Viaje La armadura de Dios

Avance, soldado cristiano

¿Qué hemos aprendido en este viaje?

La armadura de Dios tiene muchas facetas. La verdad. La justicia. El evangelio de la paz. La fe. La salvación. La Palabra de Dios.

Cada uno de estos elementos tiene un papel vital en nuestra protección contra las estratagemas de nuestro adversario. Ignorar o descuidar cualquier parte de la armadura nos dejaría vulnerables ante una catástrofe. Pero cuando estamos bien equipados, esa misma armadura nos brinda todo lo necesario para mantenernos firmes al enfrentamos a los seres más perversos y maliciosos del universo —todo lo necesario para hacer que Satanás y sus demonios se retiren.

Habrá muchas batallas, muchos “días malos”, mientras esperamos el regreso de Jesucristo. Pero nuestro celo, nuestro anhelo ardiente por entrar en el Reino de Dios, nos ayudará a permanecer enfocados cuando las olas sucesivas de los días malos nos hagan sentir exhaustos e incapaces.

No estamos peleando solos, sino junto a una cohorte de creyentes fieles. Tenemos el privilegio y la responsabilidad de cuidarnos unos a otros en el campo de batalla, y esa interconexión nos hace más fuertes y efectivos de lo que podríamos ser por nosotros mismos. Mantener una línea de comunicación constante con nuestro Comandante, además nos facilita reconocer sus órdenes en el campo de batalla y evita que confiemos en nuestra propia (a menudo equivocada) intuición.

Pero hay algo de lo que no hemos hablado mucho:

La derrota.

Tener las herramientas para vencer, y vencer, son cosas muy diferentes. ¿Qué sucede cuando algo sale mal? ¿Qué sucede cuando usted hace algo mal? ¿Se pierde toda esperanza? ¿Es inevitable la derrota?

Para nada.

Como muchos otros aspectos de la vida cristiana, usar la armadura de Dios no se trata de perfección. Ninguno de nosotros es perfecto, lo que implica que vamos a fallar. En algún momento, usted mismo hará que sea vulnerable a los ataques del enemigo. Tomará malas decisiones, será herido y herirá a otros.

Pero nada de eso lo descalifica para ser un soldado de Jesucristo. Nada de eso lo condena a ser derrotado por Satanás.

Nada de eso le impide alcanzar su meta final.

Ésta es una verdad importante acerca de la guerra que libramos: “siete veces cae el justo, y vuelve a levantarse; mas los impíos caerán en el mal” (Proverbios 24:16).

Lo que nos descalifica, nos condena, nos impide alcanzar la meta, es una decisión: la decisión de no levantarnos y seguir caídos. La decisión de dejar la batalla, dejar de luchar, dejar de arrepentirnos, dejar de intentar.

Ésa es nuestra derrota. Ésa es la única manera en que Satanás puede vencernos: si dejamos a un lado la armadura de Dios. Si nosotros decidimos que no vale la pena luchar. No perdemos cuando nos caemos; perdemos cuando decidimos que no vale la pena volver a levantarnos.

Es fácil ver a Pablo como un superhéroe espiritual que, una vez llamado por Dios, nunca cometió errores. Pero Pablo mismo les dijo a los romanos: “lo que hago, no lo entiendo; pues no hago lo que quiero, sino lo que aborrezco, eso hago... Así que, queriendo yo hacer el bien, hallo esta ley: que el mal está en mí” (Romanos 7:15, 21).

Éstas no son palabras de Pablo el Perfecto, sino de Pablo el Imperfecto, Pablo en Apuros, Pablo el Frustrado —Pablo el Humano. Todos los cristianos, sin importar su edad, experiencia o estatus, comprenden la intensa emoción detrás de estas palabras. Quiero hacer lo correcto, estaba diciendo, pero eso no siempre evita que haga lo contrario.

El apóstol quería llegar a una conclusión: “¡Miserable de mí! ¿Quién me librará de este cuerpo de muerte? Gracias doy a Dios, por Jesucristo Señor nuestro. Así que, yo mismo con la mente sirvo a la ley de Dios, mas con la carne a la ley del pecado” (vv. 24-25).

El capítulo termina ahí, pero no la idea: “Ahora, pues, ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús, los que no andan conforme a la carne, sino conforme al Espíritu” (Romanos 8:1).

Ninguna condenación. No somos condenados a la muerte eterna cada vez que caemos en la batalla.

¿Por qué?

“Porque lo que era imposible para la ley, por cuanto era débil por la carne, Dios, enviando a su Hijo en semejanza de carne de pecado y a causa del pecado, condenó al pecado en la carne; para que la justicia de la ley se cumpliese en nosotros, que no andamos conforme a la carne, sino conforme al Espíritu” (vv. 3-4).

La ley de Dios no nos libra de las consecuencias de nuestros pecados. No fue diseñada para eso. Puede guiarnos y reprobarnos, mostrarnos en qué hemos fallado para alcanzar los estándares perfectos de Dios.

Pero mire su armadura. No está usando su propia justicia, ¿verdad? Está usando “la que es por la fe de Cristo, la justicia que es de Dios por la fe; a fin de conocerle, y el poder de su resurrección, y la participación de sus padecimientos, llegando a ser semejante a él en su muerte, si en alguna manera llegase a la resurrección de entre los muertos” (Filipenses 3:9-11).

Usa el casco de la salvación, la promesa de que Dios eventualmente lo librará de esta vida temporal para darle una eterna. Y tiene acceso a esa salvación por la coraza de la justicia —no la suya, sino la de Dios, que le es atribuida por la fe que es su escudo. Su fe se sostiene en el evangelio de la paz, el calzado que lo mantiene firme en el campo de batalla. La verdad —no su verdad personal ni la verdad del mundo, sino la irrefutable e indiscutible verdad de Dios que sostiene el universo— es su identidad y su cinturón.

Equipado con todas estas cosas, sostiene la Palabra de Dios, la espada de Espíritu, sabiendo que ya no anda conforme a la carne, sino conforme al Espíritu del Dios todopoderoso.

Ahora, pues, ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús, los que no andan conforme a la carne, sino conforme al Espíritu”.

La armadura de Dios proviene de Dios y se nos da para que podamos enfrentar las artimañas del diablo en el día malo que se interpone entre nosotros y el Reino. Nuestras debilidades no le restan grandeza a la armadura. Y cuando fallemos —porque fallaremos— nuestro arrepentimiento y la infinita misericordia de Dios nos permitirán levantarnos otra vez, ya sea por séptima o millonésima vez, para seguir peleando la buena batalla de la fe.

“¿Qué, pues, diremos a esto? Si Dios es por nosotros, ¿quién contra nosotros? El que no escatimó ni a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará también con él todas las cosas? ¿Quién acusará a los escogidos de Dios? Dios es el que justifica. ¿Quién es el que condenará? Cristo es el que murió; más aun, el que también resucitó, el que además está a la diestra de Dios, el que también intercede por nosotros. ¿Quién nos separará del amor de Cristo?

¿Tribulación, o angustia, o persecución, o hambre, o desnudez, o peligro, o espada? Como está escrito:

“Por causa de ti somos muertos todo el tiempo; somos contados como ovejas de matadero. Antes, en todas estas cosas somos más que vencedores por medio de aquel que nos amó. Por lo cual estoy seguro de que ni la muerte, ni la vida, ni ángeles, ni principados, ni potestades, ni lo presente, ni lo por venir, ni lo alto, ni lo profundo, ni ninguna otra cosa creada nos podrá separar del amor de Dios, que es en Cristo Jesús Señor nuestro” (Romanos 8:31-39).

La muerte y la vida son cosas creadas. Cada obstáculo que usted enfrenta es una cosa creada. Satanás el diablo, el mayor enemigo del pueblo de Dios, es una cosa creada. Y nada de eso —nada— puede separarnos del amor de nuestro Dios.

Así que: avance, soldado cristiano. No permita que su desempeño en una sola batalla le haga perder la perspectiva correcta.

Tiene una guerra que ganar.

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