Viaje La armadura de Dios

El escudo de la fe

Con 1,2 metros de alto y 70 centímetros de ancho, el scutum romano parecía más una pared portátil que un escudo. Su resistente estructura de madera y cuero le permitían soportar una gran paliza. Y el domo de metal en su centro desviaba los ataques del enemigo y al mismo tiempo le hacía perder el equilibrio.

Ése era el escudo que Pablo tenía en mente cuando escribió: “Sobre todo, tomad el escudo de la fe, con que podáis apagar todos los dardos de fuego del maligno” (Efesios 6:16). Hay mucho de qué hablar en este solo versículo, así que lo analizaremos frase por frase.

En primer lugar, Pablo comienza con un término griego que significa “encima de todo”, “basándose en lo anterior”, “además de”. No estaba diciendo que el escudo de la fe es la parte más importante de la armadura de Dios. Sólo nos estaba recordando que, tras ponernos el cinturón, la coraza y los zapatos, debemos agregar el escudo. Este escudo no es la parte principal de la armadura de Dios, pero sí tiene un papel invaluable que no podemos ignorar.

Nuestro escudo es “la certeza de lo que se espera, la convicción de lo que no se ve” (Hebreos 11:1).

La fe puede parecer un concepto complicado, pero es la esencia de lo que significa ser cristianos. El libro de Hebreos nos da una pista: es una certeza. Evidencia. Una forma de ver lo invisible, de tocar lo intangible.

Unos versículos más adelante encontramos otra pista: “sin fe es imposible agradar a Dios; porque es necesario que el que se acerca a Dios crea que le hay, y que es galardonador de los que le buscan” (v. 6).

Pero creer es sólo una parte. Santiago nos advierte que “También los demonios creen, y tiemblan” (Santiago 2:19). Creer en Dios no es lo mismo que tener fe en Él. Tener fe es permitir que nuestras creencias guíen nuestras acciones: “¿Mas quieres saber, hombre vano, que la fe sin obras es muerta?” (v. 20).

No “menos útil”. No “débil”.

Muerta.

Para tomar el escudo de la fe, primero debemos creer que Dios existe y es fiel a su Palabra (“es galardonador de los que le buscan”). A su vez, esa convicción debe tener un impacto evidente en nuestra forma de ser y vivir.

Pablo dijo que “por fe andamos, no por vista” (2 Corintios 5:7). Confiar en Dios significa obedecer sus mandamientos y seguir su dirección, incluso (o tal vez especialmente) cuando nuestro razonamiento humano sugiere un curso de acción diferente. La fe nos recuerda que Dios está en su trono, viéndolo todo, sabiéndolo todo y listo para mover montañas en favor de su pueblo (Mateo 17:20-21).

Antes de su dramática muerte, Jesús les dijo a sus discípulos: “Estas cosas os he hablado para que en mí tengáis paz. En el mundo tendréis aflicción; pero confiad, yo he vencido al mundo” (Juan 16:33, énfasis añadido).

Fue el apóstol Juan quien registró estas palabras, que sin duda quedaron grabadas en su corazón, porque décadas después escribió: “este es el amor a Dios, que guardemos sus mandamientos; y sus mandamientos no son gravosos. Porque todo lo que es nacido de Dios vence al mundo; y esta es la victoria que ha vencido al mundo, nuestra fe. ¿Quién es el que vence al mundo, sino el que cree que Jesús es el Hijo de Dios?” (1 Juan 5:3-5, énfasis añadido).

La combinación de estos dos pasajes nos recuerda algo muy importante:

Dios no nos ha dado un escudo de fe que implique que “nada malo me sucederá jamás” o un escudo de fe “en que las cosas siempre saldrán como yo espero”. Aunque todos preferiríamos tener una vida sin problemas en la que Dios responda nuestras oraciones de la forma y en el momento que nosotros queremos, no es así como la fe funciona.

Nos han dicho que tendremos problemas. Estamos en un campo de batalla. Usar el escudo de la fe significa creer que el Dios que nos ha prometido la victoria nos llevará a ella, sin importar lo que tengamos que afrontar en el camino. Esa fe se convierte en nuestro escudo, nuestra protección espiritual para soportar los ataques del enemigo.

El escudo no es la única pieza de la armadura que sirve para desviar los ataques enemigos, pero es la primera pieza que lo hace. El casco y la coraza nos protegen, sí, pero en una situación ideal, el escudo detiene los ataques antes de que lleguen a la cabeza o el corazón.

De la misma forma, el propósito de la fe es detener la mayor parte de las embestidas enemigas, lo cual ciertamente se aplica, ya que “[nuestro] adversario el diablo, como león rugiente, anda alrededor buscando a quien devorar” (1 Pedro 5:8). Nuestro trabajo es “[resistir] firmes en la fe” (v. 9).

Pablo identifica la principal arma de Satanás como “dardos de fuego” —proyectiles con la capacidad de incendiar y quemar sus objetivos. “Porque la maldad se encendió como fuego, cardos y espinos devorará; y se encenderá en lo espeso del bosque, y serán alzados como remolinos de humo” (Isaías 9:18).

Los dardos de Satanás son tentaciones para hacer el mal, para hacer cosas que Dios prohíbe hacer y buscar cosas que Dios prohíbe buscar. Y, la mayoría de las veces, la maldad empieza con algo pequeño, una chispa que quema arbustos y espinos. Pero no pasa mucho tiempo antes de que ese fuego sea lo suficientemente grande como para consumir un bosque entero. Santiago, hablando acerca del daño que podemos causar sólo con nuestras palabras, escribió “la lengua es un miembro pequeño, pero se jacta de grandes cosas. He aquí, ¡cuán grande bosque enciende un pequeño fuego!” (Santiago 3:5).

Cuando comenzamos a perder la fe en Dios y en su capacidad para llevar a cabo su plan; o cuando, como Adán y Eva en el jardín, dudamos de que lo que Dios plantea sea lo mejor, le damos a Satanás la oportunidad de atacarnos con dudas y tentaciones. Pero, cuando sostenemos nuestro escudo en alto, esas tentaciones pierden su poder. ¿Por qué seguiríamos las mentiras autodestructivas de Satanás cuando tenemos la mirada puesta en las promesas de Dios?

Es por eso que, cuando leemos acerca de los héroes de la fe, encontramos historias como ésta:

“Por la fe Moisés, hecho ya grande, rehusó llamarse hijo de la hija de Faraón, escogiendo antes ser maltratado con el pueblo de Dios, que gozar de los deleites temporales del pecado, teniendo por mayores riquezas el vituperio de Cristo que los tesoros de los egipcios; porque tenía puesta la mirada en el galardón” (Hebreos 11:24-26).

Moisés tenía el escudo de la fe. Cuando Satanás le ofreció la oportunidad de seguir viviendo como un príncipe en Egipto (de “gozar de los deleites temporales del pecado” como parte de la familia real), él escogió sufrir junto al pueblo de Dios.

Puso su mirada en la recompensa. Tuvo fe en Dios y sus promesas. Y Moisés no fue el único; muchos como él han peleado la batalla antes que nosotros: “Conforme a la fe murieron todos éstos sin haber recibido lo prometido, sino mirándolo de lejos, y creyéndolo, y saludándolo, y confesando que eran extranjeros y peregrinos sobre la tierra... Pero anhelaban una mejor, esto es, celestial; por lo cual Dios no se avergüenza de llamarse Dios de ellos; porque les ha preparado una ciudad” (Hebreos 11:13, 16).

Una ciudad. Un Reino. Ayer aprendimos que el evangelio de la paz nos dispone para la batalla. Hoy recordamos que nuestra fe en ese evangelio —y lo que es más importante, en el Dios que nos lo revela— nos protege de los dardos del maligno.

Pero eso no es todo lo que hace.

Generalmente hablamos de los escudos como armas de defensa, y lo son. Por supuesto. Pero si usamos el escudo de la fe exclusivamente para defendernos, no estamos sacando provecho de todo su potencial.

El scutum romano de 1,2 metros de alto era excelente para detener golpes, pero, si se usaba la fuerza necesaria, un soldado también podía usarlo para arrasar a un oponente distraído. El scutum era prácticamente una pared, y cuando una pared se dirige hacia ti a toda velocidad, no te quedan muchas opciones tácticas. Puedes moverte o ser movido.

Santiago nos dice: “resistid al diablo, y huirá de vosotros” (Santiago 4:7). La palabra que usa para “resistir”1 implica una oposición activa. Mantenernos firmes contra el enemigo no sólo se trata de plantar nuestros pies en el suelo, sino de plantar nuestros pies y avanzar para hacer retroceder al enemigo.

Nuestro escudo no existe para que nos escondamos tras él hasta que el enemigo se canse y se vaya. Está ahí para interrumpir sus ataques y forzarlo a estar a la defensiva o retirarse por completo.

“Estamos atribulados en todo, mas no angustiados; en apuros, mas no desesperados; perseguidos, mas no desamparados; derribados, pero no destruidos” (2 Corintios 4:8-9). Así es nuestra batalla. Pero cuando el enemigo nos tiene acorralados, la fe nos abre un camino: “porque de cierto os digo, que si tuviereis fe como un grano de mostaza, diréis a este monte: Pásate de aquí allá, y se pasará; y nada os será imposible” (Mateo 17:20).

Recuerde a quién sirve.

Recuerde por qué pelea.

Sobre todo, tome el escudo de la fe.

1 HELPS Word-Studies explica que “(anthistemi) era un término militar usado en el griego clásico (usado por Tucídides, etcétera) que significa ‘resistir fuertemente a un oponente’ (‘tomar una fuerte postura contra’)”. Resistir por naturaleza requiere ejercer fuerza contraria. Cuando un objeto no ejerce fuerza contra otra fuerza oponente, no se queda en su posición, se cae.

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