La Pascua cuenta la historia de nuestro rescate de la muerte. Es una buena noticia para los que están siendo salvados, pero considere lo que significó para el cordero de la Pascua —y para el Cordero de Dios.
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Al escribir principalmente a cristianos gentiles en Corinto, el apóstol Pablo vinculó la historia más representativa del Antiguo Testamento con el acontecimiento esencial del Nuevo Testamento.
Él mostró cómo la liberación recordada en la Pascua era simbólica de la salvación, aún mayor puesta a disposición, por medio del sacrificio de “Cristo, nuestra Pascua” (1 Corintios 5:7).
Para comprender la profundidad de este simbolismo, consideremos la crucifixión de Cristo a la luz de la historia del Éxodo.
Esclavitud en Egipto
El libro de Génesis registra cómo Dios llevó a José a Egipto para preservar tanto a su familia como a los egipcios durante una hambruna. Dios bendijo allí a la familia, y crecieron hasta convertirse en las doce tribus de Israel.
Pero con el tiempo se levantó un nuevo rey en Egipto, que no conocía a José ni recordaba lo que había hecho por Egipto. Este nuevo rey temió a los israelitas y comenzó a esclavizarlos y afligirlos (Éxodo 1:8-11).
Los egipcios “amargaron su vida con dura servidumbre” (v. 14). Y cuando los israelitas continuaron multiplicándose, Faraón ordenó que los niños varones fueran asesinados.
Jesucristo estuvo dispuesto a pagar nuestro rescate, a redimirnos de la pena de muerte eterna.
Década tras década, la esclavitud continuó. Entonces Dios escogió a Moisés y le dijo: “Bien he visto la aflicción de mi pueblo que está en Egipto, y he oído su clamor a causa de sus exactores; pues he conocido sus angustias, y he descendido para librarlos de mano de los egipcios” (Éxodo 3:7-8).
Dios comenzó a castigar a Faraón y a los egipcios por sus asesinatos, abusos y otros pecados.
Por medio de diez poderosas plagas, Dios finalmente convenció al endurecido Faraón de dejar salir a su pueblo. La décima plaga provee el trasfondo tanto de la fiesta de la Pascua como de su cumplimiento en el Nuevo Testamento.
La amenaza de muerte
Dios advirtió al obstinado Faraón que a la medianoche morirían todos los primogénitos de Egipto.
A los hijos de Israel se les indicó cómo escapar de esta plaga. Debían escoger un cordero de un año, sin defecto, y guardarlo durante cuatro días. Luego debían matarlo al atardecer y poner parte de su sangre en los postes y en el dintel de las puertas de sus casas.
Debían asar el cordero y comerlo, cuidando de no quebrar ninguno de sus huesos.
Si una familia israelita no seguía las instrucciones, su primogénito también moriría.
La sangre del cordero
“Y la sangre os será por señal en las casas donde vosotros estéis; y veré la sangre y pasaré de vosotros, y no habrá en vosotros plaga de mortandad cuando hiera la tierra de Egipto” (Éxodo 12:13).
La sangre del cordero pascual fue fundamental para salvar la vida de los primogénitos y para liberar al pueblo de una dura esclavitud.
Imagínese matando el cordero pascual
Podría pensarse que en aquellos días matar un cordero no tendría un gran impacto emocional. Para algunos quizá era así.
Pero la Biblia da indicios de que, para otros, un cordero podía ser mucho más que un animal sin nombre.
Incluso para un soldado curtido en batalla y antiguo pastor, como David.
Considere la historia que Natán contó a David —y la reacción de David.
La parábola de Natán
“El Eterno envió a Natán a David; y viniendo a él, le dijo: había dos hombres en una ciudad, el uno rico, y el otro pobre. El rico tenía muchas ovejas y vacas. Mas el pobre no tenía más que una sola corderita, que él había comprado y criado, y que había crecido con él y con sus hijos juntamente, comiendo de su bocado y bebiendo de su vaso, y durmiendo en su seno; y la tenía como a una hija suya. Y vino uno de camino al hombre rico; y éste no quiso tomar de sus ovejas y de sus vacas para guisar para el caminante que había venido a él, sino que tomó la oveja de aquel hombre pobre, y la preparó para el hombre que había venido a él” (2 Samuel 12:1-4).
El rey David, el guerrero endurecido —el hombre que había enviado a su leal soldado Urías a la muerte para encubrir su pecado con la esposa de Urías— fue profundamente conmovido por lo que le sucedió a la pequeña corderita.
“Entonces se encendió el furor de David en gran manera contra aquel hombre, y dijo a Natán: vive el Eterno, que el que tal hizo es digno de muerte” (v. 5).
La respuesta de Natán fue devastadora: “Tú eres aquel hombre” (v. 7).
A través del lente de esta parábola, David finalmente fue forzado a enfrentar el mal que había hecho.
Así como la injusticia de la muerte del cordero en la parábola de Natán ayudó a David a reconocer el terrible impacto de su propio pecado, la muerte injusta de “Cristo, nuestra Pascua” debería traspasar nuestro corazón a causa de nuestros pecados.
Paralelos en el Nuevo Testamento
De principio a fin, el Nuevo Testamento identifica a Jesucristo como el Cordero de Dios.
Antes de que Jesús comenzara su ministerio, Juan el Bautista lo vio y exclamó: “He aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo” (Juan 1:29).
El último libro de la Biblia también lo llama “el Cordero” 26 veces. En el plan de Dios, Cristo es el Cordero que fue “inmolado desde el principio del mundo”, haciendo posible que nuestros nombres sean escritos en el Libro de la Vida (Apocalipsis 13:8). Al final, Él reinará desde “el trono de Dios y del Cordero” (Apocalipsis 22:3).
En el contexto de nuestros pecados, el apóstol Pablo identificó a Jesús como “Cristo, nuestra Pascua”, que “fue sacrificado por nosotros” (1 Corintios 5:7).
¿Cómo es que “Cristo, nuestra Pascua” es un paralelo con el Cordero de la Pascua?
Esclavitud al pecado
Así como los antiguos israelitas estaban atrapados en dura servidumbre bajo sus opresores egipcios, nosotros también hemos sido esclavos del pecado. Todos hemos pecado —hemos quebrantado la ley de Dios (Romanos 3:23; 1 Juan 3:4; Ver “¿Qué es el pecado?”).
El pecado es corrosivo y destructivo. Produce sufrimiento y es lo opuesto al amoroso modo de vida de Dios.
Por mucho que quisiéramos ser libres de estas malas inclinaciones e influencias, Pablo explicó que no podíamos liberarnos por nosotros mismos. Éramos “esclavos del pecado” (Romanos 6:6). Estábamos “vendidos al pecado” (Romanos 7:14).
Semejantes a los israelitas, sin la intervención de Dios, continuaríamos en nuestra esclavitud.
La sentencia de muerte eterna
Al igual que los antiguos israelitas, nuestra situación es cuestión de vida o muerte. Si los israelitas no hubieran sacrificado el cordero pascual ni puesto su sangre en los postes de sus puertas, sus primogénitos habrían muerto.
A causa de nuestro pecado, nosotros también enfrentábamos la muerte: “Porque la paga del pecado es muerte” (Romanos 6:23).
Cristo, nuestra Pascua, el Cordero de Dios
Jesucristo cumplió en todo sentido los requisitos y el papel del cordero pascual. Fue como un “cordero sin mancha y sin contaminación” (1 Pedro 1:19). Vivió una vida sin pecado (Hebreos 4:15). Ninguno de sus huesos fue quebrado (Juan 19:36).
Y su sangre derramada hizo posible que fuéramos perdonados de nuestros pecados (1 Juan 1:7) y salvados de la pena de muerte que estos merecían.
Juan nos recuerda esta liberación en una visión de poderosos ángeles cantando al Cordero que fue inmolado:
“Y cantaban un nuevo cántico, diciendo: digno eres de tomar el libro y de abrir sus sellos; porque tú fuiste inmolado, y con tu sangre nos has redimido para Dios, de todo linaje y lengua y pueblo y nación” (Apocalipsis 5:9).
Jesucristo estuvo dispuesto a pagar nuestro rescate, a redimirnos de la pena de muerte eterna, tomando nuestro lugar.
Reconociendo nuestra responsabilidad en la muerte del Cordero de Dios
¡Qué amor tan increíble! ¡Qué terrible injusticia! Aquel que nunca pecó se sometió al castigo que todos los demás merecíamos. Jesucristo estuvo dispuesto a ser azotado y a sufrir una muerte dolorosa por nosotros, aun cuando todavía éramos pecadores. Comprender el amor de Dios y el sacrificio de Cristo debería llevarnos al arrepentimiento —a un cambio de vida.
Siete semanas después de la crucifixión y resurrección, una multitud reunida en Jerusalén para la fiesta de Pentecostés enfrentó esta verdad.
Cuando comprendieron que eran responsables de la muerte de Cristo —como lo somos nosotros— “se compungieron de corazón” y preguntaron: “Varones hermanos, ¿qué haremos?” (Hechos 2:37).
Pedro les respondió: “Arrepentíos, y bautícese cada uno de vosotros en el nombre de Jesucristo para perdón de los pecados; y recibiréis el don del Espíritu Santo” (v. 38).
Recordando la Pascua hoy
Los comentarios de Pablo a los corintios acerca de “Cristo, nuestra Pascua” demuestran que esta congregación mayormente gentil conocía bien la Pascua y las demás “fiestas solemnes del Eterno” (Levítico 23:2, ver “Las siete fiestas del Señor”).
Más adelante en su carta, Pablo repite las palabras de Jesucristo en la Pascua antes de su crucifixión, introduciendo los símbolos del nuevo pacto: el pan y el vino, que representan el cuerpo y la sangre de Cristo (1 Corintios 11:23-25).
En 1 Corintios 5, Pablo continúa con las lecciones de la fiesta de los Panes Sin Levadura:
“Así que celebremos la fiesta, no con la vieja levadura, ni con la levadura de malicia y de maldad, sino con panes sin levadura, de sinceridad y de verdad” (1 Corintios 5:8, énfasis añadido).
Al observar la Pascua y la fiesta de los Panes Sin Levadura, la Iglesia del Nuevo Testamento obedecía los mandamientos de Dios y aprendía las lecciones espirituales contenidas en estas significativas fiestas.
Para mas información, por favor leer “¿Deberían los cristianos celebrar la Pascua?” y “¿Reemplazó Jesús a la Pascua?”.