La Biblia nos advierte específicamente que evitemos el orgullo y la arrogancia. ¿Cómo podemos reconocer y erradicar este pecado peligroso y contagioso de nuestra vida?
El fallecido erudito acerca del Nuevo Testamento, John Stott, dijo: “En cada etapa de nuestro desarrollo cristiano y en cada ámbito de nuestro discipulado, el orgullo es el mayor enemigo y la humildad nuestro mejor amigo”.
También dijo: “El orgullo es más que el primero de los siete pecados capitales; es la esencia misma de todo pecado”.
Dios revela que considera a una mirada orgullosa y a un corazón orgulloso como una abominación (Proverbios 6:16-17; 16:5). Dios también inspiró a Salomón a escribir: “la soberbia y la arrogancia, el mal camino, y la boca perversa, aborrezco” (Proverbios 8:13).
¿Por qué Dios aborrece tanto el orgullo?
La Biblia define el orgullo como arrogancia, altivez y vanidad. El orgullo prioriza el “yo” sobre los demás y rechaza la grandeza de Dios.
El orgullo surge cuando los seres humanos pecadores, inconscientemente, aspiran al estatus y la posición de Dios y se niegan a reconocer su dependencia de Él. El orgullo compite con Él por la supremacía.
El orgullo adopta innumerables formas, pero tiene un solo fin: la autoglorificación. Ése es el motivo y el propósito último del orgullo: robarle a Dios la gloria que le corresponde y buscar la autoglorificación, compitiendo con Él por la supremacía. La persona orgullosa se considera superior a los demás e incluso busca glorificarse a sí misma en lugar de a Dios, intentando así, en efecto, privar a Dios de algo que sólo Él es digno de recibir.
Una persona orgullosa tiene una visión distorsionada de sí misma, rechazando las palabras de Pablo en 1 Corintios 1:26, 29: “Pues mirad, hermanos, vuestra vocación, que no sois muchos sabios según la carne, ni muchos poderosos, ni muchos nobles… a fin de que nadie se jacte en su presencia”.
Ponernos en el lugar de Dios es, sin duda, un acto de orgullo, pero esta actitud también implica creer que sabemos más que los demás cuando deberíamos estimar a los demás por encima de nosotros mismos (Filipenses 2:3). Incluso compararnos con los demás de manera demasiado favorable hacia nosotros, sería un acto de orgullo y, ciertamente, no es prudente (2 Corintios 10:12).
El orgullo impío y odioso es una realidad cada vez más presente en el mundo moderno. En lugar de enfatizar la responsabilidad personal y la gratitud, este mundo enfatiza la autoestima y el egocentrismo. Desde que Lucero se enorgulleció de su belleza (Ezequiel 28:17) hasta hoy, cuando los candidatos políticos y las celebridades hacen alarde de su grandeza, la historia nos muestra cuán contagioso y peligroso puede ser el orgullo.
No es de extrañar que Dios incluyera el orgullo entre las cosas que aborrece e inspirara numerosos pasajes bíblicos que explican por qué toda la humanidad debe vencerlo. Incluso se nos dice: “Dios resiste a los soberbios” (Santiago 4:6). Esto, por sí solo, debería ser una advertencia de que el orgullo debe desaparecer.
El orgullo también puede afectarnos de maneras sutiles. De hecho, siempre está presente en el trasfondo de nuestra vida, y puede ser que ni siquiera nos demos cuenta.
Pero el orgullo también puede afectarnos de maneras sutiles. De hecho, siempre está presente en el trasfondo de nuestra vida, y puede ser que ni siquiera nos demos cuenta.
Tres maneras en que el orgullo puede estar contagiándonos:
1. Redes sociales.
Facebook y otras redes sociales pueden ser herramientas increíbles para mantenernos conectados con amigos y familiares. Sin embargo, también pueden ser un caldo de cultivo para el orgullo personal. Aquí tiene una forma en que el orgullo puede mostrar su peor cara en las redes sociales:
Revisar constantemente cuántas personas le dieron “me gusta” o comentaron nuestras publicaciones, o cuántas interacciones recibimos, y nos sentimos mal si “no hubo suficientes” respuestas.
Desafío: Revise sus publicaciones y comentarios anteriores y observe cuánta atención intentamos atraer. También puede revisar sus álbumes de fotos personales y ver si tiene demasiadas “selfies”.
2. Conversaciones con amigos.
Es muy agradable reunirse con amigos y tener buenas conversaciones. Pero ¿qué sucede cuando el orgullo se cuela en nuestras conversaciones? Es fácil detectarlo en los demás, pero mucho más difícil en nosotros mismos. Observe estos ejemplos:
Comparación: Intentar superar las historias o experiencias que otros comparten (“Mi día fue peor” o “Tuve un problema mayor”). Esto es un intento de volver a centrar la atención en nosotros, sin importar lo que digan los demás.
Dominadores de la conversación: Cuando una persona domina una conversación hasta el punto de que la otra no puede intervenir. La conversación debe ser un intercambio, no sólo un monólogo.
Sabelotodos: Nunca admiten sus errores y siempre los señalan en los demás. Desafortunadamente, con demasiada frecuencia esto va más allá de la conversación y se convierte en un estilo de vida lleno de orgullo. Es muy importante tener la capacidad de admitir cuando nos equivocamos.
Desafío: Pídale a un amigo o familiar —alguien lo suficientemente cercano a usted que sea honesto, aunque nos hiera— que responda a esta pregunta con delicadeza, pero con sinceridad: “¿A veces piensa usted que soy arrogante o presumido al hablar?”. Si no se siente cómodo haciendo esto, aún puede intentar evaluar sus propias conversaciones.
3. Nuestra espiritualidad.
Jesucristo advirtió contra el orgullo en nuestra propia espiritualidad (Mateo 6:1, 5). Si bien Cristo desea que vivamos con rectitud, no quiere que lo hagamos sólo para llamar la atención o aparentar rectitud ante los demás. Exaltar constantemente nuestra rectitud personal es una forma fácil de caer en el orgullo (la máxima expresión de la autojusticia).
A lo largo de los Evangelios, Jesús corrigió constantemente a los fariseos por practicar la religión sólo para ser vistos por los demás.
El ejemplo más famoso se encuentra en Lucas 18:9-11: “A unos que confiaban en sí mismos como justos, y menospreciaban a los otros, dijo también esta parábola: Dos hombres subieron al templo a orar: uno era fariseo, y el otro publicano. El fariseo, puesto en pie, oraba consigo mismo de esta manera: Dios, te doy gracias porque no soy como los otros hombres, ladrones, injustos, adúlteros, ni aun como este publicano”. (Para más detalles, lea nuestro artículo “El fariseo y el publicano”).
Desafío: Al publicar cosas en línea o hablar con los demás, debemos tener presente esta enseñanza: “Alábete el extraño, y no tu propia boca; el ajeno, y no los labios tuyos” (Proverbios 27:2).
Un camino difícil
El orgullo no es un pecado fácil de vencer, principalmente porque es muy fácil verlo en los demás, pero dolorosamente difícil verlo en nosotros mismos. Benjamín Franklin dijo una vez: “Hay tres cosas extremadamente difíciles: el acero, un diamante y el autoconocimiento”.
Ver el peligro que trae consigo el orgullo —la destrucción (Proverbios 16:18)— debería impulsarnos aún más a luchar contra este pecado en cada oportunidad.
Una de las mejores maneras de lidiar con el orgullo es reemplazarlo con una actitud que Dios enfatiza constantemente en las Escrituras: la humildad. “Revestíos de humildad; porque: Dios resiste a los soberbios, y da gracia a los humildes” (1 Pedro 5:5).
Otro antídoto contra el orgullo es recordar dar gracias a Dios (Colosenses 3:15-17). Ser agradecidos nos ayuda a comprender que todo lo que tenemos —incluyendo nuestra vida y nuestras bendiciones— proviene de Dios, y Él merece toda la gloria y el mérito.
Así que, ¡aplastemos el orgullo insidioso en todas sus formas y reemplacémoslo con humildad y gratitud! Para obtener más información acerca de cómo superar el orgullo, le invitamos a leer la entrada del blog “Cómo vencer las emociones negativas: el orgullo”.