Vida, Esperanza y Verdad

De la edición Mayo/Junio 2018 de la revista Discernir

Cómo afrontar la fatiga de la compasión

Nos importaba profundamente, hasta que ya no nos importa. ¿Qué podemos hacer cuando nos sentimos agotados, insensibles o exhaustos? ¿Cómo podemos manejar la fatiga de la compasión?

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Un aroma ácido de miles de cocinas llenaba el aire. Cerdos, perros y niños desnudos corrían a través de montañas de basura. Ancianos y ancianas, en cuclillas en el suelo, tenían caras de tristeza y resignación. Madres vestidas en trajes tradicionales alimentaban bebes sucios que lloraban.

Lo que vi y olí en mis primeros días como voluntario en el campo de refugiados de Chiang Kham, en el norte de Tailandia, está clavado en mi mente. Me acuerdo de largas filas de cabañas temporales con techos metálicos y paredes con paja de bambú. Familias de seis a ocho personas vivían en cerca de 7,5 metros cuadrados dentro de cada choza. No había agua potable ni servicios sanitarios. Sólo las paredes cercanas y letrinas afuera.

A comienzos de 1982, un campo inicialmente diseñado para 6.000 personas se convirtió en el hogar de 20.000 refugiados de la tribu de la colina de la vecina nación comunista, Laos. Muchos habían escapado a través de las montañas y los ríos con sólo sus vestidos y su vida. Las enfermedades eran rampantes en semejantes condiciones tan precarias y miserables.

Los refugiados de los campos de este tipo estaban esparcidos en todo el sureste asiático después de la guerra de Vietnam. Desafortunadamente, desde entonces han surgido docenas de lugares como éstos en muchísimos países, especialmente en África, Asia y en el Medio Oriente.

Según el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados, cerca de 65,6 millones de personas han sido obligadas a refugiarse en todo el mundo. Con frecuencia, ellas viven sin ninguna esperanza sólida para el futuro —sin hogar y sin patria.

Una labor que no termina

Es difícil para la mayoría de las personas razonables no preocuparse por otros seres humanos en esas condiciones. Pero no es tan fácil no cansarse de preocuparse. Sin embargo, las personas, gobiernos y agencias de ayuda internacional continúan proveyendo material de ayuda esencial a los refugiados y víctimas de todo tipo de desastres alrededor del mundo.

En 2016, la Unión Europea era el primer donador, con más de 75 mil millones de euros en ayuda humanitaria en todo el mundo. Canadá, Gran Bretaña, Japón, Estados Unidos y muchas otras naciones contribuyen también. La recaudación de fondos para estos esfuerzos es una labor que nunca termina.

¿Será suficiente alguna vez?

Jesucristo habló de estos tiempos del fin, con palabras muy serias: “Y oiréis de guerras y rumores de guerras; mirad que no os turbéis, porque es necesario que todo esto acontezca; pero aún no es el fin. Porque se levantará nación contra nación, y reino contra reino; y habrá pestes, y hambres, y terremotos en diferentes lugares. Y todo esto será principio de dolores” (Mateo 24:6-8).

Jesús profetizó el sufrimiento de estos días. También habló de los sucesos catastróficos sin precedentes que vendrían, poniendo en peligro la misma existencia de la humanidad (vv. 21-22). Empeorará mucho más antes de mejorar.

En medio de todo esto, Jesús también explicó que por ser el tiempo del fin algo tan malo, el amor natural y el afecto de los seres humanos “se enfriará” (v. 12). Las personas sencillamente se cansan de preocuparse y cuidar a los demás. En la actualidad, los profesionales lo llaman “fatiga de la compasión”.

¿Qué es la fatiga de la compasión?

Utpal Dholakia, un profesor de la Universidad de Rice, anota: “Después de un desastre natural, las personas son naturalmente empáticas. Sin embargo, esta empatía comienza a disiparse rápidamente. Comienzan a experimentar lo que los sicólogos llaman ‘fatiga de la compasión’, o una reducción de la empatía que ocurre cuando un individuo se ve expuesto continuamente al sufrimiento de otros”.

Piense en su propia respuesta ante el creciente número de catástrofes en el mundo —huracanes, terremotos, tornados, tormentas torrenciales, sequía y erupciones volcánicas, por nombrar unas cuantas. Más ominoso aún es el impacto de las guerras, desastres ambientales y nucleares, ataques terroristas y enfermedades epidémicas.

Hay muchas pérdidas y dolor. Es fácil cansarse con tanto sufrimiento en nuestro mundo. De hecho, es muy fácil que simplemente los demás dejen de importarnos. Hace casi dos mil años el apóstol Pablo les advirtió a los cristianos que no se cansaran de hacer el bien y no desmayaran (Gálatas 6:9). Pero para los seres humanos es difícil.

El psicólogo de Harvard, Jamil Zaki, afirma: “El término ‘fatiga de la compasión’ fue acuñado primero para describir a trabajadores de los hospicios, quienes —después de estar sometidos en su vida profesional al miedo y al dolor— se podían encontrar totalmente exhaustos en su instinto de preocupación por otros. Con los medios de comunicación actuales, cualquiera con un periódico o conexión a internet, puede recibir diariamente actualizaciones acerca de las crisis —las causadas por el hombre y las naturales— que están afectando a las personas en todo el mundo. El resultado es habituarse, aunado a un sentimiento de insensibilidad, que puede agotar nuestra empatía y motivarnos a dejar de preocuparnos por las víctimas de las tragedias”.

Los estudios han encontrado que las contribuciones económicas a los fondos de ayuda para desastres tienden a disminuir de una urgencia inicial en la primera o segunda semana, hasta que sólo queda escasamente un vestigio después de tres a seis semanas, y puede extinguirse totalmente en tres o cuatro meses. El interés y la preocupación se disipan rápidamente, y demasiado pronto llega otro desastre que acapara la atención de los medios.

¿Cuáles son los síntomas?

La fatiga de la compasión puede afectar a cualquiera que sí le importe de verdad, ya sea a profesionales de la salud y consejeros o a parientes y amigos. Las exigencias de la vida diaria, además de la observación continua de las noticias perturbadoras del mundo a nuestro alrededor, pueden desgastarnos por completo.

Los síntomas de esta fatiga son muchos. Veamos sólo unos cuantos identificados por el Proyecto de Concientización de la Fatiga de la Compasión:

  • Recurrencia de pesadillas y escenas retrospectivas relacionadas con un evento traumático.
  • Dolencias físicas crónicas, tales como problemas gastrointestinales y resfríos frecuentes.
  • Aislamiento de otros.
  • Pobre autocuidado, descuido de la higiene, la apariencia, etcétera.
  • Emociones atascadas.
  • Apatía, tristeza.
  • Abuso de sustancias para enmascarar las emociones.
  • Demasiada censura.
  • Dificultad para concentrarse.
  • Cansancio mental y físico.

En muchas formas, la fatiga de la compasión es similar a un agotamiento extremo físico, emocional o espiritual. Cuidar y preocuparse por otros exige demasiado esfuerzo.

¿Qué deberíamos hacer?

¿Qué sucede si nos cansamos de hacer el bien? ¿Qué ocurre si nuestra compasión por otros se esfuma y nos cansamos demasiado de cuidar a otros? ¿Qué podemos hacer?

Jesucristo dio el ejemplo definitivo de cuidado y compasión por los seres humanos durante toda su vida, y extendió su compasión aún en su muerte. De hecho, Él les dijo a sus discípulos que debían amar a Dios no sólo con todas sus fuerzas sino amar al prójimo como a sí mismos (Mateo 22:37-40). Así, nos ordenó que debíamos preocuparnos por todos, tal como Él lo hizo.

Durante su ministerio terrenal, Él “tuvo compasión” de las multitudes que sufrían y que encontraba a su paso (Mateo 9:35-36). No cerró los ojos ante sus necesidades. Él las consoló con la verdad del evangelio y las sanó de muchas enfermedades.

De la misma forma, el apóstol Santiago nos instruye que demostremos nuestro cristianismo haciendo algo activamente, no tan sólo pensando o hablando acerca de ello (Santiago 2:14-17). El autor de Hebreos nos dice: “Y de hacer bien y de la ayuda mutua no os olvidéis; porque de tales sacrificios se agrada Dios” (Hebreos 13:16).

Pero Dios también sabe que nos cansamos y desmayamos. No tenemos de una forma inherente su fortaleza y resiliencia para afrontar todo el sufrimiento a nuestro alrededor. Necesitamos su ayuda. El apóstol Pedro nos aconsejó que debíamos llevar todas nuestras preocupaciones y ansiedades a Dios porque Él se preocupa por nosotros (1 Pedro 5:7). Cuando nos sentimos abrumados o preocupados, podemos volvernos a Dios y contarle todo.

Veamos las palabras del apóstol Pablo: “Por nada estéis afanosos, sino sean conocidas vuestras peticiones delante de Dios en toda oración y ruego, con acción de gracias. Y la paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento, guardará vuestros corazones y vuestros pensamientos en Cristo Jesús” (Filipenses 4:6-7).

Personalmente, no podemos resolver todos los problemas del mundo. Pero podemos llevar cada problema a Dios y servir a nuestro prójimo de la mejor manera que podamos. Podemos orar, pidiendo la intervención de Dios, para el consuelo y el descanso de la humanidad. Podemos también orar para que Jesucristo regrese pronto y establezca su Reino en esta Tierra.

Al hacerlo, continuamos demostrando amor y compasión por nuestro prójimo —y por todo el mundo. D

Si desea aprender más acerca de las causas y soluciones definitivas del sufrimiento humano, asegúrese de leer nuestros folletos gratuitos: ¿Por qué permite Dios el mal y el sufrimiento? y El Misterio del Reino.

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