Vida, Esperanza y Verdad

El poder de la oración

Para algunas personas, la oración parece ser un esfuerzo misterioso o sin sentido. Otras la practican regularmente, pero se preguntan si esto marca alguna diferencia. ¿Existe poder en la oración?, de ser así ¿cómo lo puede descubrir?

Algunos días pueden ser difíciles, ¡otros pueden ser muy difíciles! Todos hemos tenido días así. Al parecer, para algunos son más frecuentes que para otros. Hay algo que usted puede hacer para que esos días parezcan un poco más fáciles, quizás hasta para que sean menos frecuentes.

Antiguamente, los soldados se ponían una armadura para protegerse de los golpes mortales. Y hay cosas que podemos hacer al comienzo de cada día que nos puede ayudar de una manera muy similar (Efesios 6:10-11; “Vestíos de toda la armadura de Dios”). Una de estas cosas es la oración.

Muchas personas la han implementado como parte de su rutina diaria. Se han dado cuenta de que existe un poder mucho más grande que el nuestro, que está disponible para ayudarnos a tener más sabiduría y orientación para tomar mejores decisiones y fortalecernos para poder sobrellevar esos días difíciles.

Existen muchos ejemplos bíblicos de hombres y mujeres que buscaron la ayuda de Dios por medio de la oración. David, que contaba con algunos problemas, oraba con frecuencia.

“Tarde y mañana y a mediodía oraré y clamaré, Y él oirá mi voz” (Salmos 55:17). David habló de la disponibilidad de la ayuda de Dios en tiempos de tensión. “Echa sobre el Eterno tu carga, y él te sustentará; No dejará para siempre caído al justo” (v. 22).

Enséñame a orar

Hay muchas personas que nunca oran. Algunas no están seguras de cómo proceder si se decidieran a hacerlo. Hay otros que oran y sienten que no obtienen resultados ni respuestas.Hay muchas personas que nunca oran. Algunas no están seguras de cómo proceder si se decidieran a hacerlo. Hay otros que oran y sienten que no obtienen resultados ni respuestas. Y entre las personas que oran, muchos lo hacen de diferentes maneras. Unos leen oraciones o utilizan oraciones aprendidas de memoria. Otros sienten que deben hablar con un tono de voz muy ceremonioso cuando oran o utilizar palabras bíblicas.

Los discípulos de Jesús eran de origen judío. La oración habitual era parte de su cultura religiosa. Sin embargo, después de que escucharon orar a Jesucristo y después de hablar con los discípulos de Juan el Bautista, se dieron cuenta de que podían mejorar.

“Aconteció que estaba Jesús orando en un lugar, y cuando terminó, uno de sus discípulos le dijo: Señor, enséñanos a orar, como también Juan enseñó a sus discípulos. Y les dijo: Cuando oréis, decid: Padre nuestro que estás en los cielos, santificado sea tu nombre. Venga tu reino. Hágase tu voluntad, como en el cielo, así también en la tierra. El pan nuestro de cada día, dánoslo hoy. Y perdónanos nuestros pecados, porque también nosotros perdonamos a todos los que nos deben. Y no nos metas en tentación, mas líbranos del mal” (Lucas 11:1-4).

Él les dio un ejemplo, o un modelo general de como debían ser sus oraciones. Él no pretendía que memorizaran eso ni que lo usaran una y otra vez como su oración personal. (Si usted desea saber más acerca de este modelo, lo invitamos a ver nuestro artículo “El Padre nuestro”).

Debemos hacer las oraciones con nuestros propios pensamientos y palabras, basándonos en nuestros sentimientos y lo que está en nuestros corazones. Deben expresar adoración, respeto y agradecimiento con Dios y también nuestras peticiones para nuestras necesidades personales.

En otra ocasión, Jesús les había enseñado que la mayoría de sus oraciones debían ser en privado y no repetitivas.

“Y cuando ores, no seas como los hipócritas; porque ellos aman el orar en pie en las sinagogas y en las esquinas de las calles, para ser vistos de los hombres; de cierto os digo que ya tienen su recompensa. Mas tú, cuando ores, entra en tu aposento, y cerrada la puerta, ora a tu Padre que está en secreto; y tu Padre que ve en lo secreto te recompensará en público. Y orando, no uséis vanas repeticiones, como los gentiles, que piensan que por su palabrería serán oídos. No os hagáis, pues, semejantes a ellos; porque vuestro Padre sabe de qué cosas tenéis necesidad, antes que vosotros le pidáis” (Mateo 6:5-8).

Hay ayuda disponible

Santiago, el medio-hermano de Jesús, menciona en su carta dos razones por las que las personas no logran la ayuda que quieren de Dios. Empieza describiendo un tiempo similar al que estamos viviendo actualmente:

“¿De dónde vienen las guerras y los pleitos entre vosotros? ¿No es de vuestras pasiones, las cuales combaten en vuestros miembros? Codiciáis, y no tenéis; matáis y ardéis de envidia, y no podéis alcanzar; combatís y lucháis, pero no tenéis lo que deseáis, porque no pedís” (Santiago 4:1-2).

El primer problema que menciona Santiago es no pedir.

Una encuesta hecha por el Centro de Investigación PEW reveló que una de cada tres personas de entre los 18 y 29 años de edad casi nunca o nunca oran, y de ese grupo de edad, sólo uno de cada diez ora “al menos diariamente”. Los porcentajes fueron más altos entre los grupos de mayor edad, lo que revela una tendencia a la disminución del uso de la oración como forma de adoración o comunicación con Dios.

¿Cómo pretende una persona recibir algo de parte de Dios, si no se lo pide? Cristo dijo: “Y yo os digo: Pedid, y se os dará; buscad, y hallaréis; llamad, y se os abrirá” (Lucas 11:9).

Jesucristo está sentado a la diestra de Dios como nuestro sumo sacerdote para interceder por nosotros: “Acerquémonos, pues, confiadamente al trono de la gracia, para alcanzar misericordia y hallar gracia para el oportuno socorro” (Hebreos 4:16). Todos tenemos nuestros momentos de necesidad.

Ya sean grandes o pequeñas nuestras necesidades, debemos saber que podemos acudir a Él para que nos ayude. “Reconócelo en todos tus caminos, Y él enderezará tus veredas” (Proverbios 3:6).

Una de las mujeres justas del Antiguo Testamento fue Ana, que se convirtió en la madre del profeta Samuel. Era una mujer agobiada por las dificultades familiares, además de no poder tener hijos. “Ella con amargura de alma oró al Eterno, y lloró abundantemente” (1 Samuel 1:10).

Ella le oró fervientemente a Dios, y Dios, con el tiempo, le contestó de una manera maravillosa. “Aconteció que al cumplirse el tiempo, después de haber concebido Ana, dio a luz un hijo, y le puso por nombre Samuel, diciendo: Por cuanto lo pedí al Eterno” (v. 20). En los años siguientes, Dios la bendijo con varios hijos más.

Incluso el malvado rey Manasés acudió a Dios en un momento de dificultad. “Mas luego que fue puesto en angustias, oró al Eterno su Dios, humillado grandemente en la presencia del Dios de sus padres. Y habiendo orado a él, fue atendido; pues Dios oyó su oración y lo restauró a Jerusalén, a su reino. Entonces reconoció Manasés que el Eterno era Dios” (2 Crónicas 33:12-13).

No debemos pedir nada que sea contrario a su voluntad. También es importante que nos sometamos a las leyes que nos ha dado para vivir.Claramente, hay otros factores que son importantes para recibir una respuesta positiva de parte de Dios. No debemos pedir nada que sea contrario a su voluntad. También es importante que nos sometamos a las leyes que nos ha dado para vivir.

“Y cualquiera cosa que pidiéremos la recibiremos de él, porque guardamos sus mandamientos, y hacemos las cosas que son agradables delante de él” (1 Juan 3:22).

“Porque los ojos del Señor están sobre los justos, Y sus oídos atentos a sus oraciones; Pero el rostro del Señor está contra aquellos que hacen el mal” (1 Pedro 3:12).

Otro problema

El segundo problema del cual escribe Santiago es el de ser egoístas en nuestras oraciones. “Pedís, y no recibís, porque pedís mal, para gastar en vuestros deleites” (Santiago 4:3). En ocasiones, las personas se enfocan en lo que quieren sin reconocer la cantidad de cosas que ya tienen y primero darle gracias a Dios por ello.

“Por nada estéis afanosos, sino sean conocidas vuestras peticiones delante de Dios en toda oración y ruego, con acción de gracias” (Filipenses 4:6). De nuevo, “Perseverad en la oración, velando en ella con acción de gracias” (Colosenses 4:2).

Nuestras oraciones no deben tener en cuenta sólo nuestras necesidades. Debemos pedirle a Dios que ayude e intervenga también por los demás. Job oró por sus hijos (Job 1:1-5). A pesar de que los israelitas criticaban el liderazgo de Moisés, él le oraba a Dios para que fuera misericordioso con ellos (Éxodo 32:11-14). El apóstol Pablo le recordaba a los cientos de hermanos a quienes les escribía sus cartas que oraba por ellos con frecuencia.

“Siempre orando por vosotros, damos gracias a Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo… Por lo cual también nosotros, desde el día que lo oímos, no cesamos de orar por vosotros, y de pedir que seáis llenos del conocimiento de su voluntad en toda sabiduría e inteligencia espiritual, para que andéis como es digno del Señor, agradándole en todo, llevando fruto en toda buena obra, y creciendo en el conocimiento de Dios; fortalecidos con todo poder, conforme a la potencia de su gloria, para toda paciencia y longanimidad; con gozo dando gracias al Padre que nos hizo aptos para participar de la herencia de los santos en luz” (Colosenses 1:3, 9-12).

En una carta a Timoteo, continuó diciendo: “Exhorto ante todo, a que se hagan rogativas, oraciones, peticiones y acciones de gracias, por todos los hombres; por los reyes y por todos los que están en eminencia, para que vivamos quieta y reposadamente en toda piedad y honestidad. Porque esto es bueno y agradable delante de Dios nuestro Salvador, el cual quiere que todos los hombres sean salvos y vengan al conocimiento de la verdad” (1 Timoteo 2:1-4).

¡Al Padre le encantaría saber de usted!

Los padres aprecian cuando sus hijos confían en ellos, cuando buscan su consejo y ayuda. A Dios también le agrada que sus hijos lo busquen en oración. “El sacrificio de los impíos es abominación al Eterno; Mas la oración de los rectos es su gozo” (Proverbios 15:8).

“Pues si vosotros, siendo malos, sabéis dar buenas dádivas a vuestros hijos, ¿cuánto más vuestro Padre que está en los cielos dará buenas cosas a los que le pidan?” (Mateo 7:11).

Él está ahí para que recurramos a Él. ¿Vamos a perdernos de algo bueno simplemente porque no lo pedimos? No limite el poder de la oración; su vida va a mejorar si usted le ora a su Creador regularmente.

“Por nada estéis afanosos, sino sean conocidas vuestras peticiones delante de Dios en toda oración y ruego, con acción de gracias. Y la paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento, guardará vuestros corazones y vuestros pensamientos en Cristo Jesús” (Filipenses 4:6-7).

Si usted quiere aprender más acerca de la oración, lo invitamos a ver nuestra Guía de Estudio, Cómo debemos orar.

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