Palabras que duelen, palabras que ayudan

Dios nos dio la habilidad de comunicarnos para construir nuestras familias y amistades. Pero nuestras lenguas también pueden destruir relaciones. ¿Qué dice Dios acerca de nuestras palabras?

Sansón mató un león sólo con sus manos. Derrotó un ejército filisteo de mil hombres con la quijada de un burro. Su fuerza fue legendaria. Pero Dalila lo agotó y lo derrotó sólo con sus palabras.

“Y aconteció que, presionándole ella cada día con sus palabras e importunándole, su alma fue reducida a mortal angustia”. Sansón le contó el secreto de la fuerza que Dios le había dado. Entonces ella lo vendió a sus enemigos (Jueces 16:16).

Herir y ayudar

Sansón no fue el único personaje de la Biblia que fue atrapado o destruido por palabras. Jezabel utilizó mentiras para deshacerse de Nabot, que era inocente, cuyo único crimen fue no querer venderle la heredad de sus padres al malvado rey Acab (1 Reyes 21:1-16). Las palabras soberbias de Nabucodonosor lo llevaron al destierro y a vivir como un animal durante siete años (Daniel 4:28-32). Y las duras palabras de Nabal casi hacen matar a toda su familia (1 Samuel 25:2-22).

Esto refleja el poder que tienen las palabras para causar daño. Como escribió el apóstol Santiago: “pero ningún hombre puede domar la lengua, que es un mal que no puede ser refrenado, llena de veneno mortal” (Santiago 3:8).

Pero la Biblia también nos da ejemplos de personas que usaron las palabras para ayudar y sanar. Después de que la respuesta grosera por parte de Nadal provocara  la ira de David, Abigail intervino. Su amable respuesta salvó a su familia (1 Samuel 25:23-25; Proverbios 15:1;  vea más acerca de este tema en nuestro artículo “Abigail: un ejemplo de prudencia”).

El apóstol que nosotros conocemos como Barrabas, recibió este apodo debido a sus inspiradoras palabras (Hechos 4:36). Otros buenos ejemplos bíblicos se destacaron por palabras amables, palabras sabias y palabras de paz (Lucas 4:22; Eclesiastés 10:12; Ester 9:30).

¿Cómo podemos evitar la comunicación nociva  y en su lugar utilizar una comunicación que nos sea útil?

   1. Evite demasiadas palabras

La Biblia nos advierte de los peligros de las palabras precipitadas y sin pensar. Tengamos en cuenta la instrucción de Jesús:

“Más yo os digo que de toda palabra ociosa que hablen los hombres, de ella darán cuenta en el día del juicio. Porque por tus palabras serás justificado, y por tus palabras serás condenado” (Mateo 12:36-37).

Es necesario tomar tiempo para pensar en  palabras de ayuda y que sanen; hablar de acuerdo a los impulsos de nuestra naturaleza  es como producir pepitas de sin sentido y rencor.

Y como dijo Salomón: “Al que responde palabra antes de oír, le es fatuidad y oprobio” (Proverbios 18:13).

En lugar de apurarnos por llenar las pausas durante una conversación balbuceando lo primero se nos venga a la cabeza, podemos concentrarnos en escuchar y entender los pensamientos de la otra persona.

Dean Rusk, un ex-secretario de estado de los Estados Unidos, recalcó el poder de escuchar de la siguiente manera: “La mejor forma de persuadir a los demás es con sus oídos, escuchándolos”.

En el libro Escuchar: la habilidad perdida, por Madelyn Burley-Allen, se señalan los estudios que dicen que solo escuchamos con una efectividad del 25 por ciento. Después, ella pone a disposición unos consejos muy útiles para mejorar nuestra habilidad para escuchar, tales como:

  • Encuentre temas de común interés
  • Muestre interés
  • Esfuércese al escuchar
  • Evite las distracciones
  • Haga preguntas para aclarar y entender
  • Resuma (pp. 120-122)

En su corta epístola, Santiago compartió esta sabia frase: “Por esto, mis amados hermanos, todo hombre sea pronto para oír, tardo para hablar, tardo para airarse” (Santiago 1:19). ¡Probablemente por eso es que tenemos sólo dos oídos y una sola boca!

El consejo de Santiago también aplica al segundo punto:

   2. Evite las palabras destructivas

Muy a menudo las conversaciones se pueden volver como una competencia o incluso un combate, con asaltos verbales, comentarios punzantes despiadados y tableros de marcadores virtuales. Algunas veces esto es sólo por diversión, pero a veces los comentarios crueles duelen de verdad —y dañan la relación.

Una avalancha de palabras hirientes puede destruir algo más que nuestras amistades. Jesús advirtió: “Pero yo os digo que cualquiera que se enoje contra su hermano, será culpable de juicio; y cualquiera que diga: Necio, a su hermano, será culpable ante el concilio; y cualquiera que le diga: Fatuo, quedará expuesto al infierno de fuego” (Mateo 5:22).

¿Qué hay de los que merecen un escarmiento? ¿Está bien poner en su lugar a aquellos que se lo han ganado?

No. La Biblia nos advierte que no seamos como los falsos maestros que “No obstante, de la misma manera también estos soñadores mancillan la carne, rechazan la autoridad y blasfeman de las potestades superiores. Pero cuando el arcángel Miguel contendía con el diablo, disputando con él por el cuerpo de Moisés, no se atrevió a proferir juicio de maldición contra él, sino que dijo: El Señor te reprenda” (Judas 1:8-9).

¿Si usted no puede hablar mal de aquel que es malo, entonces de quién? ¡De nadie!

Si somos  tardos para hablar y tardos para la ira, lograremos  detener  la mayoría de las palabras despiadadas antes de decirlas.

¿Con que las deberíamos reemplazar?

   3. Aplique la ley de la bondad

En Proverbios 31 se puede ver uno de los retratos más positivos de un ser humano dado en la Biblia. Esta virtuosa o valiente mujer no sólo trabaja arduamente y es confiable, también sus habilidades para comunicarse son ejemplares.

“Abre su boca con sabiduría, Y la ley de clemencia está en su lengua” (Proverbios 31:26).

La bondad es un don de Dios y fruto de su Espíritu Santo (Joel 2:13; Gálatas 5:22). Cuando estamos aprendiendo a ser como Él, le agregamos “afecto fraternal” (2 Pedro 1:7).

La ley de la bondad se puede comparar con la Regla de Oro (Mateo 7:12). Debemos decir a los demás todo aquello que queramos que nos digan. Debemos escuchar a los demás de la misma forma que quisiéramos ser escuchados.

Aún más, deberíamos esforzarnos por comunicarnos de la manera amable, sabia y amorosa en  que se comunicaba Jesús. Los comunicadores según Dios son pacificadores misericordiosos, no acusadores hipócritas (Mateo 5:7, 9; 7:1-5). Tienen en alta estima a los demás y velan por los intereses de otros, no solamente los propios (Filipenses 2:3-4). Y se concentran en lo positivo:

“Por lo demás, hermanos, todo lo que es verdadero, todo lo honesto, todo lo justo, todo lo puro, todo lo amable, todo lo que es de buen nombre; si hay virtud alguna, si algo digno de alabanza, en esto pensad” (Filipenses 4:8).

Si nos concentramos en estos aspectos positivos, éstos van a estar en nuestras conversaciones también, “Porque de la abundancia del corazón habla la boca” (Mateo 12:34).

Dejemos que la ley de la bondad controle nuestras palabras, evitando palabras dañinas e inútiles y utilizando palabras que sanen en su lugar.

Para más instrucción bíblica de ayuda para mejorar nuestra comunicación, vea “6 formas de mejorar sus palabras”, “El dominio de la lengua: ¿qué opina Dios del chisme?”, “¡Qué grosero!” y “Hablar la verdad en amor”.