Viaje La armadura de Dios

La coraza de justicia

Hay muchas maneras de diseñar una coraza y, a través de la historia, diferentes civilizaciones han experimentado con toda clase de variaciones. Hoy en día, los soldados usan chalecos antibalas. Pero en el siglo XI a.C., los guerreros chinos se protegían con capas de piel de rinoceronte. Desde entonces, los ejércitos han usado corazas de cuero reforzado y de varios metales en forma de anillos, escamas y placas, e incluso tejidos.

Una de las corazas más populares en el tiempo de Pablo era lo que se conocía como lorica segmentata —una “coraza segmentada”. La cual estaba conformada por varias capas de bandas de hierro para proteger a los soldados de golpes punzantes y fulminantes, pero a la vez permitía algo de flexibilidad. Es muy posible que Pablo tuviera la segmentata en mente cuando estaba escribiendo acerca de la armadura de Dios.

Pero eso en realidad no es importante. Aunque las corazas se han hecho de muchas formas a lo largo de la historia, todas sus variaciones comparten una misma función:

Proteger el torso.

Si usted fuera un soldado del primer siglo en un campo de batalla del primer siglo, lleno de espadas de doble filo, flechas punzantes y jabalinas bien afiladas, sería imposible evitar todos esos peligros indefinidamente. En algún momento, algún objeto con filo lo golpearía.

¿Qué ocurriría entonces?

Pues todo depende de si está usando su armadura. Una coraza adecuada puede transformar lo que normalmente sería un golpe fulminante en nada más que un moretón. Y, en medio de una batalla por su vida, eso es lo más importante que podría pedir.

Pero la fortaleza de una coraza depende del material del que está hecha. En nuestra batalla “contra los gobernadores de las tinieblas de este siglo” y “huestes espirituales de maldad en las regiones celestes” (Efesios 6:12), Dios no nos da una coraza de telas tejidas, o cuero reforzado o hierro templado. En cambio, nos da una pieza de armadura infinitamente más útil contra las fuerzas del pecado y la maldad:

La coraza de justicia.

Justicia no es una palabra complicada. Ser justo es hacer lo correcto: tener valores, hacer las cosas correctas, con ética; estar libre de maldad, estar justificado. Somos justos cuando nuestras acciones y pensamientos están en sintonía con Dios, su Palabra y su ley. Somos injustos cuando no.

Moisés entendía esto cuando les recordó a los israelitas: “nos mandó el Eterno que cumplamos todos estos estatutos, y que temamos al Eterno nuestro Dios, para que nos vaya bien todos los días, y para que nos conserve la vida, como hasta hoy. Y tendremos justicia cuando cuidemos de poner por obra todos estos mandamientos delante del Eterno nuestro Dios, como él nos ha mandado” (Deuteronomio 6:24-25).

Un salmista expresó lo mismo con un lenguaje más poético: “Mis labios rebosarán alabanza cuando me enseñes tus estatutos. Hablará mi lengua tus dichos, porque todos tus mandamientos son justicia” (Salmos 119:171-172).

La justicia y la impiedad a menudo se presentan en la Biblia como dos extremos del mismo espectro. “Habéis arado impiedad”, les dijo Oseas a sus compatriotas, “y segasteis iniquidad; comeréis fruto de mentira, porque confiaste en tu camino y en la multitud de tus valientes” (Oseas 10:13).

Habrían podido evitar todo eso si en cambio hubieran elegido “[sembrar] para vosotros en justicia, [segar] para vosotros en misericordia; [hacer] para vosotros barbecho; porque es el tiempo de buscar al Eterno, hasta que venga y os enseñe justicia” (v. 12).

Pablo preguntó: “¿qué compañerismo tiene la justicia con la injusticia? ¿Y qué comunión la luz con las tinieblas?” (2 Corintios 6:14). La justicia y la impiedad (la injusticia) son diametralmente opuestos; no pueden existir en el mismo lugar, así como no puede haber oscuridad donde hay luz. Para defendernos de la impiedad y la injusticia de las fuerzas del mal, debemos tomar la justicia como una coraza y protegernos de los pecados y las tentaciones que podrían fácilmente destruirnos como soldados del Dios Altísimo.

Pero aquí es donde el concepto de justicia comienza a volverse confuso.

Cualquier cristiano honesto sería el primero en admitir que su propia justicia puede ser... inconsistente en el mejor de los casos. Y en el campo de batalla, donde nos jugamos la vida, la inconsistencia está lejos de ser aceptable.

Ésa es la verdad. No somos perfectos: nos equivocamos, hacemos tonterías, somos transigentes con nuestra propia justica y cedemos a la tentación, haciéndonos vulnerables a los peores ataques de Satanás.

En su carta a los romanos, Pablo pasó mucho tiempo hablando de la justicia y el problema de nuestras debilidades. El apóstol entendía que la ley de Dios funciona como una vara de medir: nos muestra en qué nos quedamos cortos, pero no nos dice cómo compensar la diferencia. Ninguna obediencia futura puede borrar la desobediencia pasada.

“...por las obras de la ley ningún ser humano será justificado delante de él; porque por medio de la ley es el conocimiento del pecado... Porque no hay diferencia, por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios” (Romanos 3:20, 22-23).

Afortunadamente, Pablo no sólo describió nuestro problema, sino también la solución. La ley sólo puede mostrarnos nuestras imperfecciones, pero el sacrificio de Cristo nos permite hacer algo al respecto: “Porque lo que era imposible para la ley, por cuanto era débil por la carne, Dios, enviando a su Hijo en semejanza de carne de pecado y a causa del pecado, condenó al pecado en la carne; para que la justicia de la ley se cumpliese en nosotros, que no andamos conforme a la carne, sino conforme al Espíritu” (Romanos 8:3-4).

Jesucristo obedeció la ley a la perfección y tuvo éxito en lo que todos hemos fallado. Eso le permitió convertirse en un sacrificio perfecto y sin mancha. Y cuando nosotros aceptamos este sacrificio, tenemos acceso a lo que Pablo llama el “don de la justicia” (Romanos 5:17) —la justicia de Cristo atribuida a nosotros (Romanos 4:6). Todo esto entra en el concepto de la gracia: es un regalo que no merecemos (ni podríamos merecer) y Dios nos lo da no porque nosotros seamos buenos, sino por su bondad.

Pero ese don conlleva una responsabilidad. Un deber. “¿Qué, pues? ¿Pecaremos, porque no estamos bajo la ley, sino bajo la gracia?” (Romanos 6:15). ¿Acaso tener acceso al perdón, la gracia y la justicia de Cristo nos da licencia para ignorar la ley de Dios y vivir como nos plazca?

En ninguna manera. ¿No sabéis que si os sometéis a alguien como esclavos para obedecerle, sois esclavos de aquel a quien obedecéis, sea del pecado para muerte, o sea de la obediencia para justicia?” (vv. 15-16, énfasis añadido).

El sacrificio de Cristo no nos da permiso para hacer lo que queramos. Nos da la oportunidad de escapar de la pena de muerte que nos hemos acarreado por quebrantar la ley de Dios y en lugar de ello buscar la justicia: “tampoco presentéis vuestros miembros al pecado como instrumentos de iniquidad, sino presentaos vosotros mismos a Dios como vivos de entre los muertos, y vuestros miembros a Dios como instrumentos de justicia. Porque el pecado no se enseñoreará de vosotros; pues no estáis bajo la ley, sino bajo la gracia” (vv. 13-14).

Pablo no estaba tirando la ley de Dios por la borda. La ley de Dios define el pecado; sin esa ley, el pecado no existiría. Y Pablo nos advierte muchas veces que debemos salir del pecado. La gracia quita la pena de muerte que nos hemos acarreado por quebrantar la ley de Dios, pero la ley sigue definiendo qué es la justicia.

“De manera que la ley a la verdad es santa, y el mandamiento santo, justo y bueno” (Romanos 7:12).

En resumen:

Nuestra propia justicia es una coraza deficiente en la batalla espiritual. Cuando el pecado está en escena, “todos nosotros somos como suciedad, y todas nuestras justicias como trapo de inmundicia” (Isaías 64:6). Si eso es lo único que nos protege del enemigo, estaremos expuestos y vulnerables.

Por otro lado, la justicia de Cristo es consistente, confiable e impenetrable. “Así que, por cuanto los hijos participaron de carne y sangre, él también participó de lo mismo, para destruir por medio de la muerte al que tenía el imperio de la muerte, esto es, al diablo” (Hebreos 2:14).

Como soldado de Dios, su deber es “[seguir] la justicia” (1 Timoteo 6:11), lo cual puede hacer con la protección de la coraza de justicia que cubre sus debilidades y vulnerabilidades naturales. Cuando enfrentamos las fuerzas de Satanás, podemos estar seguros de que esa justicia hará exactamente lo que hace una coraza: protegernos de los golpes letales del enemigo. Después de todo, ¿qué puede hacer Satanás contra la justicia de Jesucristo, el Cordero perfecto de Dios?

Absolutamente nada.

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