La Biblia nos muchos ejemplos de los beneficios de depender de Dios. Él es un ser del cual podemos depender completamente. Aprender a confiar totalmente en Dios es un aspecto fundamental de la fe.

Hay momentos en los que uno realmente no puede hacer nada más.
El rey Ezequías se encontraba en ese punto. Rodeado y asediado por el poderoso ejército asirio de Senaquerib, Ezequías había cavado un túnel para proteger el suministro de agua de la ciudad, había fortificado los muros y preparado el ejército. Había hecho todo lo humanamente posible para proteger a Israel —y aun así, no era suficiente.
Senaquerib envió a uno de sus principales oficiales para amenazar a Ezequías y advertir al reino de Judá de su inminente perdición (Isaías 36).
Al oír las palabras del oficial de Senaquerib, Ezequías supo lo que tenía que hacer: cayó de rodillas y oró a Dios con fe (Isaías 37:14-20). Dependía totalmente de Dios. Al hacerlo, recurrió a un poder con el que Asiria no podía rivalizar ni comprender.
En respuesta a la oración de Ezequías, Dios aniquiló a 185.000 soldados enemigos en una sola noche e hizo retroceder al poderoso ejército asirio (Isaías 37:36-38).
¡Dios es grande!
La acción más importante de Ezequías en todo el asunto no fue fortificar las murallas, asegurar su fuente de agua o llenar con toda clase de armas su ciudad. La acción que marcó la diferencia fue la oración de Ezequías y que dependía de Dios para la victoria. Esto se basó en un entendimiento contundente: Dios es mucho más grande que el hombre.
Lo que Ezequías nunca podría haber logrado en un millón de vidas, Dios lo hizo en una sola noche. Aunque es obvio que Dios no tiene debilidades literales, Pablo expresó en términos humanos que Dios, en su punto más débil, es mucho más grande que la humanidad en su mejor momento (1 Corintios 1:25). Todas las naciones, con su poder y esplendor, no son más significativas que una gota de agua en un cubo comparadas con Dios (Isaías 40:15).
Podemos depender de Dios
Cuando analizamos el poder de Dios, debería parecernos natural que dependamos de Él como lo hizo Ezequías. En lugar de esto, la humanidad a menudo evita buscarlo y lo que encuentra para reemplazarlo es algo inferior en que confiar.
El antiguo Israel era una nación que debería haberse dado cuenta que podía depender de Dios. Habían visto cómo el poderoso imperio egipcio era destruido por una serie de diez plagas sobrenaturales. Habían visto a Dios aniquilar al temido ejército de Egipto en un espectacular milagro en el mar Rojo. Los israelitas habían pasado incluso por numerosas batallas que demostraban el poder y la fidelidad de Dios.
No obstante, cuando llegó el momento de dar un salto de fe, fracasaron. En lugar de depender de la ayuda de Dios para conquistar sus nuevas tierras, lloraron y declararon que no había esperanza. Escucharon a 10 espías infieles e ignoraron las promesas específicas que Dios les había hecho, de ayudarlos mientras luchaban (Números 14).
Versículos bíblicos que nos hablan de confiar en Dios y no en el hombre
La Biblia deja claro que, en lugar de depender de las personas, es mucho mejor depender de Dios.
El Salmo 118:8-9 dice: “Mejor es confiar en el Eterno, que confiar en el hombre. Mejor es confiar en el Eterno, que confiar en príncipes”.
El Salmo 146:3-6 añade: “No confiéis en los príncipes, ni en hijo de hombre, porque no hay en él salvación. Pues sale su aliento, y vuelve a la tierra; en ese mismo día perecen sus pensamientos. Bienaventurado aquel cuyo ayudador es el Dios de Jacob, cuya esperanza está en el Eterno su Dios, el cual hizo los cielos y la tierra, el mar, y todo lo que en ellos hay; que guarda verdad para siempre”.
En el libro de Jeremías, Dios es aún más explícito: “Así ha dicho el Eterno: Maldito el varón que confía en el hombre, y pone carne por su brazo, y su corazón se aparta del Eterno. Será como la retama en el desierto, y no verá cuando viene el bien... Bendito el varón que confía en el Eterno, y cuya confianza es el Eterno. Porque será como el árbol plantado junto a las aguas, que junto a la corriente echará sus raíces, y no verá cuando viene el calor” (Jeremías 17:5-8).
Los peligros de depender de los demás, de nosotros mismos o de las cosas
Sin embargo, a menudo parece más fácil depender de otras personas para obtener ayuda en lugar de acudir a Dios. Los seres humanos, buenos o malos, son visibles, mientras que Dios es invisible y a menudo trabaja tras bambalinas.
Aunque sepamos lo poderoso que es Dios y hayamos experimentado antes su maravillosa liberación, puede ser muy fácil acudir a las personas en nuestra próxima dificultad.
Esto fue lo que sucedió en la trágica vida del rey Asa.
Asa, un poderoso rey de Judá, había visto cómo Dios le otorgaba una poderosa victoria militar contra Etiopía (2 Crónicas 14). Años más tarde, un desafío similar vino del vecino Israel. Pero en lugar de acudir a Dios, esta vez Asa eligió aliarse con Siria, un enemigo de Dios (2 Crónicas 16:1-6).
Uno de los errores más comunes cometidos a lo largo de la historia de la humanidad es depender de nuestras propias fuerzas. Es fácil considerarnos invencibles y capaces de hacer cualquier cosa, pero la triste realidad es que somos seres humanos frágiles y limitados. Incluso en nuestro mejor momento, podemos estar a un instante de una tragedia irreparable.
Dios no promete que será fácil, pero si dependemos de Él con humildad y obediencia, Él promete que nos va a sacar adelante.
Lo único seguro en lo que podemos confiar plenamente —que sabemos que nunca nos abandonará— es nuestro Dios fiel. Por eso, la Biblia considera risibles a quienes confían en sus propias fuerzas en vez de en Dios (Salmos 52:6-7).
Aún más insensato que depender de nosotros mismos es depender de las cosas físicas. Muchos dependen del dinero, que representa riqueza y seguridad. Otros dependen de la acumulación y el almacenamiento de suministros físicos que con el tiempo se agotarán o se deteriorarán. Algunos incluso dependen de imágenes físicas que la gente ha moldeado y formado. Estos ídolos no son capaces de ayudarnos, y depender de ellos es el colmo de la insensatez (Salmos 135:15-18).
Beneficios de depender de Dios
No cabe duda del poder y la fuerza de Dios y de su capacidad para ayudarnos, sea cual sea nuestra situación. Podemos depender de Dios en los momentos difíciles y en las pruebas más duras. Otras veces, nuestras circunstancias pueden parecer triviales, quizás muy triviales para molestar a un Dios que “quita reyes y pone reyes” (Daniel 2:21.
Sin embargo, la Biblia nos dice que debemos echar “toda vuestra ansiedad sobre él, porque él tiene cuidado de vosotros” (1 Pedro 5:7). Nos anima de una forma positiva y nos dice “Acerquémonos, pues, confiadamente al trono de la gracia, para alcanzar misericordia y hallar gracia para el oportuno socorro” (Hebreos 4:16). Dios es lo bastante poderoso como para ocuparse tanto de nuestros momentos difíciles como de nuestros pequeños problemas.
Cuando acudimos a Dios en oración y ponemos un asunto en sus manos, Dios puede resolverlo de muchas maneras. A veces esas maneras son obvias y claramente milagrosas. Otras veces, son más sutiles, pero igualmente maravillosas.
A continuación estas son tres maneras en las que Dios nos puede ayudar cuando dependemos de Él.
1. Dios pelea las batallas por nosotros.
A veces Dios decide quitarnos el asunto completamente de las manos, sobre todo si el problema es demasiado grande para que lo manejemos nosotros. Hay muchos ejemplos a lo largo de la historia de Israel en los que Dios hizo esto. La nación de Israel comenzó con un milagro de este tipo en el Mar Rojo, donde Dios destruyó milagrosamente al ejército de Egipto (a pesar de la falta de fe de Israel) para liberar a su pueblo (Éxodo 14).
Durante la época de los jueces, Israel volvió a necesitar una liberación milagrosa. Al trabajar con un hombre llamado Gedeón, Dios se aseguró de que Israel supiera, sin ningún lugar a duda, que era Dios quien los había liberado al hacer que sólo 300 hombres se enfrentaran a un ejército innumerable (Jueces 7).
Dios hizo que el miedo y la confusión se apoderaran del ejército enemigo antes de que Gedeón tuviera siquiera la oportunidad de levantar su espada, y permitió que Israel obtuviera la victoria ese día.
2. Dios ayuda a los que se quieren ayudar a sí mismos.
Depender de Dios no siempre nos conduce a liberarnos de toda responsabilidad. Muchas veces, tenemos que poner de nuestra parte, y entonces Dios bendice nuestros esfuerzos. Al tener presente que el resultado final está en las manos de Dios, igual hacemos todo lo que podemos para conseguirlo.
Si no hemos hecho nada para preparar un examen o una entrevista de trabajo, por ejemplo, no podemos suponer que Dios compensará milagrosamente nuestra falta de preparación. Dios espera que pongamos de nuestra parte. Una vez que lo hacemos, Dios puede bendecir nuestros esfuerzos de maneras que no podemos imaginar, como hizo con la viuda Rut. (Si usted desea más información acerca de Rut, lo invitamos a leer nuestro artículo “Rut” en la sección “Mujeres de fe”.)
3. Dios nos da la fuerza que necesitamos.
También hay momentos en los que depender de Dios no parece funcionar. Hay veces en que le pedimos a Dios ayuda en nuestro trabajo, y luego nos despiden. O quizás oramos por un ser querido, pero éste sigue enfermo o muere.
Situaciones como éstas no significan que Dios nos haya defraudado o se haya alejado de nuestras vidas. Él sigue ahí, pero está haciendo las cosas de una manera diferente a la que esperábamos o deseábamos.
Esta clase de situaciones nos duelen. Es posible que haya momentos en los que pensamos que vamos a quebrarnos porque el dolor es muy grande. Como Job, podemos sentirnos completamente abandonados por Dios y preguntarnos dónde está. Puede ser muy fácil rendirse, decidir que depender de Dios no funciona.
La verdad es que estos son los momentos en los que más debemos depender de Dios. Él sigue ahí, sigue trabajando con nosotros. No obstante, en lugar de evitar la prueba, Él ha decidido, en su extraordinaria sabiduría, hacer que pasemos por ella.
Dios no promete que será fácil, pero si dependemos de Él con humildad y obediencia, Él promete que nos va a sacar adelante. En momentos como estos, hay varias escrituras alentadoras que podemos estudiar (lo invitamos a ver nuestra sección acerca de “Versículos bíblicos alentadores”).
Dios no promete que será fácil, pero si dependemos de Él con humildad y obediencia, Él promete que nos va a sacar adelante.
Una de las escrituras más alentadoras para tener en cuenta cuando estamos tentados a darnos por vencidos es 1 Corintios 10:13: “No os ha sobrevenido ninguna tentación que no sea humana; pero fiel es Dios, que no os dejará ser tentados más de lo que podéis resistir, sino que dará también juntamente con la tentación la salida, para que podáis soportar”.
Depender de Dios día a día
Por lo general, pensamos en depender de Dios en los momentos difíciles y en las pruebas, algo que sin duda debemos hacer. Pero depender de nuestro Creador no se limita sólo a los momentos de dificultad. Dios quiere que dependamos de Él para todas nuestras necesidades, día a día.
Cuando Israel estaba en el desierto y temía morir de hambre, Dios le dio maná del cielo para que siguiera adelante. No les dio todo el maná que necesitaban de una sola vez, ni siquiera la ración de una semana. En cambio, Dios proveyó a Israel con el maná día a día durante 40 años (Éxodo 16).
Espiritualmente, la lección es la misma. Jesucristo habló del maná que Dios dio a Israel y luego dijo: “Yo soy el pan de vida” (Juan 6:32, 35). Al igual que el antiguo Israel tenía que depender de Dios para su pan de cada día, nosotros necesitamos acudir a Dios todos los días.
Debemos depender de Dios en todo momento, no sólo en los momentos de mayor necesidad (Salmos 62:8).
Dependientes, no autocomplacientes
Uno de los mayores peligros a los que nos enfrentamos es volvernos autocomplacientes —es decir, no reconocer nuestra total y absoluta necesidad de Dios. Es muy fácil sentirse cómodo con las bendiciones de Dios y olvidar que Él es la fuente de todo lo bueno que tenemos (Isaías 17:10).
Si nos olvidamos de Dios, podemos acabar asumiendo que nosotros —seres humanos frágiles, indefensos y dependientes— hemos logrado todo lo bueno de nuestras vidas y que somos merecedores de ese reconocimiento (Deuteronomio 8:11-17).
Cuando nos volvemos autocomplacientes, cometemos errores insensatos. En lugar de depender de Dios, empezamos a tomar decisiones sin Él, siguiendo nuestra propia voluntad y haciendo las cosas por nuestra propia cuenta. A menudo, esto hace que nos hundamos más profundamente en el pecado y lejos de la voluntad de Dios.
Tenemos que recordar que Dios es nuestro Creador y la fuente de todas nuestras bendiciones. Es nuestra responsabilidad agradecerle, alabarle y depender de Él cada día.