Star Trek cumple 60 años este año. La franquicia hizo su debut con una visión esperanzadora del futuro de la humanidad, pero ¿es realmente posible alcanzar esa utopía?
Crédito de la imagen: Chat GPT
Fasers preparados para aturdir. El señor Spock arqueando una ceja. El doctor McCoy dando la icónica (y obvia) noticia: “Está muerto, Jim”. Un Scotty presa del pánico gritándole al capitán Kirk: “¡No puedo cambiar las leyes de la física!”.
Durante 60 años, Star Trek ha tenido un impacto cultural descomunal, tanto a través de los personajes a los que dio vida como de la tecnología futurista que imaginó. Tecnologías modernas como los teléfonos celulares, los iPads, las computadoras personales y los asistentes de inteligencia artificial activados por voz aparecieron de alguna forma en el universo de Star Trek antes de que se convirtieran en realidad. Varios astronautas han citado la serie como inspiración para sus carreras en la navegación espacial.
Pero cuando Star Trek se estrenó en 1966, su verdadera esencia no eran los rayos transportadores ni los saludos vulcanos, ni los tensos enfrentamientos entre klingons y romulanos. Era una pregunta sencilla que incluso las franquicias modernas de ciencia ficción rara vez se detienen a considerar:
¿Y si lo logramos?
“No creo en un escenario sin salida”
La mayor parte de la ciencia ficción se desarrolla dentro de un contexto de tragedia distópica. Por una razón u otra, el futuro es sombrío y las perspectivas son desoladoras:
Los gobiernos mundiales han sido reemplazados por megacorporaciones despiadadas impulsadas por el afán de lucro. El invierno nuclear ha devastado la Tierra y ha dejado a la humanidad casi extinta (o gravemente mutada). Nuestras propias e ingeniosas innovaciones tecnológicas se han rebelado y nos han esclavizado. Etcétera, etcétera, etcétera.
Star Trek optó por un escenario diferente:
Tras una Tercera Guerra Mundial que estuvo a punto de convertirse en un cataclismo, la raza humana logró lo imposible. Todas las naciones del mundo dejaron de lado sus diferencias para vivir en paz bajo un gobierno unificado y benevolente. Las guerras se convirtieron en una reliquia del pasado, junto con la pobreza y la desigualdad racial. Los avances tecnológicos satisfacían todas las necesidades imaginables.
Con la paz mundial finalmente establecida, la humanidad y otros planetas aliados se dispusieron a explorar la última frontera:
El espacio.
Durante tres temporadas, mientras la nave espacial Enterprise navegaba por los créditos iniciales de la serie, se les recordaba a los espectadores su misión de cinco años: “explorar nuevos y extraños mundos, buscar nuevas formas de vida y nuevas civilizaciones, llegar con valentía donde ningún hombre ha llegado antes”.
A diferencia de la gran mayoría de la ciencia ficción, Star Trek comenzó con un optimismo increíble con respecto a lo que la humanidad tiene el potencial de lograr —si tan sólo pudiéramos tomar las decisiones correctas en el camino. Y durante 60 años, ese optimismo ha inspirado a múltiples generaciones a pensar en lo que podría llevarse a cabo si todos camináramos en la misma dirección.
“Muy ilógico, capitán”
Pero, ¿es posible?
¿Puede la raza humana realmente encontrar una manera de dejar de lado las diferencias y construir juntos una utopía? ¿O estamos condenados a borrarnos del mapa tras siglos de amargas luchas internas y arrogancia desenfrenada?
Según la Biblia, la respuesta es no.
A… ambas preguntas, en realidad.
La humanidad, algún día, se encontrará al borde de la autoextinción, pero será incapaz de alejarse del precipicio. También, algún día, se encontrará en una utopía, pero no una creada por ella misma.
La razón de ambas cosas es un elemento que rara vez aparece en las historias de ciencia ficción, pero que desempeña un papel muy destacado en nuestra historia:
La intervención divina.
“Nos atrevimos a considerarnos dioses”
No es que seamos incapaces de unirnos y perseguir un objetivo común. Es sólo que, históricamente, ese objetivo común es autodestructivo y absurdo.
Tomemos como ejemplo la torre de Babel. En aquellos tiempos en que el mundo estaba unido por “una sola lengua y unas mismas palabras” (Génesis 11:1), la gente se propuso construir algo espectacular: una ciudad y “una torre cuya cúspide llegue al cielo” (v. 4).
La ironía de todo esto es que rechazar el camino de vida de Dios es precisamente lo que siempre ha llevado al mundo por el camino de la autodestrucción.
Después del Diluvio, Dios le dijo a la familia de Noé: “Fructificad y multiplicaos, y llenad la tierra” (Génesis 9:1). Pero aquí, aparentemente desafiando esa orden, los descendientes de Noé se propusieron, “hacerse un nombre, por si fuéremos esparcidos sobre la faz de toda la tierra” (Génesis 11:4).
Jamás alcanzarían los cielos con esa torre, pero su ambición común los impulsó a actuar como uno solo. Y esa unidad única estaba impulsada por el deseo de ser como Dios: de ascender a su dominio y actuar desde su perspectiva.
Fue ese mismo deseo el que llevó a Dios a expulsar a Adán y Eva del jardín del Edén. El primer hombre y la primera mujer comieron del árbol prohibido con la esperanza de llegar a ser “como Dios, conociendo el bien y el mal” (Génesis 3:5).
Y, al igual que en el jardín, Dios puso fin a la rebelión de Babel. “Y dijo el Eterno: He aquí el pueblo es uno, y todos estos tienen un solo lenguaje; y han comenzado la obra, y nada les hará desistir ahora de lo que han pensado hacer. Ahora, pues, descendamos, y confundamos allí su lengua, para que ninguno entienda el habla de su compañero. Así los esparció el Eterno desde allí sobre la faz de toda la tierra, y dejaron de edificar la ciudad” (Génesis 11:6-8).
Todo ese esfuerzo, todo ese potencial, volcados en un proyecto completamente infructuoso que terminó en confusión.
“Señor Scott, no hubo ninguna deidad involucrada”
La torre de Babel es la historia del origen de un reino llamado Babilonia, un reino que volverá a emerger antes de que termine nuestra era moderna. El espíritu de Babilonia, ese deseo de ocupar el lugar de Dios y establecer nuestras propias reglas, ha resurgido en múltiples ocasiones a lo largo de nuestra breve historia.
Nunca perdura.
(Lo invitamos a leer más acerca de este tema en “¿Qué representa Babilonia?”.)
El último libro de la Biblia, el Apocalipsis, transmite su mensaje en gran medida a través de símbolos que ofrecen un atisbo de los acontecimientos futuros. Y en esos símbolos, encontramos una visión inquietante del último resurgimiento de Babilonia hacia la prominencia.
El apóstol Juan, quien registró la visión, escribió:
“Y me llevó en el Espíritu al desierto; y vi a una mujer sentada sobre una bestia escarlata llena de nombres de blasfemia, que tenía siete cabezas y diez cuernos. Y la mujer estaba vestida de púrpura y escarlata, y adornada de oro, de piedras preciosas y de perlas, y tenía en la mano un cáliz de oro lleno de abominaciones y de la inmundicia de su fornicación; y en su frente un nombre escrito, un misterio: BABILONIA LA GRANDE, LA MADRE DE LAS RAMERAS Y DE LAS ABOMINACIONES DE LA TIERRA. Vi a la mujer ebria de la sangre de los santos, y de la sangre de los mártires de Jesús; y cuando la vi, quedé asombrado con gran asombro” (Apocalipsis 17:3-6).
Se nos dice que los diez cuernos de la bestia “son diez reyes, que aún no han recibido reino; pero por una hora recibirán autoridad como reyes juntamente con la bestia” (v. 12).
Guiados por los impulsos espirituales de Babilonia, estos aspirantes a líderes de los tiempos del fin encontrarán poder y autoridad en su unidad, y utilizarán ese poder para crear un imperio en el que vivirán lujosamente, mientras que los comerciantes se enriquecerán negociando, entre otras cosas, con los “esclavos y almas de hombres” (Apocalipsis 18:13).
Unidad… de algún tipo. Pero muy lejos de ser una utopía.
La buena noticia es que tampoco durará para siempre.
“Sólo un tonto pelea en una casa en llamas”
Esta versión final de Babilonia llegará a su fin durante un tiempo que la Biblia llama “la gran tribulación” (Apocalipsis 7:14). Será un tiempo “cual no lo ha habido desde el principio del mundo hasta ahora, ni lo habrá. Y si aquellos días no fuesen acortados, nadie sería salvo; mas por causa de los escogidos, aquellos días serán acortados” (Mateo 24:21-22).
Dios derramará su ira sobre Babilonia y sobre un mundo decidido a oponerse a sus leyes perfectas. Será una serie catastrófica de golpes con el poder de borrar a toda la raza humana de la Tierra —plagas y juicios implacables derramados sobre un mundo que se niega a considerar si su propia obstinación podría estar contribuyendo a sus problemas. En cambio, “blasfemaron el nombre de Dios, que tiene poder sobre estas plagas, y no se arrepintieron para darle gloria” (Apocalipsis 16:9).
Pero justo cuando la aniquilación global parezca inevitable, todo se verá interrumpido. Babilonia se derrumbará después de que los cielos se abran y Jesucristo descienda con un ejército de santos para reclamar la Tierra como Rey de Reyes. Incluso entonces, con el mundo en llamas y su imperio en ruinas, los líderes intentarán resistirse: “Y vi a la bestia, a los reyes de la tierra y a sus ejércitos, reunidos para guerrear contra el que montaba el caballo, y contra su ejército” (Apocalipsis 19:19).
Perderán. Pero el mundo, que se precipita hacia la autodestrucción, recibirá en cambio un regalo que nunca podría merecer:
Las llaves de la utopía.
“Vencimos nuestro instinto de violencia”
Las versiones posteriores de Star Trek tratarían a la religión con la suave condescendencia de un padre que le habla a un niño del que no se puede esperar que sepa más. A menudo se presentaba como un obstáculo que impedía a las civilizaciones alcanzar su verdadero potencial —un lastre inútil que debía descartarse en aras de un futuro mejor.
La ironía de todo esto es que rechazar el camino de vida de Dios es precisamente lo que siempre ha llevado al mundo por el camino de la autodestrucción. Desde el jardín del Edén hasta la torre de Babel y la mujer que cabalga la bestia escarlata, los problemas de la humanidad siempre comienzan con el deseo de ser como Dios en lugar de elegir escuchar a Dios.
Tras el colapso definitivo de Babilonia, el mundo comenzará a reconstruirse —esta vez bajo la guía de Jesucristo y sus santos. A medida que los sobrevivientes comiencen a volverse hacia la comprensión y la obediencia a Dios, otros se darán cuenta de las bendiciones que acompañan esa obediencia. “En aquellos días acontecerá que diez hombres de las naciones de toda lengua tomarán del manto a un judío, diciendo: Iremos con vosotros, porque hemos oído que Dios está con vosotros” (Zacarías 8:23).
Y a medida que los sobrevivientes de la hora más oscura de la humanidad continúen dejando que Dios guíe su camino de vida, Dios los guiará hacia un futuro en el que “No harán mal ni dañarán en todo mi santo monte; porque la tierra será llena del conocimiento del Eterno, como las aguas cubren el mar” (Isaías 11:9).
En ese futuro, “Aún han de morar ancianos y ancianas en las calles de Jerusalén, cada cual con bordón en su mano por la multitud de los días. Y las calles de la ciudad estarán llenas de muchachos y muchachas que jugarán en ellas” (Zacarías 8:4-5).
Paz, protección y larga vida —todo ello no proviene de nuestra propia brillantez o de nuestros logros, sino de una relación personal con Dios.
Y eso es sólo el comienzo.
“No es la vida tal como la conocemos o la entendemos”
Incluso, el plan de Dios incluye esperanza para los miles de millones que no sobrevivirán a la Gran Tribulación —y para los incontables miles de millones que han muerto a lo largo de la historia de la humanidad. Aunque Jesús regresará a esta Tierra como el Rey de Reyes, su primera aparición fue como el Cordero de Dios sacrificado, quien murió para que nuestros pecados pudieran ser perdonados (Juan 1:29).
Muchas personas han muerto sin comprender o incluso sin saber nada de ese sacrificio. Pero Dios no está limitado por la muerte, y existe una esperanza para ellos.
Cada año, el pueblo de Dios repasa su plan al celebrar sus fiestas. En esas fiestas anuales hay recordatorios importantes de lo que Dios ha hecho, lo que está haciendo y lo que hará. Esas fiestas nos recuerdan, por ejemplo, que Jesucristo vino por primera vez a la Tierra para convertirse en nuestro “precursor” (Hebreos 6:20), proporcionándonos un sacrificio que nos permite “acercarnos confiadamente al trono de la gracia” (Hebreos 4:16) y entrar en la presencia de Dios.
Los beneficios de ese sacrificio se ofrecerán algún día a miles de millones de personas que murieron sin comprender esa esperanza. El resultado final será un mundo sin más lágrimas, ni dolor, ni siquiera muerte (Apocalipsis 21:4). (Si usted desea descubrir más acerca del plan de Dios para los días santos, lo invitamos a leer “Las fiestas santas de Dios: Él tiene un plan para usted”.)
Hace sesenta años, Star Trek se atrevió a plantearse: “¿Y si lo logramos?”. Pero la Biblia nos dice que no podemos. Al menos, no por nuestra cuenta.
Aun así, ante nosotros se extiende una historia más épica y esperanzadora y que apunta hacia un futuro más brillante que el que cualquier guionista de Star Trek podría haber imaginado para la raza humana. Pero sólo podemos llegar allí siguiendo los pasos de Jesucristo —llegar con valentía, podríamos decir, donde un Hombre ya llegó.