Viaje La armadura de Dios

El cinturón de verdad

Jesús estaba siendo enjuiciado por el hombre que ordenaría su muerte.

Como pretor, Pilato era responsable de decidir si el supuesto “rey de los judíos” merecía la sentencia de muerte que sus compatriotas pedían a gritos.

Así que le preguntó: “¿Luego, eres tú rey?” (Juan 18:37).

“Tú dices que yo soy rey”, respondió Jesús. “Yo para esto he nacido, y para esto he venido al mundo, para dar testimonio a la verdad. Todo aquel que es de la verdad, oye mi voz” (v. 37).

Pilato respondió con una pregunta retórica que había estado resonando en los debates filosóficos durante años:

“¿Qué es la verdad?” (v. 38).

Es fascinante que, de todas las piezas de la armadura que Pablo podía describir, decidió comenzar con el cinturón. No la espada, no la coraza, no el escudo, sino el cinturón. Y de todas las cualidades espirituales que podía asignarle a este elemento, eligió algo tan fundamental y básico como la verdad.

¿Por qué?

Es algo sencillo: porque sin la verdad, todo lo demás se desmorona.

“...esperamos luz, y he aquí tinieblas; resplandores, y andamos en oscuridad. Palpamos la pared como ciegos, y andamos a tientas como sin ojos; tropezamos a mediodía como de noche; estamos en lugares oscuros como muertos” (Isaías 59:9-10).

La nación estaba colapsando y el profeta Isaías lo sabía. A medida que las personas se alejaban más y más de la ley de Dios, la sociedad entera se desintegraba y erosionaba hacia la maldad:

“Porque nuestras rebeliones se han multiplicado delante de ti, y nuestros pecados han atestiguado contra nosotros; porque con nosotros están nuestras iniquidades, y conocemos nuestros pecados: el prevaricar y mentir contra el Eterno, y el apartarse de en pos de nuestro Dios; el hablar calumnia y rebelión, concebir y proferir de corazón palabras de mentira. Y el derecho se retiró, y la justicia se puso lejos; porque la verdad tropezó en la plaza, y la equidad no pudo venir. Y la verdad fue detenida, y el que se apartó del mal fue puesto en prisión; y lo vio el Eterno, y desagradó a sus ojos, porque pereció el derecho” (vv. 12-15).

El pueblo de Isaías había rechazado la verdad, y no sólo la verdad de Dios, sino el concepto mismo de verdad en general. Se había convertido en una nación llena de mentirosos y engañadores que tergiversaban la verdad para su beneficio. El resultado no era muy diferente del problema que tenemos hoy:

La verdad tropieza en la plaza. Ya no significa nada y rara vez entra en la ecuación. A menudo hablamos de lo que pensamos, lo que creemos y lo que sentimos. Pero cada vez se habla menos de lo que es correcto, justo y verdadero.

¿Cuál fue la reacción de Dios? Isaías dice que “lo vio el Eterno, y desagradó a sus ojos, porque pereció el derecho” (v. 15), así que decidió actuar:

“...lo salvó su brazo, y le afirmó su misma justicia. Pues de justicia se vistió como de una coraza, con yelmo de salvación en su cabeza; tomó ropas de venganza por vestidura, y se cubrió de celo como de manto” (Isaías 59:16-17).

¿Suena familiar? Siglos antes de que Pablo escribiera su famosa metáfora, Isaías describió a Dios usando la misma icónica armadura. Viendo la depravación espiritual, Dios se levantó y actuó, y espera que nosotros hagamos lo mismo. Como cristianos, estamos en una guerra “contra principados, contra potestades, contra los gobernadores de las tinieblas de este siglo, contra huestes espirituales de maldad en las regiones celestes” (Efesios 6:12). Con eso en mente, la instrucción de Pablo es “Estad, pues, firmes, ceñidos vuestros lomos con la verdad” (v. 14).

Todo comienza con la verdad.

El cinturón de un soldado romano del primer siglo era más que un agregado ornamental. Era una insignia de identificación y honor.

En su tiempo libre, los soldados no caminaban por el pueblo con su armadura completa, pero había dos piezas de ropa que los identificaban en cualquier situación civil: sus sandalias con clavos (¡acerca de las que hablaremos pronto!) y sus cinturones (Stefanie Hoss, “El cinturón militar romano”).

El cinturón militar era una pieza vital para los soldados romanos porque sostenía su espada; y sin una espada, ¿de qué sirve un soldado? Estos cinturones (y la espada que sostenían) eran elementos tan importantes en la identidad de un soldado que cuando era disciplinado por la forma en que se comportó, su superior podía quitarle el cinturón por algunas horas o incluso días. Ser visto en público sin su cinturón era una humillación para un soldado.

El cinturón militar, decorado con toda clase de hebillas, correas colgantes y piezas de metal, hacía además un sonido especial cuando el soldado caminaba. Apuelyo, un autor romano del siglo II, explica que un soldado fuera de turno se reconocía por su habitus atque habitude —su ropa y modo (Metamorphoses IX [Metamorfosis IX], sección 39). La arqueología experimental sugiere que su cinturón contribuía a ambos: el peso del metal seguramente obligaba al soldado a tener una postura y un andar únicos, es decir, afectaba su manera de caminar y pararse.

Las piezas de metal del cinturón eran complejas, personalizables y variaban de soldado a soldado. Probablemente cada pieza decía algo acerca de su dueño y todas las piezas juntas describían una imagen cohesiva de su identidad y afiliación.

No es extraño, entonces, que Pablo haya comparado la verdad con nuestro cinturón.

En el mundo actual, la verdad tropieza en la plaza. Es menospreciada, burlada y tratada como algo tan subjetivo que pierde todo su valor. Según las definiciones modernas, yo no puedo decir lo que es universalmente verdadero, sólo lo que es verdad para mí. Su verdad puede ser completamente diferente a la mía, pero igual de válida.

En el contexto de este mundo, se nos ordena estar firmes y tener la verdad como cinturón. No mi verdad, no su verdad, simplemente la verdad. Ponernos el cinturón de la armadura de Dios implica aceptar la existencia de una verdad universal, indiscutible e inmutable. Implica buscar e incorporar esa verdad en todo aspecto de nuestra identidad y permitir que defina nuestro habitus atque habitude —permitir que cambie la forma en que andamos y nos movemos.

El cinturón militar facilitaba identificar a un soldado romano (en servicio o fuera de servicio) en una multitud. Desde su sonido particular hasta su peso (que cambiaba la postura de su dueño) y sus complejos elementos visuales, el cinturón de un soldado era una forma de decirle al mundo: “Éste soy yo”.

La verdad debe ser lo mismo para un cristiano del ejército de Dios. Debe ser una parte tan integral y definitiva de lo que somos que nos identifique como seguidores de Jesucristo. Dios desea “la verdad en lo íntimo” (Salmos 51:6), y nosotros también deberíamos.

Tal vez por eso Pablo comienza con el cinturón de la verdad —porque usarlo es una afirmación de quiénes somos, lo que creemos y a quién seguimos. Jesús les dijo a sus discípulos: “Si vosotros permaneciereis en mi palabra, seréis verdaderamente mis discípulos; y conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres” (Juan 8:31-32). Y cuando oró a Dios el Padre para pedirle por esos mismos discípulos, dijo, “No son del mundo, como tampoco yo soy del mundo. Santifícalos en tu verdad; tu palabra es verdad” (Juan 17:16-17, énfasis añadido).

Si queremos entender las verdades fundamentales y objetivas del universo, no hay mejor lugar a dónde ir que a las palabras del Creador. Mientras más interactuamos con la Biblia a través de la oración y el estudio, más nos ayudará Dios a entender qué es la verdad y qué no, y cómo entender la diferencia.

Uno de los salmistas le dijo a Dios: “Lámpara es a mis pies tu palabra, y lumbrera a mi camino” (Salmos 119:105). Siglos después, el apóstol Pablo hizo referencia a esta analogía diciendo: “Y ésta es la condenación: que la luz vino al mundo, y los hombres amaron más las tinieblas que la luz, porque sus obras eran malas. Porque todo aquel que hace lo malo, aborrece la luz y no viene a la luz, para que sus obras no sean reprendidas. Mas el que practica la verdad viene a la luz, para que sea manifiesto que sus obras son hechas en Dios” (Juan 3:19-21, énfasis añadido).

La Palabra de Dios es luz y verdad; expone el mal y nos brinda un marco de referencia en tiempos de crisis. El adversario nos atacará con mentiras, engaños y distracciones astutas. Para enfrentarlo, el amor a la verdad debe ser una parte fundamental de nuestra identidad.

Debemos hacer de la verdad nuestro cinturón.

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