Nadie es perfecto

Sin importar cuánto lo intentemos, pareciera que las cosas nunca nos salen del todo bien. Muchos se frustran por no alcanzar la perfección o juzgan a otros por sus errores. Pero, ¿fallamos realmente si no somos perfectos?

Cualquiera pensaría que los perfeccionistas son más exitosos y productivos que los demás. Después de todo, sus estándares y expectativas personales no admiten defectos, ¿verdad? Y cualquiera pensaría que es bueno ser amigo de un perfeccionista, porque su lucha por la perfección seguramente nos animará a nosotros a ser mejores también.

Sin embargo, la verdad es que el perfeccionismo puede convertirse en una gran desventaja. Quienes tienen esta tendencia, a menudo son personas frustradas e infelices que se dificultan la vida a sí mismos y a los demás. Pero creo no equivocarme al decir que todos somos culpables en cierta medida.

¿No nos llama a todos la atención, o no nos satisface a todos hacer las cosas “a la perfección”? ¿No nos sentimos todos frustrados o inferiores cuando perdemos, erramos la meta o simplemente fallamos? ¿No pensamos todos que “sería genial hacer las cosas de manera perfecta aunque sea una vez”?

Obviamente, buscar la perfección puede motivarnos a trabajar más duro, hacer las cosas mejor y lograr más de lo que hubiéramos logrado de otra manera. Pero también debemos recordar que hay un punto en el que es mejor detenernos y dejar las cosas como son.

La perfección es imposible e innecesaria

Muchos libros se han escrito al respecto. Basta con una búsqueda rápida en internet para encontrar un sinfín de artículos acerca del perfeccionismo, escritos por sicólogos y profesionales de la salud mental. Los expertos concuerdan y la experiencia confirma que la perfección es una ilusión inalcanzable.

Los efectos negativos del perfeccionismo son fáciles de reconocer, pero difíciles de reparar. La tendencia generalmente comienza en la niñez, cuando los padres presionan a sus hijos a obtener cada vez mejores resultados en la escuela o los deportes, intentando sinceramente enseñarles a dar lo mejor. Sin embargo, lo que a menudo les enseña esto es que “dar lo mejor” no es suficiente y, por lo tanto, deben seguir esforzándose para satisfacer a los demás. Para empeorar las cosas, no importa cuán buenos sean en algo, siempre habrá alguien que lo haga mejor.

Si lo pensamos bien, es imposible hacer algo tan perfectamente que nadie pueda superarlo. La perfección es como un espejismo seductor que creemos ver a la distancia: intentamos alcanzarla desesperadamente, pero siempre está fuera de nuestro alcance. Y si no tenemos cuidado, podemos llegar a obsesionarnos con metas inalcanzables para luego auto reprocharnos por no alcanzarlas.

Existen diferentes clases de perfeccionistas: algunos encubiertos, que esconden su deseo obsesivo por la perfección, y otros manifiestos, que no se molestan en esconder su aversión por todo tipo de errores. En cualquier caso, hay varios síntomas que delatan esta tendencia.

Usted podría ser un perfeccionista si:

  • Le teme al fracaso al punto de que no intenta cosas nuevas o las deja rápidamente porque no puede hacerlas bien de inmediato. Aunque en la mayoría de los casos se requiere fallar antes de ser bueno en algo, algunos insisten en que “si no puedo hacerlo perfecto la primera vez, entonces no lo haré”.
  • Pospone constantemente porque no quiere comenzar algo hasta asegurarse de que lo hará perfecto. (Obviamente no todos los que posponen las cosas son perfeccionistas; ése es un problema diferente que dejaremos para después…)
  • Es altamente crítico de los mejores esfuerzos de los demás, cuando en realidad esto podría ser un síntoma de su insatisfacción consigo mismo.
  • Se resiste a los comentarios útiles o a la crítica constructiva.
  • No se siente satisfecho al terminar una tarea porque sólo puede pensar en los defectos y carencias.

La excelencia es posible

En cierta ocasión el escritor francés François-Marie Arouet (bajo el nombre artístico de Voltaire) escribió: “lo perfecto es el enemigo de lo bueno”. Es decir, a veces lo “bueno” no se logra porque las personas ni siquiera hacen el intento, a menos que puedan lograr lo “perfecto”.

¿Y qué ocurre si luego de hacer nuestro mejor esfuerzo el resultado no es impecable? ¿Qué pasa si aún pudiéramos mejorar? En realidad esto puede ser muy bueno, porque así habrá espacio para sentirnos satisfechos y también para sentirnos motivados a avanzar.

Hoy en día el término “en búsqueda de la excelencia” se usa para describir el estándar y los mejores esfuerzos de las personas y organizaciones. La palabra excelencia significa “cualidad sobresaliente o extremadamente bueno”, por lo tanto esta frase implica que estamos haciendo todo lo posible para lograr el mejor resultado. En otras palabras, implica que nuestros logros son ejemplares y satisfactorios, pero que aún así hay espacio para mejorar.

Según los rumores, el legendario entrenador de futbol americano Vince Lombardi le dijo a su equipo, los Green Bay Packers, una vez: “La perfección no es alcanzable, pero si la perseguimos podemos obtener la excelencia”.

La excelencia es alcanzable porque se logra cuando damos lo mejor de nosotros. Después de todo, dar “lo mejor” es lo más que podemos hacer. Sin embargo, esto no significa que debamos conformarnos con un esfuerzo menor o inferior. La frase suficientemente cerca es suficientemente bueno puede llegar a convertirse en una excusa para el descuido o la pereza. Esta frase se cumple sólo cuando realmente hemos hecho todo nuestro esfuerzo.

Todos tenemos límites, cierto. Pero cuando aprendemos a aceptar que dimos lo mejor, podemos sentirnos satisfechos y seguir adelante.

Hasta ahora todo lo que hemos dicho tiene que ver con los aspectos físicos de nuestra vida —de los cuales algunos demandan excelencia y otros no. También debemos aprender a establecer prioridades acerca de qué áreas requieren más de nuestro esfuerzo. Pero, ¿qué hay del aspecto espiritual?

Jesucristo es el ejemplo perfecto

Además del estándar físico, existe otro estándar de perfección mucho más importante. ¿Qué espera Dios de nosotros en términos de obediencia? ¿Acaso no pecamos cuando fallamos en obedecerle a la perfección? ¿Nos puso Dios un estándar inalcanzable? O, ¿es verdad que su gracia nos libra de toda responsabilidad de seguir su ley?

El único ser humano que no pecó fue Jesucristo (Hebreos 4:15). Él vivió una vida intachable y completamente libre de pecado, y la Biblia nos insta a seguir su ejemplo (1 Pedro 2:21-22; 1 Juan 2:6). No obstante, es obvio que ninguno de nosotros puede vivir totalmente sin pecado como Él lo hizo (1 Juan 1:8).

Esto —el hecho de que no podamos ser perfectos (sin pecado)— no significa que estemos bien así como estamos o que no debamos esforzarnos por obedecer. Es cierto que cuando reconocemos nuestros pecados y nos arrepentimos, Dios nos perdona (1 Juan 1:9), pero no podemos seguir pecando sólo porque Dios es bueno y misericordioso.

La vívida descripción de Pablo acerca de su lucha contra su naturaleza humana es una imagen clásica de cómo debiera ser nuestro esfuerzo por obedecer a Dios, fiel y constantemente (Romanos 7:14-25). Como dice Proverbios 24:16: “siete veces cae el justo, y vuelve a levantarse; mas los impíos caerán en el mal”. Incluso las personas justas cometen errores, pero la clave está en que se levantan cada vez que caen —se arrepienten de sus pecados, buscan el perdón de Dios y siguen esforzándose por obedecer.

Aun cuando demos todo por ser santos como Dios es santo, a veces caeremos. Lo que Dios espera es que luchemos contra nuestra tendencia natural al pecado y que hagamos todo lo posible por vivir de acuerdo a su estándar de santidad (1 Pedro 1:13-16).

De hecho, Dios se vale de nuestra imperfección inherente para enseñarnos una de las lecciones más importantes de la vida. Si pudiéramos vivir sin pecado por nuestro propio esfuerzo, eso mismo iría en contra de nosotros porque dependeríamos de nosotros mismos y creeríamos que podemos ganarnos la salvación. Podríamos incluso llegar a pensar que no necesitamos un Salvador.

Pero aun si fuéramos capaces de vivir sin pecado de ahora en adelante, todavía necesitaríamos el perdón de nuestros pecados pasados. Por eso debemos aprender a depender de la gracia y la misericordia que Dios extiende a quienes se arrepienten genuinamente (1 Juan 1:9).

Nuestro continuo esfuerzo por ser obedientes no nos transformará en personas perfectas. Pero sí puede ayudarnos a desarrollar un carácter humilde, determinado, estable y maduro.

“Sed, pues, vosotros perfectos”

¿Qué significa Hebreos 6:1 entonces: “Por tanto, dejando ya los rudimentos de la doctrina de Cristo, vamos adelante a la perfección” (énfasis añadido)? Y, ¿qué quiso decir Cristo en el Sermón del Monte cuando ordenó: “Sed, pues, vosotros perfectos, como vuestro Padre que está en los cielos es perfecto” (Mateo 5:48)?

La respuesta está en que la palabra griega traducida como perfección y perfecto en estos versículos en realidad se refiere a algo “completo, totalmente desarrollado, maduro”  (Vine’s Expository Dictionary of New Testament Words [Diccionario expositivo del Nuevo Testamento de Vine]). En otras palabras, estos pasajes nos están diciendo que debemos desarrollarnos espiritualmente, madurar y cumplir por completo el propósito de Dios para nuestra vida. No son una orden de ser literalmente perfectos y libres de pecado. Como vimos, eso es imposible para los seres humanos.

Hebreos 5:14 utiliza la misma palabra griega de Mateo 5:48 para describir el entendimiento espiritual, diciendo que “el alimento sólido es para los que han alcanzado madurez, para los que por el uso tienen los sentidos ejercitados en el discernimiento del bien y del mal” (énfasis añadido).

La lección aquí es que cuando hacemos el esfuerzo continuo de obedecer, aprenderemos a diferenciar lo correcto de lo incorrecto y así maduraremos espiritualmente.

Esta palabra también aparece en Efesios 4:13-14, cuando Pablo dice que debemos convertirnos en “un varón perfecto [maduro, desarrollado], a la medida de la estatura de la plenitud de Cristo; para que ya no seamos niños”.

Esto quiere decir que nuestro punto de comparación debe ser Jesucristo —Él es nuestro estándar de comportamiento. Y cuando hacemos todo nuestro esfuerzo por seguir su perfecto ejemplo, avanzamos en madurez espiritual. En 1 Corintios 14:20 Pablo también escribió: “Hermanos, no seáis niños en el modo de pensar, sino sed niños en la malicia, pero maduros en el modo de pensar”.

Resumiendo, el concepto de perfección que encontramos en el Nuevo Testamento claramente se refiere a un desarrollo completo, o madurez espiritual. Esto significa que de ninguna manera podemos ser transigentes o tener un enfoque mediocre, pues para alcanzar tal estado de “perfección” (madurez) necesitamos obedecer la ley de Dios con todo nuestro esfuerzo. Necesitamos buscar la excelencia en nuestra relación con Dios.

En el camino sin duda caeremos algunas veces. Pero Dios es bueno y misericordioso, y Él perdonará nuestras faltas a medida que nos desarrollamos espiritualmente.

Nadie es perfecto… pero podemos avanzar hacia la perfección

En su poema “Ensayo sobre la crítica”, Alexander Pope escribió: “Errar es humano, perdonar es divino”.

La condición humana es inherentemente imperfecta y no hay nada que podamos hacer para alcanzar la definición tradicional de perfección: “libre de falta o defecto”. Por lo tanto, es importante que aprendamos a sentirnos satisfechos con los excelentes resultados que podemos obtener si hacemos nuestro mejor esfuerzo.

Como dijo Pope, también podemos aprender a perdonar siguiendo el ejemplo de Dios. Podemos reconocer que todos cometemos errores y que por lo tanto no deberíamos juzgarnos unos a otros tan duramente.

Por otro lado, los estándares de Dios son diferentes. Es cierto que Él es fiel para perdonar nuestros pecados y nos muestra que, aun si nos esforzamos por obedecerle, a veces fallaremos. Pero también nos dice que a través de esos esfuerzos podemos llegar a ser maduros y completos, a medida que con su ayuda avanzamos hacia la verdadera perfección.