerte! Nadie está exento, “por cuento todos pecaron y están destituidos de la gloria de Dios” (Romanos 3:23). Pero el pecado a menudo también conlleva castigos físicos y consecuencias.

Veamos un ejemplo moderno: Si un padre lucha con el control de la ira y las tendencias violentas, entonces no es sólo él o ella quien sufre, sino también otros individuos a su alrededor, incluyendo a los niños. Los niños a menudo ven e imitan este hábito y eventualmente pueden enojarse y abusar de los demás o elegir casarse con alguien que es abusivo.

Se ha demostrado que la ira crónica tiene una conexión con enfermedades cardíacas y una variedad de otros problemas de salud; y el abuso, por supuesto, puede causar lesiones físicas graves. Una persona puede acercarse a Dios en arrepentimiento de corazón, y pedirle perdón, pero a menudo las consecuencias físicas del pecado permanecen. Los efectos físicos, mentales y emocionales que el enojo y el abuso tienen en las generaciones futuras pueden tomar mucho tiempo para sanar también.

El pecado tiene consecuencias

Veamos lo que les sucedió a algunos de los descendientes del antiguo Israel debido a los pecados de los padres: “Al egipcio y al asirio extendimos la mano, para saciarnos de pan. Nuestros padres pecaron, y han muerto; Y nosotros llevamos su castigo” (Lamentaciones 5:6-7, énfasis añadido). Los descendientes fueron llevados cautivos debido al continuo patrón de pecado de la nación.

Aquí tenemos a los niños sufriendo por los pecados de sus antepasados que llevaron a la nación a 70 años de cautiverio. Algunos niños eran pequeños cuando fueron llevados cautivos y otros nacieron en cautiverio. Estos niños sufrieron junto con sus padres. Dios había advertido a Israel que ellos y sus hijos sufrirían si se apartaban de Él (ver Levítico 26 y Deuteronomio 28). Pero pronto la cautividad terminaría, y Dios inspiró a Ezequiel a profetizar una época en la que los hijos ya no sufrirían por los pecados de sus padres (Ezequiel 18:1-4).

Dios es siempre misericordioso. “Y los que queden de vosotros decaerán en las tierras de vuestros enemigos por su iniquidad; y por la iniquidad de sus padres decaerán con ellos. Y confesarán su iniquidad, y la iniquidad de sus padres, por su prevaricación con que prevaricaron contra mí; y también porque anduvieron conmigo en oposición... Entonces yo me acordaré de mi pacto con Jacob, y asimismo de mi pacto con Isaac, y también de mi pacto con Abraham me acordaré, y haré memoria de la tierra” (Levítico 26:39-40, 42).

¿Qué sucede si una persona decide no seguir el camino de sus padres?

Hablando de Dios, el libro de Jeremías dice: “grande en consejo, y magnífico en hechos; porque tus ojos están abiertos sobre todos los caminos de los hijos de los hombres, para dar a cada uno según sus caminos, y según el fruto de sus obras” (Jeremías 32:19).

Puesto que cada uno de nosotros tendrá que dar cuenta de sus decisiones, ¿qué tipo de vida elegiremos vivir?Cada persona en algún momento dará cuenta de sus pecados personales. “De manera que cada uno de nosotros dará a Dios cuenta de sí” (Romanos 14:12).

Puesto que cada uno de nosotros tendrá que dar cuenta de sus decisiones, ¿qué tipo de vida elegiremos vivir?

¡El cambio es una opción!

Veamos la perspectiva de Dios otra vez en Levítico: “y entonces se humillará su corazón incircunciso, y reconocerán su pecado. Entonces yo me acordare de mi pacto” (Levítico 26:41-42).

Dios es misericordioso y puede conceder el perdón cuando una persona confiesa sus pecados ante Él y viene a Él en arrepentimiento (1 Juan 1:9; 2 Timoteo 2:25). La paga del pecado —la muerte eterna— puede ser quitada, y muchas veces las consecuencias del pecado también pueden ser aliviadas. Dios puede comenzar a recompensar a aquellos que diligentemente lo buscan y lo siguen, así como dijo que recordaría el pacto que hizo con Abraham, Isaac y Jacob (Romanos 3:23; Hebreos 11:6). Vea más acerca de esto en los artículos bajo el título de “Pecado” en la categoría “Cambio”.

Dios desea que nos arrepintamos

Entendemos más acerca del proceso del perdón de Dios y su deseo de nuestro cambio cuando leemos 2 Pedro 3:9: “El Señor no retarda su promesa, según algunos la tienen por tardanza, sino que es paciente para con nosotros, no queriendo que ninguno perezca, sino que todos procedan al arrepentimiento”.

Dios es paciente y puede guiarnos al arrepentimiento. Su deseo es que nos arrepintamos y cambiemos, no sólo por nosotros mismos, sino porque las consecuencias del pecado a menudo se transmiten a nuestros hijos, a nuestros nietos y, en algunos casos, incluso a nuestros bisnietos.

Cada persona tiene la opción de cambiar el estilo de vida generacional

En Ezequiel 18 Dios muestra que recibimos castigo por nuestros propios pecados, y podemos cambiar. Un hijo que ve los pecados de su padre “ y viéndolos no hiciere según ellos… éste no morirá por la maldad de su padre; de cierto vivirá” (vv. 14, 17).

“Su padre, por cuanto hizo agravio, despojó violentamente al hermano, e hizo en medio de su pueblo lo que no es bueno, he aquí que él morirá por su maldad. Y si dijereis: ¿Por qué el hijo no llevará el pecado de su padre? Porque el hijo hizo según el derecho y la justicia, guardó todos mis estatutos y los cumplió, de cierto vivirá. El alma que pecare, esa morirá; el hijo no llevará el pecado del padre, ni el padre llevará el pecado del hijo; la justicia del justo será sobre él, y la impiedad del impío será sobre él. Mas el impío, si se apartare de todos sus pecados que hizo, y guardare todos mis estatutos e hiciere según el derecho y la justicia, de cierto vivirá; no morirá. Todas las transgresiones que cometió, no le serán recordadas; en su justicia que hizo vivirá” (vv. 18-22).

El pecado tiene una manera de conducir a más pecado (Romanos 6:19). El castigo final del pecado es la muerte. También hay otras consecuencias del pecado que pueden continuar hasta que el pecado haya sido reconocido, se haya dejado de cometer, nos hayamos arrepentido de él y haya sido reemplazado por una conducta justa y según Dios.

Se nos dice que lo que el hombre siembra, también lo cosechará (Gálatas 6:7). Si estamos cosechando las consecuencias del pecado, podemos cambiar lo que estamos haciendo y caminar en una vida nueva. Esto puede suceder a través del proceso de arrepentimiento y bautismo y con la ayuda del Espíritu Santo de Dios (Romanos 6:4; Romanos 8:4; Gálatas 5:24-25).

¡Hay una manera de romper el yugo del pecado!

Veamos 1 Juan 2:1-3: “Hijitos míos, estas cosas os escribo para que no pequéis; y si alguno hubiere pecado, abogado tenemos para con el Padre, a Jesucristo el justo. Y él es la propiciación por nuestros pecados; y no solamente por los nuestros, sino también por los de todo el mundo. Y en esto sabemos que nosotros le conocemos, si guardamos sus mandamientos”.

Cristo es la propiciación o “expiación” de nuestros pecados. Él estaba dispuesto a morir para pagar la pena por nuestros pecados cuando nos arrepentimos. Pero, junto con el arrepentimiento del pecado, también se requiere obediencia a la ley de Dios.

Cuando superamos el “hábito” del pecado, esto puede cambiar nuestra vida y también tener un efecto positivo en la vida de nuestros hijos y nietos.

También tenemos la responsabilidad de enseñar a nuestros hijos las leyes beneficiosas de Dios y la manera correcta de vivir: “Por tanto, guárdate, y guarda tu alma con diligencia, para que no te olvides de las cosas que tus ojos han visto, ni se aparten de tu corazón todos los días de tu vida; antes bien, las enseñarás a tus hijos, y a los hijos de tus hijos” (Deuteronomio 4:9).

Cada persona debe decidir

¡Generaciones de obediencia a Dios pueden comenzar con usted! La Biblia da ejemplos de aquellos que siguieron los caminos correctos, aunque sus padres eran pecadores.

Un ejemplo es Josías. Su padre, Amón, había desobedecido a Dios. Sin embargo, “Cuando Josías comenzó a reinar era de ocho años, y reinó en Jerusalén treinta y un años. El nombre de su madre fue Jedida hija de Adaía, de Boscat. E hizo lo recto ante los ojos del Eterno, y anduvo en todo el camino de David su padre, sin apartarse a derecha ni a izquierda” (2 Reyes 22, 1-2).

Este artículo comenzó con Éxodo 20:5: “porque yo soy el Eterno tu Dios, fuerte, celoso, que visito la maldad de los padres sobre los hijos hasta la tercera y cuarta generación de los que me aborrecen”. Veamos también que Dios continuó hablando en el versículo 6: “y hago misericordia a millares, a los que me aman y guardan mis mandamientos”.

La transmisión de los efectos del pecado de generación en generación puede detenerse con usted. Dios nos ha mostrado un camino claro para que lo sigamos. “Lámpara es a mis pies tu palabra, Y lumbrera a mi camino” (Salmo 119:105). La determinación de seguir ese camino puede conducirlo a usted y a sus futuras generaciones fuera del pecado.

Leamos las palabras de aliento que el Rey David escribió en el Salmo 103:17-18: “Mas la misericordia del Eterno es desde la eternidad y hasta la eternidad sobre los que le temen, Y su justicia sobre los hijos de los hijos; Sobre los que guardan su pacto, Y los que se acuerdan de sus mandamientos para ponerlos por obra”.

¡Usted puede cambiar su vida y beneficiar la vida de sus hijos que vivirán después de usted! Dios nos conduce a una forma de vida que puede proporcionar bendiciones para nosotros ahora, para nuestros hijos y para las generaciones futuras.

¿Qué tipo de legado dejará a sus hijos y nietos?

Lea más acerca de cómo hacer estos cambios descargando nuestro folleto ¡Cambie su vida!

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