Grandes imperios han surgido y han caído a lo largo de la relativamente corta historia del hombre sobre la Tierra. ¿Qué deberían Estados Unidos y otras naciones aprender de la historia?
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Cuando las naciones son fuertes y poderosas parecen invencibles. Puede darnos la impresión de que van a permanecer para siempre. Pero, ¿es esto cierto?
La respuesta corta y concisa es no. No tenemos un ejemplo claro de un imperio o nación dominante que haya perdurado indefinidamente sin que, con el tiempo, decline, se transforme o pierda su estatus de liderazgo.
Debido a su gran tamaño, poder e influencia, el Imperio romano suele ser estudiado por quienes buscan respuestas acerca de por qué caen los grandes imperios. Desde una perspectiva bíblica, la caída de Israel y Judá aporta información. Y también hay más en nuestra historia reciente. La transformación del Imperio Británico en una asociación voluntaria de naciones nos ofrece un ejemplo útil de cómo el poder puede cambiar de forma.
Dios gobierna sobre las naciones
Las razones por las que caen las naciones poderosas y los imperios varían. Pero es importante entender que finalmente es Dios quien rige sobre ellos.
“Porque del Eterno es el reino, y él regirá las naciones” (Salmos 22:28). “El Altísimo tiene el dominio en el reino de los hombres, y lo da a quien él quiere” (Daniel 4:32). Dios “quita reyes, y pone reyes” (Daniel 2:21) y “les ha prefijado el orden de los tiempos, y los límites de su habitación” (Hechos 17:26).
Desde que la humanidad rechazó a Dios en el jardín del Edén, Él generalmente ha preferido no intervenir, permitiendo que los gobiernos humanos cometan sus propios errores, aunque nunca ha permitido que pongan en riesgo su plan general. (Lo invitamos a descargar nuestro artículo en línea: “Orar por nuestros líderes”.)
Sin embargo, las Escrituras muestran que esto no continuará indefinidamente, Jesucristo regresará para establecer el reino de Dios y regir directamente sobre todas las naciones (Zacarías 14:9; Apocalipsis 12:5; 19:15).
Al mismo tiempo, la forma en que las naciones son gobernadas, la manera en que tratan a sus ciudadanos y la forma en que estas sociedades se desarrollan tienen profundas implicaciones en su condición y longevidad.
Qué significa que un imperio caiga
Cuando los imperios caen no necesariamente desaparecen. Muy frecuentemente se transforman —pierden influencia, territorio o estructura.
Por ejemplo Egipto, una antigua civilización dominante, surgió y después cayó a lo largo de milenios, pero con muchas formas de gobierno y diferentes grados de poder e influencia. De la misma forma, China, ha experimentado ciclos repetitivos de unidad, división y renovación en los miles de años que ha existido.
Y es a la luz de todo esto que en el siglo XIX y a comienzos del siglo XX, el Imperio Británico era el más grande de la historia, gobernando vastos territorios en todos los continentes habitados y ejerciendo un poder naval, económico y político sin precedentes. Sin embargo, tras las dificultades de librar dos guerras mundiales y el auge de los movimientos independentistas en sus colonias, se transformó gradualmente en la Mancomunidad de Naciones, una asociación voluntaria de países independientes.
Comprender estas transformaciones nos ayuda a centrarnos en lo que más importa: los factores que contribuyen al declive cuando una nación está en su apogeo.
Razones fundamentales para la caída de los imperios
Historiadores y pensadores han observado desde hace tiempo que las causas del declive nacional suelen ser internas. Los enemigos externos generalmente explotan las debilidades preexistentes.
A pesar de las diferencias de perspectiva, muchos identifican causas fundamentales similares:
- División interna.
- Declive moral.
- Fallas al adaptarse.
- Desbalance económico e injusticia social.
- Exceso de confianza tras el éxito.
División interna y declive moral
Antes de que las civilizaciones colapsen, con frecuencia experimentan una fragmentación social, un declive moral y pérdida de la virtud cívica. Estas divisiones los hacen más vulnerables a las presiones externas.
El historiador Will Durant observó: “Una gran civilización no es conquistada sino hasta que se ha destruido a sí misma por dentro” (The Story of Civilization [La historia de la civilización], Vol. 3, p. 665).
Antes de su caída en el año 476 d.C., el Imperio Romano había comenzado a fragmentarse internamente. Escritores tales como Juvenal y Tácito, mencionaron en sus escritos la corrupción y la decadencia moral.
La responsabilidad civil fue decreciendo. Los ciudadanos evitaban cada vez más prestar servicio militar y el imperio dependía cada vez más de tropas extranjeras. Los programas de gobierno tales como “pan y circo”, trataban de apaciguar a la población, pero terminaban fomentado la dependencia entre unos y otros.
Estas condiciones debilitaron a Roma mucho antes de que grupos tales como los visigodos la invadieran.
La Biblia expresa este principio claramente: “La justicia engrandece a la nación; mas el pecado es afrenta de las naciones” (Proverbios 14:34).
El reino del norte de Israel cayó por sus pecados aun antes de ser conquistado por los asirios (2 de Reyes 17:7-18). De la misma forma, Judá ignoró repetidas advertencias antes de ser conquistada por Babilonia (Jeremías 25:4-11).
Fallas al adaptarse
Los problemas internos pueden ser corregidos —pero sólo cuando son enfrentados. Cuando los líderes y ciudadanos no responden, el declive se acelera.
El patrón observado por el historiador Arnold J. Toynbee en su libro A Study of History [Un estudio de la historia] de 12 volúmenes se resume a menudo con la frase: “Las civilizaciones mueren por suicidio, no por asesinato”.
Roma es una buena ilustración de esto. Durante el siglo III, el imperio experimentó gran inestabilidad con numerosos emperadores que surgían y caían en una sucesión muy rápida. Las guerras civiles drenaron los recursos y con frecuencia los líderes se enfocaban en la supervivencia en lugar de buscar una solución a largo plazo.
La Biblia registra un patrón similar en la antigua Israel y Judá. A pesar de las repetidas advertencias de los profetas, el pueblo se negó a cambiar (Jeremías 7:23-24; 2 Crónicas 36:15-16).
Desbalance económico e injusticia social
Las condiciones económicas también juegan un importante papel en la estabilidad nacional.
En Roma, la riqueza se concentró cada vez más en las élites. Las grandes propiedades desplazaban a los pequeños agricultores. Los fuertes impuestos agobiaban a las clases bajas. El contenido de plata de las monedas se fue reduciendo gradualmente, lo que provocó inflación e incertidumbre económica.
Quienes editamos la revista Discernir oramos por que Estados Unidos —y todas las naciones aprendan estas lecciones.
Estas condiciones debilitaron la lealtad al Estado e incrementaron las tensiones sociales. Los ciudadanos del imperio perdieron confianza en su gobierno y se centraron en su propia supervivencia y éxito.
Esto mismo fue lo que condenó al antiguo Israel: “Por tanto, puesto que vejáis al pobre y recibís de él carga de trigo, edificasteis casas de piedra labrada, mas no las habitaréis; plantasteis hermosas viñas, mas no beberéis el vino de ellas. Porque yo sé de vuestras muchas rebeliones, y de vuestros grandes pecados; sé que afligís al justo, y recibís cohecho, y en los tribunales hacéis perder su causa a los pobres” (Amós 5:11-12).
Las naciones modernas se enfrentan a desafíos similares para mantener la equidad y la igualdad de oportunidades para todos los ciudadanos.
Una observación frecuentemente citada —a menudo atribuida a Alexander Tyler— nos advierte acerca de los peligros de la irresponsabilidad fiscal: “Una democracia no puede existir como una forma permanente de gobierno. Sólo puede existir hasta que los votantes descubren que ellos pueden votar por ellos mismos, aprovechándose de los recursos públicos”. Muchos gobiernos democráticos actuales sufren déficits presupuestarios crecientes y enfrentan una deuda nacional cada vez mayor.
Exceso de confianza tras el éxito
El éxito nos puede conducir a la complacencia.
A medida que Roma se expandía, llegó a extenderse desde Inglaterra hasta el Medio Oriente. Las grandes fronteras requerían una gran cantidad de ejércitos para su defensa y el costo creciente de su mantenimiento debilitó las finanzas del imperio.
Al mismo tiempo, la élite gobernante se centró en el lujo personal en lugar de la sostenibilidad del imperio. Se confiaron demasiado en su seguridad y subestimaron enormemente las crecientes presiones externas.
El historiador Edward Gibbon hizo la siguiente afirmación: “El declive de Roma fue el efecto natural e inevitable de una grandeza desmedida” (The History of the Decline and Fall of the Roman Empire [La historia del declive y la caída del Imperio Romano], capítulo 38).
Dios advirtió a los antiguos israelitas contra esta propensión demasiado humana al exceso de confianza durante la prosperidad, antes de tomar posesión de la Tierra Prometida:
“Cuídate de no olvidarte del Eterno tu Dios, para cumplir sus mandamientos, sus decretos y sus estatutos que yo te ordeno hoy; no suceda que comas y te sacies, y edifiques buenas casas en que habites, y tus vacas y tus ovejas se aumenten, y la plata y el oro se te multipliquen, y todo lo que tuvieres se aumente; y se enorgullezca tu corazón, y te olvides del Eterno tu Dios, que te sacó de tierra de Egipto, de casa de servidumbre… para a la postre hacerte bien; y digas en tu corazón: Mi poder y la fuerza de mi mano me han traído esta riqueza” (Deuteronomio 8:10-14, 16-17).
¿Cuál es el futuro de los Estados Unidos?
Actualmente Estados Unidos es una de las naciones más poderosas de la historia. Ha sido bendecida con abundantes recursos naturales, suficiente energía para proveer sus necesidades y fronteras protegidas. Además, posee una importante fortaleza económica y tecnológica.
Estas ventajas contribuyen a una sensación de estabilidad. Sin embargo, también se observan algunos de los mismos factores que precedieron al declive de naciones anteriores. Las divisiones internas incluyen una polarización política extrema, una disminución de la confianza en las instituciones entre los grupos y la fragmentación cultural.
Una parte significativa de la riqueza se concentra en la cima y existe un intenso debate sobre la equidad del sistema y la vigencia del sueño americano. La deuda nacional, grande y creciente, y el estancamiento político dificultan la aprobación de reformas a largo plazo. Existen profundos desacuerdos sobre cuestiones morales y culturales.
Al mismo tiempo, conserva importantes fortalezas. En comparación con imperios en decadencia, Estados Unidos aún cuenta con instituciones sólidas y resilientes, una economía e innovación líder a nivel mundial, seguridad geográfica y capacidad de autocorrección.
¿Aprenderemos las lecciones?
La historia no garantiza resultados, pero sí ofrece advertencias.
La lección consistente es clara: las naciones no suelen ser destruidas únicamente desde fuera. Con frecuencia, el declive comienza desde dentro.
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Si desea profundizar más en el papel de las naciones modernas en la profecía bíblica, lo invitamos a descargar nuestro folleto gratuito: Estados Unidos, Gran Bretaña y la Mancomunidad en la profecía.