La Biblia es un regalo de Dios, pero comprender las complejidades de la traducción puede ayudarnos a interpretar con más cuidado su Palabra.
“Entiérrame.”
Ésa es la traducción literal de la expresión libanesa moderna ta’burni. (Ésa es una posible forma de transcribir las letras árabes).
En español, “entiérrame” suena bastante macabro, pero para los libaneses es una forma abreviada de decirlo. No es una instrucción, sino un deseo:
“La idea de vivir sin ti es insoportable. Espero que, cuando llegue el momento, muera antes que tú, espero que seas tú quien tenga que enterrarme, porque no sé cómo afrontaría lo contrario”.
Todo eso está implícito en la expresión árabe. Pero no está implícito en las palabras en español “entiérrame”.
¿Qué debe hacer un traductor?
La traducción es un proceso complejo
No creo que haya una respuesta correcta. Si se traduce como “entiérrame”, se está siendo fiel a las palabras literales que se utilizan en el árabe original, pero al mismo tiempo se genera confusión acerca de una frase cuyo significado requiere un contexto cultural para descifrarlo. Si se traduce como “no puedo soportar la idea de vivir sin ti”, está siendo fiel al significado que quería transmitir la persona que lo dijo, pero ocultando las palabras reales que utilizó.
Ambas opciones son correctas. Y, sin embargo, ambas son incorrectas.
La traducción puede ser complicada.
Y eso es sólo un ejemplo de las decisiones que hay que tomar al traducir una sola expresión de un idioma moderno a otro. Cuando empezamos a hablar de la Biblia —una colección de libros escritos a lo largo de un período de unos 1.500 años utilizando tres lenguas antiguas vinculadas a culturas que ya no existen, el desafío se multiplica.
Lo que este artículo pretende y no pretende hacer
Cuando terminen de leerlo, hay algo de lo que espero convencerlos, y algo de lo que estoy tratando por todos los medios de no convencerlos.
Cuando abre las páginas de su Biblia en español, lo que está leyendo es una traducción de las palabras inspiradas por Dios, no las palabras originales, sino una interpretación de su significado. Y debido a que el proceso de traducción suele ser complicado e imperfecto, debemos tener cuidado con el valor que le damos a las palabras específicas de una traducción concreta.
Detrás de esas palabras en español hay una serie de consideraciones gramaticales, históricas, culturales y lingüísticas acerca de las que ni siquiera algunos de los expertos más estudiosos siempre están de acuerdo. E incluso cuando los expertos están de acuerdo, a veces una palabra hebrea o griega puede tener tantos significados que es imposible que una sola palabra en español transmita lo que se quiere decir.
Quiero que sea consciente de ello mientras lee la Biblia, porque tratar las palabras traducidas como si fueran el texto original puede llevarnos en ocasiones a conclusiones erróneas.
Lo que no quiero es convencerlo de que lea la Biblia con un escepticismo extremo, dudando de todo y sin confiar en nada. No quiero convencerlo de que este libro sagrado es imposible de comprender o que es sólo para expertos.
Nuestras traducciones de la Biblia existen gracias al esfuerzo de toda una vida de quienes conservaron cuidadosamente las palabras inspiradas por Dios, y de quienes el resto de nosotros pudiéramos leer en un idioma que entendemos.
Aunque podríamos pasar toda una vida sumergiéndonos en los matices y detalles culturales, una traducción de la Biblia nos sigue proporcionando lo que necesitamos para comprender quién es Dios, qué está haciendo y qué espera de nosotros.
Como escribió Pablo: “Toda la Escritura es inspirada por Dios, y útil para enseñar, para redargüir, para corregir, para instruir en justicia, a fin de que el hombre de Dios sea perfecto, enteramente preparado para toda buena obra” (2 Timoteo 3:16-17). Eso es cierto, incluso miles de años después del material original.
¿Qué significa hesed exactamente?
Consideremos, por ejemplo, hesed, una palabra hebrea con tantos significados que no es fácil de traducir. Se utiliza en repetidas ocasiones en el Antiguo Testamento (¡251 veces!), pero si se observan algunas traducciones diferentes al español, la enorme riqueza de la palabra se hace evidente.
En Oseas 6:6, Dios dice: “Porque misericordia quiero y no sacrificio”.
Bueno, algo así. La Reina-Valera-1960 traduce hesed como “misericordia”. El Diccionario Expositivo Completo de Mounce describe hesed como una palabra que “denota ‘bondad, amor, lealtad, misericordia’, empleada de manera más conmovedora en el contexto de la relación entre Dios y los seres humanos”. Es más, según Mounce, a menudo describe “la relación especial que Dios tiene con su pueblo del pacto y, como tal, puede ser una palabra difícil de traducir porque es muy específica” (p. 426).
Lo que Dios desea o le complace no es sólo que su pueblo muestre misericordia, sino que su fidelidad continua a su relación de pacto se evidencie en actos de amor, misericordia y obediencia fiel a sus caminos.
Él desea hesed.
¿Se encuentran estos problemas de traducción en su Biblia?
Ésa es la dificultad de tratar una traducción al español como si fuera una representación perfecta de las palabras inspiradas por Dios. Cada vez que los seres humanos intentan transmitir un significado más profundo de un idioma a otro, se encuentran con obstáculos.
Los problemas de traducción podrían hacerle creer que Jesús prometió que se reuniría en el cielo con el ladrón que estaba en la cruz el día de su crucifixión. La mayoría de las traducciones interpretan Lucas 23:43 de manera similar: “Entonces Jesús le dijo: De cierto te digo que hoy estarás conmigo en el paraíso”.
Si usted no supiera que los manuscritos griegos originales del Nuevo Testamento no incluían puntuación, ese versículo parecería una prueba bastante convincente de que tanto Jesús como el ladrón estarían en el paraíso ese mismo día.
Aquí hay otra forma legítima de traducir ese pasaje: “De cierto te digo hoy, que estarás conmigo en el Paraíso”.
La promesa se hizo ese día, pero no se cumpliría ese día. (Si desea leer más acerca de este tema, lo invitamos a leer “¿Qué sucedió con el ladrón en la cruz?”.)
No se rinda, pero no lo olvide
Entonces, ¿qué debemos hacer? ¿Nos rendimos y consideramos que todo es un misterio impenetrable? ¿Insistimos en que todos reciban una formación exhaustiva en lenguas bíblicas antes de interactuar con la Palabra de Dios? ¿Seguimos sospechando para siempre de todo lo que leemos, preguntándonos si el sesgo del traductor o nuestra propia ignorancia están ocultando la verdad?
No... pero cuando abrimos una traducción de la Biblia, siempre debemos tener en cuenta que estamos leyendo una traducción de la Biblia. Las cosas pueden perderse en la traducción. Las ideas que son claras en un idioma se vuelven confusas en otro; el alcance de un significado puede ampliarse o reducirse incorrectamente en la búsqueda de la palabra adecuada para transmitirlo.
Cuando leemos la Biblia, estamos leyendo un cuidadoso intento de transmitir pensamientos antiguos a través de miles de años de tiempo y espacio. Debemos apreciar y admirar el trabajo incansable de quienes participaron en ello, al tiempo que reconocemos que dicho trabajo es, por naturaleza, imperfecto.
Si le damos una gran trascendencia a ciertas palabras específicas que son traducidas, corremos el riesgo de confundir las cosas inspiradas por Dios con las cosas pensadas por el hombre.
La inspiración de Dios trasciende la traducción
La palabra de Dios permanece a pesar de todos los obstáculos de la traducción.
El apóstol Pablo le recordó a Timoteo que “desde la niñez has sabido las Sagradas Escrituras, las cuales te pueden hacer sabio para la salvación por la fe que es en Cristo Jesús” (2 Timoteo 3:15).
Es muy probable que las Escrituras que Timoteo conocía fueran una traducción griega de la Biblia hebrea que llamamos la Septuaginta. Pero eso no impidió que Pablo le afirmara a Timoteo que “toda Escritura es inspirada por Dios” (v. 16). La traducción griega a la que Timoteo tenía acceso habría sido suficiente para aprender lo que necesitaba saber.
¿Por qué?
Porque el Dios que inspiró estas palabras para que fueran escritas hace miles de años —en hebreo, griego y un poco de arameo— también inspiró que fueran preservadas y traducidas para nosotros. Él trasciende la Biblia y, si lo buscamos, nos ayudará a comprender lo que necesitamos comprender. Si bien no podemos ignorar las limitaciones del proceso de traducción, tampoco podemos minimizar la promesa de Cristo de que su Espíritu “Os guiará a toda la verdad” (Juan 16:13).
Mientras tanto, “Oh hombre, él te ha declarado lo que es bueno, y qué pide el Eterno de ti: solamente hacer justicia, y amar [hesed] misericordia, y humillarte ante tu Dios” (Miqueas 6:8).
Ése es un buen punto de partida.