Ningún soldado que se respete a sí mismo espera terminar una guerra en una sola batalla.
Con pocas excepciones, las guerras tienden a ser campañas extensas. Una batalla aquí, un enfrentamiento por allá; tropas que se mueven de un lugar a otro, compitiendo por el control de puntos estratégicos, usando maniobras tácticas o resguardándose para soportar un ataque enemigo. Cada batalla contribuye al resultado final de la guerra, pero pocas batallas terminan una guerra definitivamente.
Cada uno de nosotros debe estar preparado para “[sufrir] penalidades como buen soldado de Jesucristo” (2 Timoteo 2:3). Ésta es una campaña larga —para toda la vida— y habrá muchas, muchas batallas en el camino.
Pablo lo sabía mejor que la mayoría. Antes de describir las piezas de la armadura de Dios, el apóstol habló de por qué la necesitamos en primer lugar: “Por tanto, tomad toda la armadura de Dios, para que podáis resistir en el día malo, y habiendo acabado todo, estar firmes” (Efesios 6:13).
Hablamos de esto cuando analizamos las sandalias. “El día malo” suena como un evento puntual. Nos preparamos para la llegada de ese día, lo soportamos y salimos victoriosos. Sin embargo, en griego, “El artículo definido en esta frase no aísla una situación singular, sino que denota ocasiones distintas de una misma clase” (Cambridge Bible for Schools and Colleges [Biblia de Cambridge para escuelas y universidades] acerca de Efesios 6:13).
En otras palabras: los días malos pueden ocurrir más de una vez. Pueden ocurrir constantemente, lo cual no es una gran sorpresa; lo sabemos por experiencia y por los relatos bíblicos.
Tras fracasar en su encuentro con Jesús, Satanás “lo dejó hasta otra oportunidad” (Lucas 4:13, Nueva Versión Internacional). La clave aquí es “hasta otra oportunidad”. Así es como Satanás trabaja: no se rinde tras un ataque fallido; sino que se retira, se reorganiza y después regresa para volver a intentarlo. Y cuando esos días malos llegan, nosotros tomamos toda la armadura de Dios, sabiendo que Él nos ha equipado para permanecer firmes y hacer huir al enemigo.
Pero no todos los días son “días malos”.
Es cierto que debemos usar la armadura todos los días. Nunca podemos bajar la guardia.
Pero no todos los días nos vemos en la necesidad de enfrentar un ataque de Satanás. No todos los días tenemos que dar el 110 por ciento.
Cuando Pablo escribió “habiendo acabado todo, estar firmes”, usó un verbo que significa “terminar el trabajo” o “haber terminado”. Esto implica que, al final de un ataque, los soldados que permanecen firmes lo han dado todo para cumplir con los requerimientos de esos momentos difíciles.
Qué agotador.
Esas palabras nos recuerdan algo que es fácil olvidar cuando hablamos de la armadura de Dios: en esta guerra, es fácil agotarnos.
A veces, lo más agotador no serán las batallas, sino los momentos entre batallas. La recuperación, los momentos en que la adrenalina sale de nuestro sistema y nos sentimos al borde del colapso.
El profeta Elías sintió ese agotamiento. En el Monte Carmelo, había puesto en evidencia y vencido a 450 falsos profetas. La multitud que lo observaba fue testigo del fuego que Dios envió del cielo cuando Elías lo pidió. Todos cayeron al suelo reconociendo “¡El Eterno es el Dios, el Eterno es el Dios!” (1 Reyes 18:39). Los profetas falsos fueron ejecutados y Dios puso fin a la extendida sequía de Israel. Éste fue un momento determinante en la vida de Elías como profeta.
Pero cuando la reina Jezabel supo que sus falsos profetas estaban muertos, envió “a Elías un mensajero, diciendo: Así me hagan los dioses, y aun me añadan, si mañana a estas horas yo no he puesto tu persona como la de uno de ellos. Viendo, pues, el peligro, se levantó y se fue para salvar su vida” (1 Reyes 19:2-3).
Elías estaba cansado. A pesar de su reciente triunfo, entró en pánico y huyó. Luego colapsó bajo un árbol y le rogó a Dios que lo dejara morir: “Basta ya, oh Eterno, quítame la vida, pues no soy yo mejor que mis padres” (v. 4). Cuando Dios le preguntó por qué había huido, Elías le explicó que había “sentido un vivo celo por el Eterno Dios de los ejércitos” (v. 14), pero ahora se sentía solo y atemorizado. Cuando su celo cedió, esto le dio paso al agotamiento y la desesperanza.
Pablo no escribió acerca del celo como un componente de la armadura de Dios; pero Isaías sí.
El pueblo de Isaías estaba en bancarrota moral. Cuando estudiamos el cinturón de la verdad, leímos acerca del triste estado de su nación: “el derecho se retiró, y la justicia se puso lejos; porque la verdad tropezó en la plaza, y la equidad no pudo venir” (Isaías 59:14).
En consecuencia, Dios actuó: “lo vio el Eterno, y desagradó a sus ojos, porque pereció el derecho. Y vio que no había hombre, y se maravilló que no hubiera quien se interpusiese; y lo salvó su brazo, y le afirmó su misma justicia. Pues de justicia se vistió como de una coraza, con yelmo de salvación en su cabeza; tomó ropas de venganza por vestidura, y se cubrió de celo como de manto” (Isaías 59:15-17).
Al igual que Pablo, Isaías describe la armadura de Dios. Pero esta vez, la armadura no sólo proviene de Él, sino que Él la usa para la batalla. La coraza de justicia y el yelmo de la salvación están presentes, y es muy claro de dónde provienen. Lo salvó su brazo y le afirmó su misma justicia. Dios es la fuente exclusiva de estas cosas. Nosotros las usamos para las batallas, pero funcionan porque Dios las hizo para nosotros.
También se mencionan otros dos componentes de la armadura espiritual: ropas de venganza y un manto de celo. Las ropas, por supuesto, no son para nosotros. Dios las reclama expresamente para sí cuando dice: “Mía es la venganza, yo pagaré” (Romanos 12:19). No es nuestro trabajo asegurarnos de que otros reciban retribución por las cosas malas que han hecho. Dios promete encargarse de eso, en el momento y de la manera correctos, extendiendo la cantidad correcta de misericordia.
El manto del celo, sin embargo, es otra historia. El celo es para nosotros —y no sólo se nos permite tenerlo, sino que debemos tenerlo.
No todas las clases de celo son iguales. A veces, el celo puede ser algo peligroso. De hecho, la palabra griega traducida como celo, zelos, denota un sentido de pasión o sentimiento poderoso. La palabra imita el sonido del agua hirviendo porque el celo es una emoción vehemente, y las emociones vehementes pueden o meternos en problemas o darnos un sentido de propósito y dirección.
Pablo reconoció que muchos de sus contemporáneos tenían “celo de Dios, pero no conforme a ciencia” (Romanos 10:2). Su celo los llevó a crucificar al Hijo de Dios y perseguir a su Iglesia. Pablo también les advirtió a los gálatas acerca de falsos maestros que “Tienen celo por vosotros, pero no para bien, sino que quieren apartaros de nosotros para que vosotros tengáis celo por ellos” (Gálatas 4:17).
Por otro lado, cuando Jesucristo echó a los comerciantes del templo, los discípulos recordaron una profecía del Antiguo Testamento que decía: “El celo de tu casa me consume” (Juan 2:17). Pablo le dijo a Tito que Dios nos apartó para ser “[celosos] de buenas obras” (Tito 2:14); y les dijo a los gálatas que “Bueno es mostrar celo en lo bueno siempre” (Gálatas 4:18).
El celo —la pasión, el sentimiento intenso— es bueno... cuando está dirigido en la dirección correcta. Nos da el empujón que necesitamos para llegar a donde debemos ir.
Entonces, ¿hacia dónde se dirige usted?
¿En qué está puesto su celo?
Jesús dijo que “donde esté vuestro tesoro, allí estará también vuestro corazón” (Mateo 6:21). ¿Qué atesora usted? ¿Qué es lo más importante en su vida?
Ahí es donde se encuentra su corazón. Y ahí es donde está su celo. Eso es lo que le apasiona; lo que lo motiva e incentiva en tiempos difíciles.
Como siempre, nuestro Hermano mayor nos dejó el ejemplo perfecto. Jesús era “consumido” por su celo hacia la casa de Dios. ¿Lo somos nosotros? ¿Lo es usted? ¿Lo soy yo? ¿Es ésa la pasión que lo mueve? ¿Es la casa de Dios lo más importante en nuestra vida?
Si no lo es, algo más tomará su lugar —y el desafío de todas las batallas que nos esperan será cada vez más agotador.
Los soldados romanos también usaban un manto que tenía una función vital en sus campañas.
Varias funciones, en realidad. Estaba hecho de una lana pesada sin lavar, lo que le permitía el beneficio obvio de proveer abrigo en los días fríos. Pero la lana era más que gruesa: sus aceites naturales la hacían prácticamente impermeable. Así que cuando llegaban las lluvias, ese manto ayudaba a evitar que los soldados se empaparan o enfermaran.
Además cumplía otro propósito. Los soldados no se iban a casa después de una batalla. Una campaña podía durar meses e incluso años, generalmente lejos de toda clase de refugio o cama permanentes. Entonces, a menudo el manto se convertía en un saco de dormir improvisado —una manta grande capaz de retener el calor y aliviar en cierto grado la incomodidad del suelo rocoso.
El manto no era una herramienta ofensiva o defensiva. No tenía ninguna función durante la batalla, pero es innegable que un soldado con frío, mojado y agotado no peleará tan bien como uno que esté bien abrigado, seco y descansado.
Nuestro manto —el manto del celo— funciona con este mismo principio. En medio de la batalla espiritual, es fácil mantenernos enfocados y conscientes de lo que está en juego. El agotamiento, la distracción, la fatiga, la duda y el miedo son cosas que a menudo se nos presentan entre batallas, cuando tenemos tiempo para respirar y pensar.
Y es en esos momentos cuando el manto del celo hace su mejor trabajo.
Pablo no mencionó el manto específicamente, pero sí habló acerca de sus efectos. Él era un hombre que sabía lo que significaba ser golpeado (literal y figurativamente) durante una batalla espiritual: “De los judíos cinco veces he recibido cuarenta azotes menos uno. Tres veces he sido azotado con varas; una vez apedreado; tres veces he padecido naufragio; una noche y un día he estado como náufrago en alta mar; en caminos muchas veces; en peligros de ríos, peligros de ladrones, peligros de los de mi nación, peligros de los gentiles, peligros en la ciudad, peligros en el desierto, peligros en el mar, peligros entre falsos hermanos; en trabajo y fatiga, en muchos desvelos, en hambre y sed, en muchos ayunos, en frío y en desnudez; y además de otras cosas, lo que sobre mí se agolpa cada día, la preocupación por todas las iglesias” (2 Corintios 11:24-28).
Durante todas esas dificultades, Pablo mantuvo su enfoque y su celo. El hombre que experimentó estas cosas también fue quien escribió: “No que lo haya alcanzado ya, ni que ya sea perfecto; sino que prosigo, por ver si logro asir aquello para lo cual fui también asido por Cristo Jesús. Hermanos, yo mismo no pretendo haberlo ya alcanzado; pero una cosa hago: olvidando ciertamente lo que queda atrás, y extendiéndome a lo que está delante, prosigo a la meta, al premio del supremo llamamiento de Dios en Cristo Jesús” (Filipenses 3:12-14).
Pablo enfrentó más batallas espirituales de las que la mayoría de nosotros podemos imaginar. Y entre esas batallas, tuvo muchas oportunidades de permitir que el cansancio, el esfuerzo y la falta de sueño lo convencieran de abandonar su lugar y dejar atrás la guerra.
Pero perseveró gracias a su celo.
Perseveró gracias a su celo por la casa de Dios. Perseveró porque estaba decidido a “asir aquello para lo cual fui también asido por Cristo”. No importaba quién lo traicionara o persiguiera. No importaba cuán lejos tuviera que viajar, qué acusaciones tuviera que enfrentar o de qué comodidades careciera. Pablo se dirigía al Reino de Dios, “al premio del supremo llamamiento”, y nada —nada— podía disuadirlo de su meta.
La historia de Elías no terminó cuando huyó de Jezabel. En la cumbre de una montaña en el desierto, Dios ayudó al profeta a reenfocarse en su propósito y misión, y luego lo envió otra vez con un trabajo que hacer (1 Reyes 19:15-18). Siglos después, cuando Jesús se transfiguró delante de los discípulos, fue Elías quien apareció junto a Jesús y Moisés (Mateo 17:1-8). Esto no fue un error. Elías no falló en el Monte Carmelo. Simplemente vaciló. Había tenido celo por Dios y, con la ayuda de Dios, recuperó ese celo.
Ése es el poder del manto: nos mantiene abrigados durante los vientos helados de las pruebas difíciles. Nos mantiene secos cuando llegan las lluvias y empapan nuestras expectativas. Y cuando nos encontramos exhaustos y agotados, nos ofrece las promesas de Dios como un refugio para descansar y recargar energías antes de la siguiente batalla.
Pablo estaba en lo cierto: como buenos soldados de Jesucristo, debemos estar preparados para enfrentar dificultades.
El manto del celo hace eso posible.