Viaje La armadura de Dios

Tácticas grupales

La armadura de Dios es un tema muy personal —uno del que es casi imposible hablar sin volcar nuestra atención hacia adentro.

¿Estoy usando el cinturón de la verdad?

¿Estoy empuñando el escudo de la fe?

Éstas son buenas preguntas. Son preguntas importantes; preguntas que como cristianos debemos estarnos haciendo.

Pero no son las únicas preguntas que nos debemos hacer. Si eso es todo lo que nos preguntamos, perderemos de vista el panorama mayor:

No estamos solos en el campo de batalla.

No somos los únicos que usan la armadura.

No somos los únicos que hacen frente a “las asechanzas del diablo” (Efesios 6:11).

Es muy fácil sentirnos como Elías: exhaustos y agotados, listos para colapsar y seguros de que estamos librando la guerra solos. “¿O no sabéis qué dice de Elías la Escritura, cómo invoca a Dios contra Israel, diciendo: Señor, a tus profetas han dado muerte, y tus altares han derribado; y sólo yo he quedado, y procuran matarme? Pero ¿qué le dice la divina respuesta? Me he reservado siete mil hombres, que no han doblado la rodilla delante de Baal” (Romanos 11:2-4).

Cuando Elías creyó que era el único en todo Israel dispuesto a pelear la buena batalla, Dios le reveló la verdad: había otros 7.000 israelitas creyentes luchando a su lado. No estaba solo.

Y usted tampoco lo está.

Los soldados romanos nunca peleaban solos; iban a la batalla rodeados de sus hermanos de armas. En el tiempo que Pablo escribió su carta, cada soldado romano era parte de una unidad llamada centuria —aproximadamente cien hombres liderados por un centurión. Seis centurias formaban una cohorte, y diez cohortes formaban una legión —más de 5.000 soldados entrenados marchando hacia la misma meta, cada uno preparado para pelear la buena batalla.

Como “buen soldado de Jesucristo” (2 Timoteo 2:3), usted también es parte de algo mayor. Es miembro de una gran milicia compuesta de soldados “que no han doblado la rodilla delante de Baal” y que marchan bajo el estandarte del Dios Altísimo. Todos comparten la misma meta y pelean las mismas batallas.

Éstas no son sólo palabras bonitas. La realidad es que no estamos solos en el campo de batalla y no podemos elegir por nuestra propia cuenta cuándo y cómo atacar. Tenemos un Comandante divino el que dicta las órdenes y los soldados que nos rodean cuentan con que sigamos esas órdenes, así como nosotros contamos con que ellos hagan lo mismo.

Durante este Viaje hemos analizado todas las piezas de la armadura que Pablo describió en Efesios 6 y el papel que cumplen en nuestra batalla espiritual. Pero la enseñanza de hoy no tiene que ver con la armadura en sí, sino con quienes la usan.

Pelear junto a otros soldados debería cambiar la forma en que luchamos, porque la forma en que luchamos afecta a quienes nos rodean.

Hoy estudiaremos algunas de las tácticas grupales que usaban los soldados romanos. Específicamente, hablaremos de por qué son importantes y cómo nos mantienen a salvo en nuestra batalla espiritual.

Comencemos con las espadas.

1. MISMA MANO, MISMA CADERA

En el ejército romano, no importaba si uno era zurdo o diestro, todos los soldados tenían que empuñar su espada con la mano derecha y usar su vaina en la cadera derecha. Los soldados romanos se mantenían muy juntos. Si en una legión donde todos marchaban lado a lado, cada uno sacaba su espada desde una cadera diferente y con un mano diferente, habría caos. Se empujarían, chocarían e incluso se cortarían unos a otros.

Desenvainar desde la derecha con la mano derecha le permitía a cada soldado sacar su espada sin peligro (¡y rápido!), sin dañar o molestar a sus compañeros. Y como todos sostenían su escudo con la mano izquierda y su espada con la derecha, el frente podía atacar al enemigo con fluidez, de manera uniforme y fácil.

En otras palabras, aunque había muchas formas de resolver el problema, el ejército era más efectivo cuando todos los soldados usaban el mismo método. En términos de la espada, no había espacio para preferencias personales ni estrategias alternativas.

¿Qué tiene que ver esto con nosotros? Pues en Corinto (y otras ciudades romanas), la carne que se vendía en el mercado a menudo había sido consagrada como sacrificio a dioses paganos. Los cristianos corintios querían saber cómo debían manejar esto. ¿Era correcto comer esa carne? ¿O debían evitarlo?

Pablo les dijo dos cosas aparentemente contradictorias: primero, que “Acerca... de las viandas que se sacrifican a los ídolos, sabemos que un ídolo nada es en el mundo, y que no hay más que un Dios” (1 Corintios 8:4). Es decir, la carne ofrecida a ídolos era en efecto ofrecida a nada. Pero varios versículos después, el apóstol concluyó: “Por lo cual, si la comida le es a mi hermano ocasión de caer, no comeré carne jamás, para no poner tropiezo a mi hermano” (v. 13).

¿Cómo podemos entender la transición que existe entre: en realidad no es importante a nunca más comeré carne?

La clave está en el versículo 9. Pablo les advirtió a los corintios: “mirad que esta libertad vuestra no venga a ser tropezadero para los débiles”. Éste es un principio fundamental del cristianismo: sólo porque tenemos el derecho de hacer algo, no significa que debamos hacerlo.

Antes de convertirse, muchos de los creyentes corintios habían sacrificado a ídolos. Hubo un tiempo de sus vidas en que vieron a esos ídolos como dioses reales que podían afectar o guiar sus vidas. Y para algunos de ellos, comer carne sacrificada a los dioses se sentía como volver a su vida pasada, aunque técnicamente no era así.

“Todo me es lícito”3 , escribió Pablo, “pero no todo conviene; todo me es lícito, pero no todo edifica. Ninguno busque su propio bien, sino el del otro” (1 Corintios 10:23-24). En otra de sus cartas, el apóstol explica: “si por causa de la comida tu hermano es contristado, ya no andas conforme al amor. No hagas que por la comida tuya se pierda aquel por quien Cristo murió” (Romanos 14:15).

Un soldado romano podía empuñar su espada con la mano izquierda. Los corintios podían comer carne ofrecida a los ídolos. Pero en ambos casos, les hubieran causado problemas a quienes los rodeaban.

Usted probablemente no tiene el problema de la carne sacrificada a los ídolos, pero el principio es el mismo: sólo porque puede hacer algo, no significa que deba hacerlo.

A veces, marchar como un soldado en la milicia de Dios implica acatar restricciones adicionales

—no sólo las que están explícitas en la ley, sino también otras para evitar que nuestra libertad se convierta en piedra de tropiezo para aquellos por quienes Cristo murió.

La pregunta importante que debemos hacernos es: ¿cómo estoy blandiendo la espada del Espíritu en mi propia vida? Nuestro principal enfoque con esta arma dada por Dios no debería ser cómo se nos permite usarla, sino cómo podemos hacerlo sin lastimar a los demás.

2. LA TORTUGA Y EL ESCUDO

Como vimos antes, el escudo es una parte importante y poderosa de la armadura de Dios incluso por sí mismo. Pero parte de lo que hacía tan formidable al ejército romano era el uso de algo llamado “formación en testudo”. Cuando enfrentaban a un enemigo que atacaba desde la distancia —tal vez con dardos ardientes— los soldados cerraban más sus filas y formaban una barrera casi impenetrable con sus escudos. Quienes estaban en primera fila sostenían sus escudos hacia adelante, y los que les seguían, hacia el cielo.

La formación testudo (“tortuga”) resultante mantenía a los soldados protegidos de flechas e infantería. Juntos, como una unidad, podían avanzar lentamente hacia el enemigo sin sufrir muchas (¡o ninguna!) bajas.

Pero la efectividad de esta formación dependía de todos. Si el escudo de un solo soldado estaba en una mala posición, dejaba a toda la unidad vulnerable a un ataque. A medida que los soldados comenzaban a caer, una parte cada vez mayor de la formación quedaba expuesta.

Podría parecer que estamos hablando del mismo punto al que llegamos con la espada, pero hay una diferencia. Con la espada, aprendimos que debemos estar atentos para no dañar a nuestros compañeros; con el escudo, debemos estar atentos para protegerlos.

Obviamente estos son dos lados de la misma moneda. Es absolutamente esencial que seamos capaces de confiar en los creyentes con quienes peleamos esta batalla. No podemos concentrarnos en luchar contra el enemigo si estamos constantemente preocupados por una espada sin control o de las debilidades en la pared de escudos.

La advertencia obvia aquí es: “elija a sus compañeros con cuidado”. No todos se preocuparán de cómo usar su espada. No todos estarán atentos para mantener su posición con el escudo. Y “No todo el que me dice: Señor, Señor, entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos” (Mateo 7:21).

¿Significa esto que deberíamos esperar perfección de quienes nos rodean? Por supuesto que no. Ni siquiera podemos esperarla de nosotros mismos. Pero si la fe y el Espíritu son nuestro escudo y espada, deberíamos asegurarnos de marchar con quienes comparten la misma fe y el mismo Espíritu. Dios pregunta: “¿Andarán dos juntos, si no estuvieren de acuerdo?” (Amós 3:3). Por supuesto que no. Tener diferentes creencias fundamentales significa tener metas diferentes, lo que garantiza un eventual conflicto de intereses. Éstas son cosas importantes que debemos tener en cuenta.

Pero la advertencia menos obvia es que “usted es responsable de proteger a alguien más que a usted mismo en el campo de batalla”. Su fe puede ayudar a defender a sus compañeros, o bien, dejarlos vulnerables a un ataque.

Tras cometer el primer homicidio, Caín le preguntó enojado a Dios: “¿Soy yo acaso guarda de mi hermano?” (Génesis 4:9). La respuesta es: por supuesto que sí. Por supuesto que deberíamos velar por la seguridad espiritual de nuestros hermanos y hermanas.

El problema es que a veces no lo hacemos. Pablo escribió: “Hermanos, si alguno fuere sorprendido en alguna falta, vosotros que sois espirituales, restauradle con espíritu de mansedumbre, considerándote a ti mismo, no sea que tú también seas tentado. Sobrellevad los unos las cargas de los otros, y cumplid así la ley de Cristo” (Gálatas 6:1-2).

A veces, cuando vemos a alguien “sorprendido en alguna falta”, nuestro primer instinto es levantar nuestra espada en lugar de nuestro escudo —atacar a quien está vulnerable en lugar de ayudarlo. Pablo estaba diciendo, “no hagan eso. Sean misericordiosos. Sean compasivos. Ayúdenlo a levantarse, levanten su escudo para protegerlo de más flechas y hagan su parte para guiarlo de regreso a Dios”.

Es cierto que no hay lugar para un soldado que no haya experimentado el dolor y el arrepentimiento (1 Corintios 5:1-13), pero sí hay lugar para el amor, la paciencia y la benignidad cuando un compañero siente el impacto de un dardo de Satanás. Ciertamente es posible aceptar a ese soldado cuando se arrepiente y se vuelve a Dios (vea 2 Corintios 2:3-11).

Nuestro objetivo es “[levantar] las manos caídas y las rodillas paralizadas” (Hebreos 12:12), no destruirlas por ser débiles. Debemos ser “benignos unos con otros, misericordiosos, perdonándoos unos a otros, como Dios también os perdonó a vosotros en Cristo” (Efesios 4:32), recordando que “el amor cubrirá multitud de pecados” cuando la persona se arrepiente (1 Pedro 4:8).

Pedro escribió acerca de nuestra “fe igualmente preciosa” (2 Pedro 1:1). Cuando cada uno de nosotros está al lado de sus compañeros, escudo junto al escudo, esa fe preciosa nos provee de una increíble protección contra los ataques del adversario.

3. OBSERVAR Y ESCUCHAR

Ningún ejército entra sin un plan a una batalla —y ningún ejército da por sentado que ese plan vaya a sobrevivir a la batalla.

En el campo de batalla, las condiciones pueden cambiar en un instante. Un ejército efectivo necesita ser capaz de adaptarse a esos cambios simultáneamente. Si no puede hacerlo —si cada soldado intenta buscar su propia solución— el resultado será el caos.

Los oficiales romanos tenían dos métodos principales para comunicarse con sus tropas en medio de la batalla: el cornu y el vexillum. El cornu era un cuerno de aproximadamente 2,5 metros de largo con forma de G, que un oficial conocido como cornicen usaba para comunicar las órdenes del comandante. Los soldados romanos se sabían los llamados (y sus significados) de memoria, lo cual les permitía reaccionar de inmediato.

Uno de los llamados era una orden de mirar el vexillum —una pequeña bandera en la punta de un poste alto sostenido por un soldado llamado vexillarius. El vexillarius comunicaba órdenes a las tropas moviendo el vexillum de formas predeterminadas que les indicaban hacia dónde ir, qué formación tomar o cuál era el último objetivo.

Pablo no escribió acerca de cuernos ni banderas en Efesios 6, pero sí habló de una forma de comunicación mucho mejor para los soldados cristianos:

La oración.

Tras decir que debemos tomar el yelmo de la salvación y la espada del Espíritu, Pablo agregó que deberíamos estar “orando en todo tiempo con toda oración y súplica en el Espíritu, y velando en ello con toda perseverancia y súplica por todos los santos; y por mí, a fin de que al abrir mi boca me sea dada palabra para dar a conocer con denuedo el misterio del evangelio, por el cual soy embajador en cadenas; que con denuedo hable de él, como debo hablar” (Efesios 6:18-20).

La oración nos mantiene alerta. Es nuestro medio de comunicación con Dios. Es la forma en que nos mantenemos al tanto del plan de batalla.

Cuando oramos, le pedimos a Dios que nos ayude a enfocarnos en su Palabra y su camino. Quitamos nuestra atención del clamor del campo de batalla para poner la mirada y los oídos en lo que Dios intenta decirnos. Además, a través de nuestras oraciones, le pedimos a Dios que proteja a nuestros compañeros, especialmente a los ministros y ancianos que tienen el trabajo de liderarnos y guiarnos.

Es fácil distraernos en el campo de batalla. Es fácil pensar que sabemos lo que es mejor y dejarnos guiar por nuestro instinto. Pero hay una razón por la que Dios nos anima a “[perseverar] en la oración, velando en ella con acción de gracias” (Colosenses 4:2). Orar nos mantiene enfocados en “el autor y consumador de la fe” (Hebreos 12:2), el Capitán de nuestra salvación (Hebreos 2:10), lo cual nos facilita escuchar, ver y obedecer las órdenes de Dios.

Usted no está solo en el campo de batalla. Hay miles más que no han doblado sus rodillas ante Baal —miles más que han tomado la armadura de Dios y están preparados para permanecer firmes y enfrentar al enemigo.

La forma en que sostiene su espada es importante. La forma en que usa su escudo es importante.

La atención que presta a las órdenes del General es importante.

Todos somos parte de una unidad, un cuerpo. “De manera que si un miembro padece, todos los miembros se duelen con él, y si un miembro recibe honra, todos los miembros con él se gozan” (1 Corintios 12:26). El hecho de que “los miembros todos se preocupen los unos por los otros” (v. 25) es un privilegio y una responsabilidad.

Como unidad —como cuerpo, como ejército, como Iglesia— podemos lograr más juntos de lo que cualquiera lograría solo. Mientras marcha para enfrentar al enemigo, nunca lo olvide: ésta no es su batalla.

Es nuestra batalla.

3 Es importante mencionar que Pablo no estaba diciendo “literalmente, cualquier cosa que alguien pueda hacer es lícita”. La palabra griega traducida como “todo” significa “‘todo’ en el sentido de ‘cada cosa’ que aplica” (HELPS Word-Studies, 3956). Pablo estaba confirmando que todo dentro de los límites de la ley es lícito —es decir: “todo lo que la ley permite, es lícito para mí” o “tengo todo el derecho de hacer lo que Dios dice que puedo hacer”. Esto es importante por la diferencia que está a punto de marcar, entre lo que es lícito y lo que edifica. Otros pasajes aclaran que Pablo aún consideraba muchas cosas como prohibidas por la ley (vea Romanos 6:12-19).

Ir al día 10

Ask a Question