Vida, Esperanza y Verdad

De la edición Noviembre/Diciembre 2021 de la revista Discernir

Singularidades, debilidad y humildad

Es fácil equivocarnos acerca de la Palabra de Dios —pero no siempre es fácil saber que estamos equivocados. ¿Cómo debemos enfrentar esta posibilidad?

Hace 2.000 años, los judíos esperaban al Mesías.

Conocían las Escrituras. Las habían estudiado durante siglos. Para ellos, era obvio que el Mesías vendría a derrocar al gobierno romano y reestablecer a Israel como potencia mundial.

Dios “[levantaría] a David renuevo justo” que “reinará como Rey, el cual será dichoso, y hará juicio y justicia en la tierra” (Jeremías 23:5). Este rey juzgaría a los pobres justamente y “[argüiría] con equidad por los mansos de la tierra; y herirá la tierra con la vara de su boca, y con el espíritu de sus labios matará al impío” (Isaías 11:4).

Y sí, las Escrituras estaban en lo correcto… pero los judíos no. El Mesías no venía para derrocar a los romanos en su tiempo. Primero venía para morir como un sacrificio por el pecado. (Algún día regresará como un Rey poderoso —pero no todavía. Vea Hebreos 9:28).

Incluso los discípulos —que también eran judíos— esperaban que Jesús cumpliera estas profecías en aquel entonces. Después de su resurrección, le preguntaron: “Señor, ¿restaurarás el reino a Israel en este tiempo?” (Hechos 1:6).

Si analizamos los hechos que han ocurrido en estos casi 2.000 años, es fácil ver que la respuesta era “Aún no”. Pero en ese momento, era difícil para los discípulos concebir algo diferente.

(Lea más acerca de este importante paso del plan de Dios en nuestro artículo en línea “El sacrificio de Jesús”.)

Otros malentendidos del primer siglo

Ése no fue el último malentendido que tuvo el pueblo de Dios. Cuando la Iglesia del Nuevo Testamento estaba comenzando, Dios dejó muy claro que también estaba llamando a gentiles (no judíos) a la Iglesia. Esta revelación fue sorprendente y polémica. Para algunos fue difícil entender que los enemigos históricos del pueblo de Dios de pronto podían ser parte de ese pueblo (vea Hechos 11:2-3, 18).

Sin embargo, los apóstoles comprendieron que esto no significaba un cambio en el plan de Dios. De hecho, había sido profetizado siglos antes por los profetas. Citando las palabras de Amós, Santiago le explicó a la Iglesia: “Para que el resto de los hombres busque al Señor, y todos los gentiles, sobre los cuales es invocado [el nombre del Señor]” (Hechos 15:17).

Las respuestas no siempre son obvias

La pregunta que nosotros debemos hacernos es: “¿por qué tantas personas no lo entendieron?”.

Todos podemos leer de una forma errónea, malinterpretar y malentender la Palabra de Dios, especialmente cuando estamos completamente seguros de que entendemos algo a la perfección.Después de todo, estas verdades —el eventual sacrificio de Cristo y la salvación de los gentiles— habían estado en las Escrituras desde hacía mucho tiempo. Para nosotros es fácil encontrar los pasajes de los profetas (e incluso libros anteriores) donde se evidencia que siempre fueron parte del plan de Dios.

Desde nuestro punto de vista, resulta obvio. ¿Por qué entonces a la Iglesia del primer siglo le costó tanto entender?

Porque sólo resulta obvio ahora.

Han transcurrido casi 2.000 años y esto nos da una perspectiva única que nos permite retroceder y saber que Jesús “herido fue por nuestras rebeliones” y “molido por nuestros pecados”. Mirando hacia atrás, es claro que “el Eterno cargó en él el pecado de todos nosotros” (Isaías 53:5-6).

Pero no era claro en ese entonces.

Tampoco era claro que “la Escritura, previendo que Dios había de justificar por la fe a los gentiles, dio de antemano la buena nueva a Abraham, diciendo: En ti serán benditas todas las naciones” (Gálatas 3:8).

Estas cosas, ignoradas en el primer siglo, fueron obvias sólo después de que ocurrieron —y no por intuición humana, sino porque Dios las hizo obvias. Incluso viendo las profecías cumplirse ante sus ojos, los discípulos no comprendieron por completo la muerte de Cristo hasta que Jesús resucitado “les [declaró] en todas las Escrituras lo que de él decían” (Lucas 24:27, compare con los versículos 30-32). El versículo 45 hace énfasis en que Jesús “les abrió el entendimiento, para que comprendiesen las Escrituras”.

Entonces sus ojos fueron abiertos. Entonces todo tuvo sentido. 

Encontrar el balance

Pablo dijo en 1 Tesalonicenses 5:21, “Examinadlo todo; retened lo bueno”. También dijo: “el que piensa estar firme, mire que no caiga” (1 Corintios 10:12). Cumplir estas dos instrucciones requiere de un balance entre confianza y humildad.

Quienes se esfuerzan por comprobar y comprender la voluntad de Dios siempre tendrán razón en algunas cosas y en otras no. Todos podemos leer de una forma errónea, malinterpretar y malentender la Palabra de Dios, especialmente cuando estamos completamente seguros de que entendemos algo a la perfección.

Ahí es donde la humildad se vuelve fundamental.

Al mismo tiempo, estos versículos no implican que siempre debamos dudar de nosotros mismos. Tan sólo unos capítulos más adelante, Pablo nos dice: “Velad, estad firmes en la fe; portaos varonilmente, y esforzaos” (1 Corintios 16:13).

Debemos permanecer firmes. A través de la fe en Dios, somos capaces de hacerlo. Pero existe el peligro de estar tan seguros de nosotros mismos, tan orgullosos de entender y comprender a cabalidad la verdad sobre cierto tema, que perdemos el equilibrio en el proceso. Pedro explica que esto sucedió en la Iglesia del primer siglo, cuando falsos maestros introdujeron “herejías destructoras,” (2 Pedro 2:1).

Es por eso que una y otra vez la Biblia realza la importancia de la humildad cuando se trata de la Palabra de Dios. La humildad, nos dice Dios, es un factor fundamental para que Él trabaje con nosotros: “miraré a aquel que es pobre y humilde de espíritu, y que tiembla a mi palabra” (Isaías 66:2). “El Eterno es excelso, y atiende al humilde, mas al altivo mira de lejos” (Salmos 138:6).

Por otra parte, la soberbia humana nos quita la capacidad de aprender de Él. “Cuando viene la soberbia, viene también la deshonra; mas con los humildes está la sabiduría” (Proverbios 11:2).

La humildad da paso al aprendizaje

En otras palabras, una de las cosas más importantes que un cristiano en progreso puede hacer es aceptar que se equivoca.

Eso no significa dudar de nosotros mismos continuamente o en las verdades doctrinales fundamentales —sólo significa ser honestos con nosotros mismos. Significa aceptar que no sabemos tanto como Dios.

Debemos reconocer que, aunque nos esforzamos por vivir de acuerdo con la Palabra de Dios según la entendemos, nuestro entendimiento de ciertas cosas puede estar errado.

A veces, podremos descubrir un problema en la forma en que analizamos un tema de la Palabra de Dios, algo que no habíamos notado durante años, tal vez décadas.

A veces, tal vez encontremos una forma nueva y emocionante de ver las cosas, sólo para descubrir que en realidad se opone a verdades importantes de la Palabra de Dios.

En cualquier caso, la humildad marca la diferencia. En esos momentos, tenemos que elegir: o permitimos que Dios nos muestre y corrija nuestro error o nos aferramos obstinadamente a nuestras ideas y conceptos (ya sean antiguos o nuevos).

Recibir y escudriñar con solicitud

A medida que el mensaje del evangelio —un evangelio que incluía detalles acerca de quién era el Mesías y qué papel desempeñaban los gentiles— se predicaba en el mundo del primer siglo, varios creyentes judíos se vieron forzados a reevaluar su visión de las Escrituras.

Algunos rechazaron lo que Dios les estaba mostrando. Otros hicieron lo mismo que los de Berea y “recibieron la palabra con toda solicitud, escudriñando cada día las Escrituras para ver si estas cosas eran así” (Hechos 17:11).

Cuando Dios le pide que reevalúe su entendimiento, ¿cómo lo toma usted?

Las Escrituras no cambian. Pero su entendimiento puede cambiar. Lo que Dios nos revela acerca de las Escrituras puede cambiar.

Como cristianos en progreso, ninguno de nosotros es infalible. Cualquiera de nosotros puede malinterpretar la verdad. Nuestra responsabilidad es estar conscientes de esa posibilidad, porque cuando lo estamos, es mucho más fácil ir hacia donde Dios quiere llevarnos en lugar de tratar de forzar a Dios a que vaya hacia donde nosotros queremos.

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