Todos los días necesitamos la ayuda de Dios. Pero a veces nuestras pruebas se vuelven desesperadas, y clamamos: “¡Dios, ayúdame!”. ¿Cuándo y cómo responde Dios a estas oraciones?
Cuando oramos pidiendo la ayuda de Dios, Él nos escucha y se preocupa por nosotros. La Biblia nos dice qué debemos hacer para recibir su respuesta, y cómo y cuándo nos envía su ayuda.
Este artículo revela cómo orar: “¡Dios, por favor, ayúdeme!”, y cómo recibir y aceptar su ayuda.
Lo que podemos aprender del clamor de ayuda de Jesús
La agonía mental era inimaginable. Jesús sabía todo acerca de la brutal paliza y la muerte atroz que enfrentaría en las próximas horas, y les dijo a sus discípulos que su alma estaba “muy triste, hasta la muerte” (Marcos 14:34).
Jesús pidió a sus tres amigos más cercanos que se mantuvieran a su lado mientras clamaba a Dios en busca de ayuda en su mayor prueba. Oró para que, si fuera posible, el momento de intenso sufrimiento que se avecinaba “pasara de Él”.
“Abba, Padre, todas las cosas son posibles para ti; aparta de mí esta copa; mas no lo que yo quiero, sino lo que tú” (v. 36).
El relato de Lucas explica que Dios respondió enviando ayuda. Entonces “se le apareció un ángel del cielo para fortalecerle” (Lucas 22:43).
La prueba no sería eliminada. Esa era, en primer lugar, la razón por la que Él había venido a la Tierra: para cargar con el castigo de nuestros pecados a fin de que pudiéramos vivir. Pero, aun así, Dios escuchó su clamor de ayuda y le dio fuerzas.
¿Me ayudará Dios?
Por supuesto que Dios escuchó a Jesucristo, su Hijo. Pero, ¿nos ayudará Dios a nosotros?
El Creador tiene la capacidad y el deseo de ayudarnos en nuestras necesidades. Dios les da a sus seguidores la seguridad de que podemos confiar en Él.
“Acerquémonos, pues, confiadamente al trono de la gracia, para alcanzar misericordia y hallar gracia para el oportuno socorro” (Hebreos 4:16).
Y, por supuesto, Dios no tiene limitaciones físicas que le impidan ayudar: “porque nada hay imposible para Dios” (Lucas 1:37).
Podemos tener confianza porque Dios es digno de confianza; podemos tener fe porque Él es fiel.
El salmista David reconoció su necesidad de la ayuda de Dios y creyó que Dios había sido y seguía siendo su ayudador. Y cuando se encontraba en apuros, se lo recordaba a Dios:
“No escondas tu rostro de mí. No apartes con ira a tu siervo; mi ayuda has sido. No me dejes ni me desampares, Dios de mi salvación. Aunque mi padre y mi madre me dejaran, con todo, el Eterno me recogerá” (Salmos 27:9-10).
Como explica el Zondervan NIV Bible Commentary [Comentario bíblico NIV de Zondervan]: “A través de su oración, el salmista desarrolla un sentido más profundo de dependencia del Señor. La adversidad a menudo se disfraza de falta de interés por parte de Dios o de ira manifiesta. Pero el salmista sabe que el Señor es su Padre celestial. Busca la intimidad de una relación con su Padre en los cielos incluso en la experiencia de la ira de Dios” (comentario acerca de Salmos 27:7-10).
“Porque él dijo: no te desampararé, ni te dejaré; de manera que podemos decir confiadamente: el Señor es mi ayudador; no temeré lo que me pueda hacer el hombre” (Hebreos 13:5-6).
En la misma línea, David también escribió: “Aunque afligido yo y necesitado, el Eterno pensará en mí. Mi ayuda y mi libertador eres tú; Dios mío, no te tardes” (Salmos 40:17).
Isaías profetizó acerca de la confianza del siervo sufriente (Jesucristo) en la ayuda de Dios: “He aquí que el Eterno el Señor me ayudará; ¿quién hay que me condene?” (Isaías 50:9).
Aunque a Jesucristo no se le evitaron terribles pruebas, no hay duda de que su Padre lo ayudó a superarlas todas, y a lo largo de toda su vida. Sus seguidores también pueden tener la absoluta seguridad de la ayuda de Dios.
“Porque él dijo: no te desampararé, ni te dejaré; de manera que podemos decir confiadamente: el Señor es mi ayudador; no temeré lo que me pueda hacer el hombre” (Hebreos 13:5-6).
Cuando parece que Dios no está ayudando
Sin embargo, cuando lo que pedimos no ocurre de inmediato, o sucede después de muchas oraciones sinceras, podemos preguntarnos si Dios nos está escuchando. ¿Por qué no interviene ni responde?
A menudo, esto puede ser simplemente una cuestión de perspectiva. Dios sí escucha y, en su perfecta sabiduría, ha determinado que aún no es el momento adecuado para el remedio específico que pedimos, o que nuestra petición no es lo mejor para nosotros ni para los demás.
Consideremos a José.
Al mirar hacia atrás, podemos ver que todas las pruebas de José lo estaban preparando para grandes cosas. Pero cada vez que la situación empeoraba, José no sabía que eventualmente se convertiría en el segundo al mando de Egipto y que podría salvar a Egipto, y a su propia familia, de la hambruna.
- José sólo podía ver a sus hermanos arrojándolo a un pozo y luego vendiéndolo como esclavo.
- José sólo podía ver a la esposa de su amo tentándolo y luego acusándolo de violación.
- José sólo podía ver cómo sus muchos años como prisionero se prolongaban sin fin, mientras el jefe de los coperos se olvidaba —durante dos largos años— de interceder por su liberación.
Dios sabía que estas pruebas estaban preparando al patriarca, y con el tiempo José también lo entendió (Génesis 45:5-8).
¿Por qué Dios no me ayuda?
Pero, ¿y si Dios realmente no está brindando la ayuda que pedimos debido a algo que hicimos? ¿Hay algún caso en el que la Biblia diga que Dios no nos ayudará? ¿Hay aspectos que deberíamos considerar acerca de nuestras motivaciones y nuestra actitud?
- Pedir de manera incorrecta
Santiago advierte acerca de las oraciones que no están de acuerdo con la voluntad de Dios. Dios no responderá a las oraciones egoístas ni a aquellas que tengan un motivo pecaminoso oculto. “Pedís, y no recibís, porque pedís mal, para gastar en vuestros deleites” (Santiago 4:3).
- Pecar sin arrepentimiento
Además, si nuestra mentalidad está orientada al pecado, a desobedecer las leyes buenas y beneficiosas de Dios, ¿por qué nos ayudaría Él?
Isaías escribió: “He aquí que no se ha acortado la mano del Eterno para salvar, ni se ha agravado su oído para oír; pero vuestras iniquidades han hecho división entre vosotros y vuestro Dios, y vuestros pecados han hecho ocultar de vosotros su rostro para no oír” (Isaías 59:1-2).
El salmista dijo: “Si en mi corazón hubiese yo mirado a la iniquidad, el Señor no me habría escuchado” (Salmos 66:18).
Obviamente, dado que todos hemos pecado (Romanos 3:23), Dios hace una excepción cuando un pecador acude a Él con una actitud de arrepentimiento. Sin embargo, los pecados de los que no nos hemos arrepentido obstaculizan nuestra comunicación y nuestra relación con Dios. Le invitamos a profundizar más en nuestro artículo “¿Cómo debemos arrepentirnos?”.
- Falta de fe
Asimismo, debemos tener una fe viva y creciente. Al responder a las súplicas de ayuda de dos ciegos, Jesús dijo: “Conforme a vuestra fe os sea hecho” (Mateo 9:29). Cuando Jesús pasó un tiempo en Nazaret, la región donde creció, la Biblia dice: “no hizo allí muchos milagros, a causa de la incredulidad de ellos” (Mateo 13:58).
Por lo tanto, debemos asegurarnos de estar arrepentidos y de esforzarnos por ser obedientes, de que nuestros motivos sean correctos y de tener fe en que Dios puede hacer cualquier cosa y hará lo mejor para nosotros.
Cómo orar pidiendo la ayuda de Dios
¿Es posible saber con certeza que, cuando clamamos: “¡Dios, ayúdame!”, Él realmente nos ayudará? ¿Que nos ayudará de la mejor manera posible, ahora y por toda la eternidad?
Cuando clamamos: “¡Dios, ayúdame!”, ¿hay algo más que debamos hacer? ¿Qué tipo de oraciones desea Dios? ¿Qué debemos hacer para que nuestras oraciones sean más efectivas?
- Orar con fe.
“[Entonces] Jesús les dijo: por vuestra poca fe; porque de cierto os digo, que si tuviereis fe como un grano de mostaza, diréis a este monte: pásate de aquí allá, y se pasará; y nada os será imposible” (Mateo 17:20).
Dios no exige que todos comiencen siendo gigantes en la fe; Él sabe que la fe es algo en lo que crecemos. Él escuchó al hombre que clamó: “Creo; ayuda mi incredulidad” (Marcos 9:24).
No espere tener una fe perfecta para orar. Pero sí haga un plan para dedicar tiempo a estudiar lo que dice la Biblia acerca de cómo crecer en la fe, tal como se describe en nuestro artículo “Cómo crecer en fe”.
- Orar en el nombre de Jesús, con fe y obediencia.
Jesús dijo: “Si algo pidiereis en mi nombre, yo lo haré” (Juan 14:14). ¿Por qué? Para “que el Padre sea glorificado en el Hijo” (v. 13). Jesús glorificó al Padre, y el Padre lo glorifica a Él.
El contexto también nos revela más acerca de lo que se requiere para usar correctamente el nombre de Jesús. El versículo 12 muestra que Él se dirigía a quienes creen en Él, y el versículo 15 continúa diciendo: “Si me amáis, guardad mis mandamientos”.
Para usar legítimamente el nombre de Jesús, debemos creer; y si creemos y lo amamos, debemos obedecerlo.
- Orar de acuerdo con la voluntad de Dios.
Como vimos al inicio de este artículo, el mismo Jesucristo estableció el modelo al orar: “Abba, Padre, todas las cosas son posibles para ti; aparta de mí esta copa; mas no lo que yo quiero, sino lo que tú” (Marcos 14:36).
A lo largo de nuestra vida cristiana, debemos aprender a creer más plenamente en el plan de Dios y en su voluntad, que son lo mejor para nosotros y para todos los demás.
A lo largo de nuestra vida cristiana, debemos aprender a creer más plenamente en el plan de Dios y en su voluntad, que son lo mejor para nosotros y para todos los demás.
Debemos crecer en la fe, incluso cuando no podamos ver de inmediato cómo “todas las cosas les ayudan a bien, esto es, a los que conforme a su propósito son llamados” (Romanos 8:28).
A menudo creemos saber exactamente qué debe hacer Dios para salvarnos. Y sabemos supuestamente cuándo debe hacerlo: ¡ahora mismo!
Pero los ejemplos de la Biblia muestran que Dios tiene diferentes formas de responder y ayudar. A veces Él hace inmediatamente y de manera precisa lo que le pedimos. Pero a veces dice: “Todavía no”. Y aun a veces tiene una solución diferente.
Los seguidores de Cristo sí sufren pruebas duras. Sin embargo, un cristiano en medio de una prueba puede confiar en esta promesa: “No os ha sobrevenido ninguna tentación que no sea humana; pero fiel es Dios, que no os dejará ser tentados más de lo que podéis resistir, sino que dará también juntamente con la tentación la salida, para que podáis soportar” (1 Corintios 10:13).
- Orar con perseverancia.
Jesús enseñó que el Padre desea dar, y de hecho da, buenos dones cuando sus hijos se los piden (Lucas 11:9-13). Pero en el mismo contexto, Él muestra la importancia de la perseverancia en la oración (vv. 5-8).
Dios tiene una perspectiva diferente del tiempo y una visión general de todas las circunstancias que nosotros no podemos ver. Lo que a nosotros nos puede parecer una larga demora, puede ser necesario por razones que aún no podemos ver. Lea más acerca de esto en nuestro artículo “El tiempo de Dios es perfecto”.
- Oremos con gratitud.
Dios es el dador de todo don bueno; sin embargo, puede ser fácil olvidarlo en medio de una prueba. Cuando oramos con agradecimiento, eso agrada a Dios.
El apóstol Pablo escribió acerca de los beneficios de orar con gratitud: “Por nada estéis afanosos, sino sean conocidas vuestras peticiones delante de Dios en toda oración y ruego, con acción de gracias. Y la paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento, guardará vuestros corazones y vuestros pensamientos en Cristo Jesús” (Filipenses 4:6-7).
Para obtener más información acerca de cómo recibir y comprender las respuestas a sus oraciones, consulte nuestro artículo “Cinco claves para que nuestras oraciones sean respondidas”.
Oraciones del tipo “Dios, ayúdeme” en la Biblia
La Biblia presenta varios ejemplos de personas que clamaron a Dios en busca de ayuda.
Ana, quien sufría profundamente y se sentía desdichada porque no podía tener hijos: “ella con amargura de alma oró al Eterno, y lloró abundantemente” (1 Samuel 1:10). Dios respondió a su oración al darle a Samuel. Gracias a la bendición de Dios, Ana llegó a tener “tres hijos y dos hijas” (1 Samuel 2:21).
Durante el tiempo que Jesús pasó en la Tierra, muchos acudieron directamente a Él para pedirle ayuda. Por ejemplo, en la región de Tiro y Sidón, una mujer “clamaba, diciéndole: ¡Señor, Hijo de David, ten misericordia de mí! Mi hija es gravemente atormentada por un demonio… entonces ella vino y se postró ante él, diciendo: ¡Señor, socórreme!” (Mateo 15:22, 25).
Sus súplicas apasionadas, humildes y llenas de fe llevaron a Jesús a responder: “Oh mujer, grande es tu fe; hágase contigo como quieres. Y su hija fue sanada desde aquella hora” (v. 28).
El propio discípulo de Jesús, Pedro, cuando vio a Jesús caminando sobre el agua, dijo: “Señor, si eres tú, manda que yo vaya a ti sobre las aguas. Entonces Él le dijo: ven. Y descendiendo Pedro de la barca, andaba sobre las aguas para ir a Jesús. Pero al ver el fuerte viento, tuvo miedo; y comenzando a hundirse, dio voces, diciendo: ¡Señor, sálvame! Al momento Jesús, extendiendo la mano, asió de él, y le dijo: ¡hombre de poca fe! ¿Por qué dudaste?” (Mateo 14:28-31).
Oraciones del tipo “Dios, ayúdame” en los Salmos
El libro de los Salmos contiene muchas oraciones y cantos poéticos que expresan emociones profundas. Los autores abrieron sus corazones a Dios. El hecho de que Dios haya hecho que se registraran para nosotros estas oraciones apasionadas y suplicantes demuestra que podemos acercarnos a Él de la misma manera cuando necesitamos urgentemente su ayuda.
A continuación se presentan algunas de las oraciones del tipo “¡Dios, ayúdame!” que se encuentran en los Salmos:
- “Mas tú, Eterno, no te alejes; fortaleza mía, apresúrate a socorrerme” (Salmos 22:19).
- “Apresúrate a ayudarme, oh Señor, mi salvación” (Salmos 38:22).
- “Quieras, oh Eterno, librarme; Eterno, apresúrate a socorrerme” (Salmos 40:13).
- “Sálvame, oh Dios, porque las aguas han entrado hasta el alma” (Salmos 69:1).
- “Oh Dios, acude a librarme; apresúrate, oh Dios, a socorrerme. Sean avergonzados y confundidos los que buscan mi vida; sean vueltos atrás y avergonzados los que mi mal desean” (Salmos 70:1-2).
- “Oh Dios, no te alejes de mí; Dios mío, acude pronto en mi socorro” (Salmos 71:12).
- “Ayúdame, Eterno Dios mío; sálvame conforme a tu misericordia” (Salmos 109:26).
- “Todos tus mandamientos son verdad; sin causa me persiguen; ayúdame… vivifícame conforme a tu misericordia, y guardaré los testimonios de tu boca” (Salmos 119:86, 88).
Es sorprendente cuántas veces el salmista insta a Dios a que se apresure. Sin duda, Dios quiere que aprendamos a ser pacientes y a confiar en su tiempo, pero Él comprende nuestra urgencia.
Jesucristo experimentó los traumas, las pruebas y las tentaciones de la vida humana, y puede “compadecerse de nuestras debilidades” (Hebreos 4:15). Él ha pasado por lo mismo y lo ha vivido, e intercede por nosotros.
Podemos clamar: “¡Dios, ayúdame!”, y confiar en que nuestro Dios amoroso no sólo nos escuchará, sino que nos ayudará de acuerdo con su sabiduría y plan perfectos. Obtenga más información acerca de cómo acercarse a Él en nuestra guía de estudio “Cómo debemos orar”.