Pablo es metódico y preciso al equipar a los soldados cristianos para la batalla. Nos dice que tomemos la verdad como cinturón, la justicia como coraza, el apresto del mensaje del evangelio como calzado, la fe como escudo y la salvación como yelmo. Con estos elementos, estamos a salvo y protegidos... pero falta algo vital.
Un soldado sin un arma no es una gran amenaza. Las herramientas defensivas nos preparan para recibir ataques, pero Dios no nos llamó al campo de batalla para ser sacos de boxeo. Nos llamó para pelear —y no sólo pelear, sino ganar. Así que el último elemento de la armadura de Dios es “la espada del Espíritu, que es la palabra de Dios” (Efesios 6:17).
Pero para realmente apreciar la magnitud y el poder de esta pieza de la armadura que Dios nos da, debemos volver al principio.
Sí, a ese principio.
En el principio, “la tierra estaba desordenada y vacía, y las tinieblas estaban sobre la faz del abismo, y el Espíritu de Dios se movía sobre la faz de las aguas” (Génesis 1:2).
Entonces Dios habló.
En los versículos siguientes, Dios ordena que haya luz y la oscuridad desaparece. Ordena que haya tierra y el océano retrocede. Pone al sol, la luna y las estrellas en su lugar. Diseña ecosistemas complejos y criaturas imposibles por medio de su Espíritu invisible.
“Y vio Dios todo lo que había hecho, y he aquí que era bueno en gran manera” (Génesis 1:31).
En seis días, Dios tomó una Tierra que estaba “desordenada y vacía” y la transformó en una joya verde y azul suspendida en la inmensidad de un cosmos en constante expansión. En medio de esa joya, en un paraíso plantado por Él, Dios creó al primer ser de una raza diseñada a su imagen, donde cada uno tiene el potencial de llegar a ser como Él y vivir para siempre como parte de su familia eterna.
Y ése es sólo el capítulo uno. En las primeras frases de la Biblia, vemos un destello del infinito poder y majestad de nuestro Creador, que se hacen visibles a través de su Palabra y su Espíritu.
Ésa es nuestra espada.
Cuando Pablo les escribió a los efesios, la espada que usaban los soldados romanos era la gladius —a veces conocida como “la espada que conquistó el mundo”. Probablemente ha visto ilustraciones de la espada del Espíritu como una gran espada medieval: enorme, intimidante y con una empuñadura que se debía tomar con las dos manos. Pero la espada que Pablo tenía en mente no era nada similar.
La gladius era una espada corta, que se manejaba con una sola mano y estaba diseñada para pelear en lugares cerrados. Debido a su tamaño, era fácil de blandir. Cualquiera de sus dos filos podía ser desastroso para un oponente desarmado; y con un golpe bien pensado, su afilada punta podía perforar incluso la armadura enemiga.
De la misma manera, “la palabra de Dios es viva y eficaz, y más cortante que toda espada de dos filos; y penetra hasta partir el alma y el espíritu, las coyunturas y los tuétanos, y discierne los pensamientos y las intenciones del corazón” (Hebreos 4:12).
Ésa es un arma poderosa. Tiene que serlo, “Porque no tenemos lucha contra sangre y carne, sino contra principados, contra potestades, contra los gobernadores de las tinieblas de este siglo, contra huestes espirituales de maldad en las regiones celestes” (Efesios 6:12).
Principados. Potestades. Gobernadores de las tinieblas y huestes espirituales de maldad. Estamos enfrentando ola tras ola de seres antiguos y corruptos sedientos de sangre.
La mayoría de los elementos de la armadura de Dios existe para protegernos del daño que estos seres espirituales nos pueden causar. Pero la espada es diferente. Luego de ponernos el resto de la armadura, Dios nos da su Palabra como protección adicional y nos dice que hagamos retroceder al enemigo.
“Porque las armas de nuestra milicia no son carnales, sino poderosas en Dios para la destrucción de fortalezas, derribando argumentos y toda altivez que se levanta contra el conocimiento de Dios, y llevando cautivo todo pensamiento a la obediencia a Cristo, y estando prontos para castigar toda desobediencia, cuando vuestra obediencia sea perfecta” (2 Corintios 10:4-6).
La gladius puede haber sido la espada que conquistó el mundo, pero la Palabra de Dios es un arma que hace a los demonios huir.
El valor de una espada en el campo de batalla es bastante obvio. Es el arma —la única— que Dios nos da en esta batalla.
Sin la Palabra y el Espíritu de Dios, no podemos ganar.
Pero primero necesitamos aprender a usarla.
Pablo habla de “la espada del Espíritu, que es la palabra de Dios”. Hasta ahora, todas las piezas de la armadura de Dios han sido descritas con un solo elemento espiritual. El cinturón está hecho de la verdad, el yelmo de la salvación, el escudo de la fe.
Pero, aunque no es claro en nuestras traducciones al español, en el griego original Pablo hizo una diferencia con respecto a la espada. La espada no está hecha del Espíritu, sino que es dada por el Espíritu. (Así como la armadura de Dios no está hecha de Dios, pero nos es dada por Dios.)
El Espíritu de Dios nos da la espada, y la espada es la Palabra de Dios. Eso es lo que Pablo nos está diciendo. Esta información es vital para aprender a dominar esta parte de la armadura de Dios.
Viva y eficaz.
Penetra hasta partir el alma y el espíritu.
Discierne los pensamientos y las intenciones del corazón.
Ésa es su espada. Ésa es la poderosa herramienta que se le ha dado y si quiere aprender a usarla, ¿qué mejor lugar para empezar que a los pies del Maestro?
Hace casi 2.000 años, Jesucristo se estaba preparando para lo que probablemente fue la batalla espiritual más importante de la historia. Inmediatamente después de su bautismo, el Espíritu de Dios lo llevó al desierto (Marcos 1:12), donde ayunó 40 días y 40 noches, preparándose espiritualmente para lo que venía.
Su oponente en esa batalla era el diablo mismo. Satanás pensó que ésta era su oportunidad para arruinar el plan de Dios. Si podía hacer que Jesucristo pecara, todo habría terminado. El sacrificio por los pecados del mundo tenía que ser perfecto y sin mancha. Así que un solo error del potencial Salvador del mundo sería suficiente para arruinar miles de años del plan divino.
Satanás estaba preparado para dar lo peor de sí. En tres ocasiones tentó al Hijo de Dios —que era un ser humano y en ese momento tenía mucha hambre.
Si realmente eres el Hijo de Dios, no tienes que pasar hambre. Usa tu poder para convertir estas piedras en comida (Mateo 4:2-3).
Salta de este edificio. Demuéstrales a todos quién eres haciendo que Dios te salve la vida (vv. 5-6).
Hay una forma más fácil de lograr tu propósito. Sólo adórame y te daré autoridad sobre el mundo (vv. 8-9).
Satanás dirigió sus ataques hacia el lado donde esperaba tener las mayores probabilidades de hacer titubear a Jesús: su hambre física, su identidad espiritual y su deseo de salvar al mundo. Le estaba ofreciendo atajos —soluciones fáciles y cómodas que resolverían sus problemas.
A un costo.
Las “soluciones” de Satanás traerían como consecuencia cientos de problemas más, cada uno peor que el anterior. Pero no le dijo eso a Jesucristo, por supuesto, y tampoco se lo dirá a usted. Así es como sus tentaciones (sus ataques) funcionan. Las hace ver como la salida fácil, la respuesta perfecta. Oculta el daño que sus “soluciones” causarán, ya sea un daño inmediato o futuro.
Cristo nos enseñó cómo eludir estos ataques. Contraatacó cada tentación con escrituras —pasajes inspirados de la Palabra de Dios. Ignoró el primer desafío de Satanás rehusándose a ceder ante su hambre física, porque vivir por cada palabra de Dios es más importante que nuestro deseo de comida física (Mateo 4:4). Se rehusó a saltar desde el techo del templo, porque eso sería tentar a Dios (v. 7). Y se rehusó a adorar a Satanás porque sólo Dios es digno de adoración (v. 10).
Jesucristo usó la Palabra de Dios2 para rechazar a Satanás, y funcionó. Luego de tres contraataques, Satanás “se apartó de él por un tiempo” (Lucas 4:13).
Ése es el poder de nuestra espada espiritual, la Palabra de Dios.
Es interesante notar que, al tentar a Jesús, Satanás también usó (o más bien, hizo mal uso de) las Escrituras. Citó dos pasajes para explicar por qué Jesucristo tenía el derecho de tirarse del pináculo del templo (Mateo 4:6).
Eso también nos deja una lección.
La Biblia puede ser mal utilizada. Los versículos pueden sacarse de contexto y malinterpretarse con el fin de “probar” cosas que contradicen la voluntad de Dios, así que debemos tener cuidado. Los de Berea nos dejaron un excelente ejemplo: cuando escuchaban la predicación del evangelio, “[escudriñaban] cada día las Escrituras para ver si estas cosas eran así” (Hechos 17:11).
Pero nuestro propio estudio no es suficiente. Satanás es astuto, y confiar en nuestro propio entendimiento es la receta para el desastre. No podemos vencer sin la ayuda divina del Espíritu de Dios, que “todo lo escudriña, aun lo profundo de Dios” (1 Corintios 2:10).
También es importante notar que, después de su batalla, Satanás se alejó de Jesús por un tiempo, no de forma permanente. Podemos ahuyentar a Satanás, pero él nunca se da por vencido. Espera hasta la siguiente oportunidad, la siguiente ventana, la siguiente debilidad en nuestra armadura. Pero cada vez que regresa, el mismo plan de ataque funciona:
“Someteos, pues, a Dios; resistid al diablo, y huirá de vosotros” (Santiago 4:7).
Satanás huyó de Jesucristo, y cuando lo vea a usted, vestido de pies a cabeza con la armadura de Dios, blandiendo la espada de la Palabra de Dios, inspirado por el Espíritu Santo —cuando lo vea firme y rehusándose a retroceder un solo centímetro— tenga la seguridad de que huirá de usted también.
Y cuando lo haga, puede empezar a entrenar para el siguiente encuentro —y el siguiente y el siguiente. Porque, en esta vida, siempre habrá un siguiente encuentro.
Pero podemos ganar. Las armas que Dios nos da para la batalla son poderosas. Pablo le dijo a Timoteo: “Mas tú, oh hombre de Dios, huye de estas cosas, y sigue la justicia, la piedad, la fe, el amor, la paciencia, la mansedumbre. Pelea la buena batalla de la fe, echa mano de la vida eterna, a la cual asimismo fuiste llamado” (1 Timoteo 6:11-12).
Recuerde por qué está peleando, tome la espada que se la ha dado y pelee la buena batalla.
2 Hablar de la Palabra de Dios puede resultar confuso aquí: es un título que se da tanto a las páginas de la Biblia como a Jesucristo mismo. En este caso, nos referimos a la palabra escrita de Dios. En nuestro artículo “¿Fue Jesucristo creado?” explicamos: “Jesucristo habla en representación del Padre, pues expresa su manera de ser y pensar a través del poder del Espíritu Santo (Juan 3:34; Hebreos 1:1-2). Así como la Biblia es la palabra de Dios escrita, Cristo es la palabra de Dios personificada, un Ser independiente enviado para predicar la palabra de Padre”. De hecho, Jesús fue el Dios que interactuó con Israel en el Antiguo Testamento (para más información, le invito a leer “¿Jesús en el Antiguo Testamento?”. En su confrontación con Satanás, Jesús se estaba citando a Sí mismo.