Viaje La armadura de Dios

Toda la armadura de Dios

Bienvenido al campo de batalla, soldado.

Tal vez le sorprenda encontrarse aquí. La mayoría de nosotros se sorprende al principio. Siempre es impresionante descubrir que se ha estado librando una batalla justo enfrente de nuestras narices, pero aquí estamos. Y lo que es más importante, aquí está usted.

Ésta es una guerra antigua —la más antigua de todas— y no ha dado señales de amainar durante miles de años.

Nos enfrentamos a un enemigo que nos supera en casi todo lo que podemos imaginar. Es más astuto que nosotros, más fuerte, más experimentado y nos ha estudiado exhaustivamente a cada uno.

Lo ha estudiado a usted. Conoce sus debilidades y sabe cómo hacer que se derrumbe más rápido que un castillo de naipes.

Nuestro enemigo tiene muchos títulos diferentes: el adversario, el acusador, el padre de mentira, el homicida, el príncipe de la potestad del aire, el león rugiente, el devorador, el dios de este mundo, el dragón, la serpiente antigua.

Probablemente usted lo conoce como Satanás el diablo: el ángel caído y enemigo del pueblo de Dios.

Fue él quien comenzó esta guerra y está determinado a pelearla hasta el fin. No se cansa como nosotros y nunca se rinde; siempre está esperando una mejor oportunidad para atacar. Además, lidera legiones de otros ángeles caídos tan corrompidos como él y su mirada está puesta en nada menos que el trono del cielo.

Todo esto ocurre en un plano espiritual que somos incapaces de ver. Así que nuestro enemigo opera escondido tras una cortina, moviendo hilos, manipulando eventos, persuadiendo, provocando, planeando, ingeniando, colocando toda clase de trampas diseñadas para atrapar y destruir a soldados como nosotros.

Esto es a lo que se enfrenta.

La buena noticia es que no todo es tan malo como suena. Pero sí es muy serio; y si usted quiere pelear esta batalla, es fundamental que entienda lo que está en juego. No se trata de una batalla perdida, sin embargo. De hecho, si tomamos las decisiones correctas en el camino, es una guerra imposible de perder.

Todo lo que dije antes es verdad. Satanás nos supera casi en todo. Él es un espíritu poderoso que hace mucho tiempo existe, mientras que nosotros sólo somos un montón de seres humanos frágiles y limitados a nuestra existencia tridimensional. Si dependiera de nosotros, Satanás nos aplastaría como a hormigas.

Pero no estamos solos.

Y tenemos un arma secreta.

Servimos al Dios que creó esta existencia tridimensional y todo lo demás. Satanás será fuerte, pero Dios es mucho más fuerte que él y no nos puso aquí para que peleáramos únicamente con nuestros propios puños. En cambio, nos da acceso a las herramientas que necesitamos para enfrentar al diablo y no sólo resistirlo, sino poder derrotar.

Otro soldado de esta guerra —uno que peleó su batalla hace mucho tiempo— llamó a esas herramientas la “armadura de Dios” (Efesios 6:11). El soldado era el apóstol Pablo, y la palabra griega que usó para “armadura” fue panoplia (de pas, que significa “todo” y hoplon, que significa “armas” o “armadura”). De ahí también proviene la palabra en español “panoplia”, que se refiere a todos los componentes de una armadura, incluyendo las armas.

La armadura de Dios es más que un casco y un escudo. Es el conjunto de todo el equipo ofensivo y defensivo que necesitamos si queremos tener una oportunidad en esta batalla.

Pablo pasó dos años en arresto domiciliario en Roma, físicamente encadenado al soldado que estuviera de turno. Así que cuando se describió a sí mismo como “embajador en cadenas” (Efesios 6:20), no estaba usando lenguaje metafórico. Literalmente escribía mientras estaba encadenado a un soldado que usaba la armadura romana.

Esas cadenas le dieron mucho tiempo para estudiar la panoplia de los romanos de cerca. Y si nosotros estamos dispuestos a hacer lo mismo —tomarnos el tiempo para entender la función de una armadura romana del primer siglo— podremos comprender mejor una de las metáforas más poderosas de la Biblia.

Pablo dedicó mucho tiempo a reflexionar en el concepto de la armadura espiritual. A veces la llamó armas (hoplon) de luz (Romanos 13:12); a veces armas (hoplon) de justicia (2 Corintios 6:7). Pero en cada caso, se trata de una armadura provista divinamente y diseñada para proteger a todos los siervos de Dios que participan en la batalla espiritual.

Ése es usted, soldado. Ése soy yo. Esos somos todos nosotros. Esta armadura está diseñada para salvar su vida, pero para que pueda usarla de una manera efectiva, necesita entender cómo funciona.

Cuando el rey Saúl le ofreció su armadura a David para pelear contra Goliat, David le dijo: “Yo no puedo andar con esto, porque nunca lo practiqué” (1 Samuel 17:39). Usted necesita practicar con esta armadura. Necesita estudiar todos sus componentes hasta que la panoplia completa le sea tan familiar como sus propias extremidades. Cada parte tiene una función diferente, por lo que a lo largo de este Viaje exploraremos todos los componentes individuales y cómo actúan en conjunto.

Pero antes de eso, analicemos el panorama completo.

Durante los próximos días hablaremos de cosas más específicas, pero la lección de hoy es: cuando usamos cada parte de la armadura correctamente, Satanás y sus demonios se ponen a la defensiva.

Esto no significa que vayan a rendirse y admitir la derrota. Tampoco significa que no van a darnos unos buenos golpes. Su meta es arruinar el plan de Dios y eso significa tratar de quitarle la salvación a su pueblo. De eso se trata la batalla. Hay una puerta abierta ante usted, una “amplia y generosa entrada en el reino eterno de nuestro Señor y Salvador Jesucristo” (2 Pedro 1:11) y Satanás quiere cerrarla.

Pero no puede hacerlo. No es lo suficientemente fuerte, porque nosotros servimos al Dios “que abre y ninguno cierra, y cierra y ninguno abre” (Apocalipsis 3:7-8). Entonces, Satanás y su ejército se conforman con la mejor alternativa: convencerlo de no atravesar la puerta. Cansarlo con dificultades y pruebas constantes. Distraerlo con las cosas y los placeres de esta vida. Animarlo a perseguir sin cansancio un “nuevo” conocimiento e ideas que se oponen sutilmente a las verdades de la Palabra de Dios.

Aquí es donde nuestra arma secreta entra en escena. Para enfrentar a Satanás, necesitamos seguir las instrucciones de Pablo: “Vestíos de toda la armadura de Dios, para que podáis estar firmes contra las asechanzas del diablo. Porque no tenemos lucha contra sangre y carne, sino contra principados, contra potestades, contra los gobernadores de las tinieblas de este siglo, contra huestes espirituales de maldad en las regiones celestes. Por tanto, tomad toda la armadura de Dios, para que podáis resistir en el día malo, y habiendo acabado todo, estar firmes” (Efesios 6:11-13).

Éste también es un aspecto vital de la batalla: estar firmes. Cuando el enemigo nos ataca con todo lo que tiene, nuestro trabajo es permanecer firmes —plantarnos con fuerza en la verdad de Dios y gritar: “¡Éste es mi lugar y no voy a moverme!”.

“Pues aunque andamos en la carne, no militamos según la carne; porque las armas de nuestra milicia no son carnales, sino poderosas en Dios para la destrucción de fortalezas, derribando argumentos y toda altivez que se levanta contra el conocimiento de Dios, y llevando cautivo todo pensamiento a la obediencia a Cristo, y estando prontos para castigar toda desobediencia, cuando vuestra obediencia sea perfecta” (2 Corintios 10:3-6).

Usted tiene acceso a todo lo que necesita para ganar su batalla contra el enemigo.

No lo subestime, Satanás es inteligente y ha estado haciendo esto por mucho, mucho más tiempo que nosotros. Si hay puntos débiles en su armadura, él se dará cuenta y los explotará sin descanso. Pero recuerde que no está solo. Está firme, hombro a hombro con un ejército de soldados fieles que se cuidan unos a otros en el campo de batalla.

También está peleando bajo el estandarte del Dios todopoderoso, creador y sustentador del universo. “¿Qué, pues, diremos a esto? Si Dios es por nosotros, ¿quién contra nosotros?” (Romanos 8:31).

No Satanás. No el querubín rebelde que pensó que podía reemplazar a su Creador. No los malvados ángeles caídos que lo siguieron hacia la oscuridad y la rebelión. Pueden ser intimidantes, sin duda, pero están del lado perdedor. Las palabras con las que Eliseo animó a su siervo hace mucho tiempo siguen siendo ciertas hoy: “No tengas miedo, porque más son los que están con nosotros que los que están con ellos” (2 Reyes 6:16).

Usted puede ganar esta batalla. No va más allá de lo que puede soportar. Con la fuerza de Dios y su armadura, estará listo para derribar las fortalezas del enemigo y permanecer firme ante sus ataques.

Mañana comenzaremos a estudiar la armadura en detalle. Hasta entonces, ¡firme, soldado!

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