Salvación.
Qué palabra tan bella.
Qué palabra tan bella, tan mal usada y tan incomprendida.
“Salvación” es un concepto refinado para hablar de salvar algo (o a alguien). Recibir la “salvación” es ser salvado de algo, por alguien. En el contexto bíblico, ese algo es la pena de muerte eterna que merecemos por nuestros pecados. Y ese Alguien es Jesucristo, quien dio su vida para pagar la pena por nosotros y darnos acceso al regalo de la vida eterna (Romanos 6:23).
Cuando Dios utilizó a Pedro como instrumento para sanar a un hombre que no podía caminar, el apóstol les dijo a los líderes religiosos: “sea notorio a todos vosotros, y a todo el pueblo de Israel, que en el nombre de Jesucristo de Nazaret, a quien vosotros crucificasteis y a quien Dios resucitó de los muertos, por él este hombre está en vuestra presencia sano... Y en ningún otro hay salvación; porque no hay otro nombre bajo el cielo, dado a los hombres, en que podamos ser salvos” (Hechos 4:10, 12).
Pedro fue muy claro: tenemos salvación porque somos salvos por Cristo.
Pero lo que no es tan claro es el momento en el que ocurre esa salvación.
La Biblia habla acerca de la salvación usando diferentes tiempos gramaticales. Pablo les dijo a los efesios: “por gracia ustedes han sido salvados mediante la fe” (Efesios 2:8, Nueva Versión Internacional, énfasis añadido). También les escribió a los corintios acerca de “los que se salvan” (1 Corintios 1:18, énfasis añadido). Y Jesús explicó que “el que persevere hasta el fin, éste será salvo” (Mateo 24:13, énfasis añadido).
Pasado, presente y futuro. ¿Cómo pueden ser los tres al mismo tiempo? La respuesta es que la salvación es un proceso.
En Pentecostés, cuando la compungida multitud se dio cuenta de su culpa en la crucifixión del Hijo de Dios, preguntaron: “Varones hermanos, ¿qué haremos?”. Pedro respondió: “Arrepentíos, y bautícese cada uno de vosotros en el nombre de Jesucristo para perdón de los pecados; y recibiréis el don del Espíritu Santo” (Hechos 2:37-38).
Y cuando el carcelero filipense temblando les preguntó a Pablo y Silas: “Señores, ¿qué debo hacer para ser salvo?”, ellos le dijeron, “Cree en el Señor Jesucristo, y serás salvo, tú y tu casa” (Hechos 16:30-31). Entonces, demostrando su convicción, “se bautizó él con todos los suyos... y se regocijó con toda su casa de haber creído a Dios” (vv. 33-34).
Si usted se ha arrepentido y bautizado, ha sido salvado. Tiempo pasado. Sus pecados han sido perdonados y ha recibido el Espíritu Santo. A través de ese proceso, “[fue sellado] con el Espíritu Santo de la promesa, que es las arras de nuestra herencia hasta la redención de la posesión adquirida” (Efesios 1:13-14). El Espíritu Santo (el poder de Dios) es la “garantía” de nuestra salvación, la garantía de que Dios nos transformará por completo a su imagen cuando Jesucristo regrese.
Si lo conservamos.
Aquí es donde entra la salvación en el tiempo presente. Hemos sido salvados de la pena por nuestros pecados, pero aún no hemos perseverado hasta el final. Todavía tenemos la opción de renunciar a nuestro pacto con Dios y volver al pecado. Si rechazamos a Jesucristo como nuestro Salvador, nos convertiremos en personas que “[pisotean] al Hijo de Dios, y [tienen] por inmunda la sangre del pacto en la cual fue santificado, [y hacen] afrenta al Espíritu de gracia” (Hebreos 10:29).
En otras palabras, tener la garantía de la salvación no significa que no podamos rechazarla. Podemos. Podemos decidir que este camino de vida simplemente es demasiado difícil, demasiado restrictivo, que no queremos seguir más en él y que preferimos regresar a “los deleites temporales del pecado” que Moisés rechazó (Hebreos 11:25). Y si persistimos en ese camino, no podemos esperar ser salvados. “Porque si pecáremos voluntariamente después de haber recibido el conocimiento de la verdad, ya no queda más sacrificio por los pecados, sino una horrenda expectación de juicio, y de hervor de fuego que ha de devorar a los adversarios” (Hebreos 10:26-27).
Dios siempre nos da tiempo para arrepentirnos y cambiar, pero pecar de manera constante y deliberada eventualmente nos llevará al punto de no querer cambiar. Para quienes han entendido la verdad y voluntariamente eligen unirse a la multitud que pidió a gritos la crucifixión de Cristo, “es imposible que... sean otra vez renovados para arrepentimiento, crucificando de nuevo para sí mismos al Hijo de Dios y exponiéndole a vituperio” (Hebreos 6:4, 6).
Su historia terminará con una sentencia, la muerte y la destrucción eterna. Pero no tiene que ser así.
“El que persevere hasta el fin, éste será salvo”, leemos en Mateo 24:13. Ésa es la meta final, el objetivo. Si perseveramos, si permanecemos fieles a Dios, si nos arrepentimos y si corregimos nuestro curso cuando flaqueamos, alcanzaremos la salvación que buscamos. “Luego el fin, cuando entregue el reino al Dios y Padre, cuando haya suprimido todo dominio, toda autoridad y potencia.
Porque preciso es que él reine hasta que haya puesto a todos sus enemigos debajo de sus pies. Y el postrer enemigo que será destruido es la muerte... Y cuando esto corruptible se haya vestido de incorrupción, y esto mortal se haya vestido de inmortalidad, entonces se cumplirá la palabra que está escrita: Sorbida es la muerte en victoria” (1 Corintios 15:24-26, 54).
Un día, el proceso de salvación se completará. Dios nos vestirá de inmortalidad, y Jesucristo mismo leerá nuestros nombres del Libro de la Vida ante el Padre y sus ángeles, anunciándonos en los cielos como hijos de Dios para siempre —y entonces, al fin, seremos salvos (Apocalipsis 3:5).
La salvación es todas estas cosas a la vez. Es una liberación inicial de la pena que merecemos por nuestros pecados, cuando entendemos y nos arrepentimos. También es una liberación continua a medida que nos esforzamos por vencer el pecado y vivir el camino de Dios. Y, finalmente, es la promesa de nuestra futura victoria sobre la muerte y nuestra entrada como hijos en la familia eterna del Dios viviente.
En resumen, Pablo nos está diciendo: “Hagan de todo esto su yelmo”.
El yelmo romano, la gálea, era tan indispensable como sencilla. Tenía sólo un propósito: proteger la cabeza de su dueño. Una gálea del primer siglo se componía de un protector frontal, placas para las mejillas y un protector para el cuello, que juntos ayudaban a desviar cualquier golpe dirigido a la cabeza del soldado.
Eso hace la salvación para nosotros.
A Satanás le encantaría darnos un golpe limpio en la cabeza —en nuestra mente, nuestros pensamientos, en el centro que controla nuestras decisiones, el componente físico que define gran parte de lo que somos. Y si encuentra un punto débil en nuestra mente, es ahí donde llevará a cabo sus maniobras más peligrosas.
Satanás quiere hacerle pensar que usted no puede ganar. Que no ganará.
Que en realidad no le importa ganar —y que a Dios no le importa que usted gane. Que el camino de Dios es demasiado restrictivo y no vale la pena.
Que la vida sería mejor si deja de luchar y la vive como le plazca.
Pero el yelmo de la salvación nos protege de esas mentiras recordándonos las verdades que las desmienten:
Que usted puede ganar la batalla, porque ha sido perdonado de sus pecados y seguirá siéndolo si se arrepiente.
Que usted ganará si continúa luchando, porque: “Si Dios es por nosotros, ¿quién contra nosotros? El que no escatimó ni a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará también con él todas las cosas?” (Romanos 8:31-32).
Que sí le importa ganar y que el camino de Dios sí vale la pena porque “Cosas que ojo no vio, ni oído oyó, ni han subido en corazón de hombre, son las que Dios ha preparado para los que le aman” (1 Corintios 2:9).
Que la vida no sería mejor si se da por vencido, porque lo mejor que este mundo le puede ofrecer no se compara con lo que le espera.
Pablo escribió: “Y ciertamente, aun estimo todas las cosas como pérdida por la excelencia del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor, por amor del cual lo he perdido todo, y lo tengo por basura, para ganar a Cristo, y ser hallado en él, no teniendo mi propia justicia, que es por la ley, sino la que es por la fe de Cristo, la justicia que es de Dios por la fe; a fin de conocerle, y el poder de su resurrección, y la participación de sus padecimientos, llegando a ser semejante a él en su muerte, si en alguna manera llegase a la resurrección de entre los muertos” (Filipenses 3:8-11).
Como de costumbre, Pablo integró varios conceptos muy profundos en una sola frase. Pero si la analizamos de cerca, notaremos que todos los elementos defensivos de la armadura de Dios están ahí. La coraza, el escudo y el yelmo.
La justicia es de Dios, porque sólo la ley puede mostrarnos en qué falla nuestra propia justicia con respecto a las expectativas de Dios. La fe en Jesucristo es lo que nos da acceso a esa justicia. Y estos dos elementos nos dirigen hacia la salvación final: la resurrección de los muertos.
Pablo sabía lo que era el sacrificio. Al inicio de su conversión, Dios le advirtió que padecería “mucho” (Hechos 9:16, Dios Habla Hoy) y así fue. Para Pablo, seguir a Cristo significó dejar atrás su cómoda vida de fariseo, un líder religioso respetado en la comunidad judía. Dejó su prestigio, sus relaciones, su comunidad y su seguridad, por problemas, persecución y pruebas (2 Corintios 11:24-28). Pero cuando veía la promesa de la salvación, describía todas sus pérdidas como basura. La palabra griega que usó es skybala —literalmente “desperdicio para los perros”— un término que puede referirse a cualquier cosa, desde restos de comida hasta estiércol.
A sus ojos, nada de lo que pudiera perder era siquiera comparable con lo que le esperaba. Su salvación (pasada, presente y futura) era el yelmo que lo mantenía protegido, enfocado y motivado en el campo de batalla.
Si bien Pablo tuvo una vida extraordinaria en comparación con la mayoría de los cristianos, la salvación que Dios le ofreció es igual a la salvación que le ofrece a usted. A través del proceso del bautismo y el arrepentimiento, usted ha sido salvado. Está siendo salvado. Y, al final de esta guerra, será salvado por completo.
El yelmo de la salvación le ofrece una defensa que el enemigo no puede siquiera abollar.