Los fariseos atacaron a los discípulos de Jesús por no realizar el ritual del lavamiento de manos. ¿Por qué estaban tan obsesionados con esto y qué nos enseña la respuesta de Cristo?
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Después de que algunos de sus seguidores se sintieran ofendidos y lo dejaran (Juan 6:66), Jesús permaneció en Galilea por un período bastante largo. Evitó ir a Jerusalén y sus alrededores porque sabía que los líderes judíos querían matarlo (Juan 7:1).
Sin embargo, no ir a Jerusalén no significaba que podría evitar totalmente a los fariseos. Un grupo de fariseos lo vigilaba de cerca —observándolo, buscando cualquier cosa que pudieran usar en su contra. Para entonces, ya lo habían acusado de quebrantar el sábado y trataban de encontrar otra forma de desacreditarlo.
Lo mejor que pudieron encontrar tuvo que ver con la ceremonia del lavamiento de manos.
El tema de las manos sin lavar
En un momento en que iban a comer juntos, los fariseos se escandalizaron al notar que los discípulos de Jesús comían sin lavarse las manos (Marcos 7:2). Un tema que nada tenía que ver con la higiene, sino con las tradiciones de los ancianos (v. 3). Los fariseos veían estos rituales como una obligación para mantenerse ceremonialmente puros.
Sin embargo, no hay ninguna ley en la Biblia que requiera que las personas se laven las manos ritualmente de cierta manera antes de comer. Esto se derivaba de las “tradiciones de los ancianos” —el cuerpo de tradiciones orales que se desarrollaron durante los casi 400 años que hay entre el Antiguo y el Nuevo Testamento.
El Antiguo Testamento contiene ciertos lavamientos, pero sólo se aplicaban a los sacerdotes, en el contexto del servicio del templo (Éxodo 30:17-21). Estas reglas no se aplicaban a la población en general y ciertamente no tenían nada que ver con los discípulos de Jesús.
Una de las características de las enseñanzas de los fariseos era que elevaba las tradiciones orales del judaísmo hasta el punto de equipararlas con la condición de las leyes de Dios.
La respuesta de Jesús frente a la acusación
En lugar de enfrentar esta acusación específica, Jesús utilizó su acusación para hablar de un tema más importante.
Al citar a Isaías, Él dijo: “Hipócritas, bien profetizó de vosotros Isaías, como está escrito: Este pueblo de labios me honra, mas su corazón está lejos de mí. Pues en vano me honran, enseñando como doctrinas mandamientos de hombres” (Marcos 7:6-7).
Continuó señalando que su error no era sólo enseñar doctrinas humanas, sino que también “dejando el mandamiento de Dios, os aferráis a la tradición de los hombres… Bien invalidáis el mandamiento de Dios para guardar vuestra tradición” (vv. 8-9).
Esta forma de religión tenía un problema espiritual más profundo:
- Elevaban sus tradiciones al mismo nivel de autoridad que la ley de Dios.
- Utilizaban sus tradiciones para respaldar su forma de obedecer las leyes de Dios que no querían guardar.
La ley de Dios claramente instruye a su pueblo a no “añadir” o “quitar” (Deuteronomio 12:32). Los fariseos fueron culpables de hacer ambas cosas.
Jesús dio un ejemplo. Señaló cómo usaban la tradición para eludir su deber de honrar y cuidar a sus padres. Mediante la práctica de la tradición del Corbán, declarar el dinero "consagrado a Dios", creaban una laguna legal para evitar las obligaciones del Quinto Mandamiento por el cual debían cuidar a sus padres (Marcos 7:10-13).
Estas prácticas anulaban la Palabra de Dios en sus vidas (v. 13).
El peligro de una influencia mal usada
El hecho de que ellos plantearan las cosas de esta forma ya era algo problemático, pero la razón por la cual Jesús los reprendió tan firmemente era porque estaban influenciando a otros para que siguieran su enfoque tergiversado.
En lugar de guiar a las personas a obedecer genuinamente a Dios, restaron importancia a su ley y ocultaron su verdadero propósito bajo capas y capas de tradiciones inventadas.
Más tarde Jesús denunció como ellos viajaban grandes distancias con el fin de hacer discípulos, sólo para convertirlos en las mismas personas espiritualmente distorsionadas que ellos eran (Mateo 23:15).
Esto resalta el principio fundamental del liderazgo: la responsabilidad.
Dios siempre ha exigido líderes y maestros que sean extremadamente cuidadosos al ejercer su influencia con responsabilidad y fidelidad. En el Antiguo Testamento Dios esperaba que los líderes —sacerdotes, profetas, jueces o reyes— enseñaran su ley de una manera precisa, sin añadir, sin quitar, sin sustituir, y que rigieran sus propias vidas conforme a ella (Deuteronomio 17:18-20; Ezequiel 34:2-4).
Jesús fue un ejemplo de excelencia en el liderazgo tanto en la enseñanza como con el ejemplo —y esperaba que sus discípulos hicieran lo mismo. Él fue el epítome de la fidelidad total al Padre sin tener la más mínima desviación ni error (Juan 5:30, 6:38, 7:16, 8:28, 12:49-50).
La integridad personal y doctrinal se convirtió más tarde en un tema recurrente que los apóstoles les enseñaban a otros líderes (Santiago 3:1; Tito 2:7-8; 1 Pedro 5:2-3).
Los fariseos sirven como un ejemplo de precaución para los líderes modernos, en el sentido de que debían mantener una fidelidad estricta a las escrituras y demostrar integridad tanto en la enseñanza como en el ejemplo.
Volvamos al tema del lavado de manos
Después de corregir a los fariseos por haber puesto las tradiciones del hombre por encima de las Escrituras, Jesús habló acerca del lavado de las manos: “Nada hay fuera del hombre que entre en él, que le pueda contaminar; pero lo que sale de él, eso es lo que contamina al hombre” (Marcos 7:15).
Luego elaboró: “¿También vosotros estáis así sin entendimiento? ¿No entendéis que todo lo de fuera que entra en el hombre, no le puede contaminar, porque no entra en su corazón, sino en el vientre, y sale a la letrina? Esto decía, haciendo limpios todos los alimentos” (vv. 18-19).
Jesús enseñó que esta adherencia tan marcada al ritual de la limpieza física le daba la categoría de un tema espiritual que no tenía respaldo en las Escrituras. También nos mostró qué es lo verdaderamente importante. Una pequeña cantidad de algo sucio que entre accidentalmente al sistema digestivo no va a contaminar espiritualmente a la persona. Como Jesús anotó, el sistema digestivo está diseñado para procesar naturalmente y eliminar las pequeñas impurezas que inevitablemente ingeriremos.
Esto no es una enseñanza en contra de la buena higiene. La Biblia nos enseña la importancia de la buena higiene y el manejo del tema sanitario (lo invitamos a descargar el artículo “La ciencia de la salud y la Biblia”).
Tampoco tiene que ver con las carnes impuras. Algunos tratan de tergiversar la declaración de Jesús en el versículo 19 que afirma que las carnes impuras ahora son “purificadas y se pueden comer”. Sin embargo, esta interpretación ignora por completo el contexto: la ceremonia del lavado de manos no tiene nada que ver con las carnes limpias e impuras. Si desea una explicación más detallada de esta interpretación, lo invitamos a leer “¿Hizo Jesús limpias todas las carnes?”.
Jesús subrayó el tema más importante
Luego Jesús señaló que el tema más importante para los fariseos y para sus estudiantes, no era la contaminación de las manos sino la contaminación del carácter.
Es mejor que tomemos en serio las advertencias de Jesús. No debe asumir que todo lo que se ha enseñado en su iglesia está fundamentado en las Escrituras. Examine diligentemente la Palabra de Dios para conocer su mente y voluntad, y aférrese a ella.
Él describió esto en detalle, cuando afirmó: “Pero decía, que lo que del hombre sale, eso contamina al hombre. Porque de dentro, del corazón de los hombres, salen los malos pensamientos, los adulterios, las fornicaciones, los homicidios, los hurtos, las avaricias, las maldades, el engaño, la lascivia, la envidia, la maledicencia, la soberbia, la insensatez. Todas estas maldades de dentro salen, y contaminan al hombre” (vv. 20-23).
Los fariseos se enfocaban demasiado en unas trazas minúsculas de suciedad en tanto que Jesús estaba enfocado en temas más grandes de carácter. En lugar de estar obsesionado por el ritual de un lavado de manos específico, ellos deberían haber estado enseñando a las personas cómo limpiar sus vidas de los pecados que estaban tan profundamente arraigados en ellos.
Ellos inventaron tradiciones que no los acercaban a Dios. Creer que la justicia proviene de lavarse las manos de una manera específica, les impedía ver y reconocer las características pecaminosas reales que estaban profundamente arraigadas en ellos.
No se descuide ante las tradiciones del hombre en el mundo actual
Aunque no tengamos que enfrentarnos con los fariseos en la actualidad, la tendencia de elevar la tradición humana por encima de las Escrituras sigue siendo un desafío importante. Buena parte del cristianismo moderno continúa reteniendo creencias y prácticas que son extrañas a la Biblia y en muchos casos la contradicen.
Por ejemplo, la forma en que celebran el domingo, los días festivos tales como la Navidad y la Pascua Florida, la creencia en la inmortalidad del alma, el bautismo de los niños, las imágenes de Dios y de Jesús. Todos estos son ejemplos de tradiciones desarrolladas por el hombre.
Estas falsas ideas oscurecen verdades bíblicas que tienen profundas raíces. El gran rechazo de Jesucristo al decirles: “Pues en vano me honran, enseñando como doctrinas mandamientos de hombres” —es tan relevante para el cristianismo moderno como lo fue para los fariseos dos mil años atrás.
Es mejor que tomemos en serio las advertencias de Jesús. No debe asumir que todo lo que se ha enseñado en su iglesia está fundamentado en las Escrituras. Examine diligentemente la Palabra de Dios para conocer su mente y voluntad, y aférrese a ella.
El verdadero seguidor de Cristo debe estar dispuesto a abandonar las tradiciones que no son bíblicas y en lugar de ello…
Andar como Él anduvo.
Recuadro: ¿Están erradas todas las tradiciones?
Aunque este artículo puede parecer opuesto a las tradiciones, es importante entender que las palabras de Jesús en Marcos 7:7-8 no fueron una condenación de todas las tradiciones. Más bien se refería a las tradiciones tóxicas —aquellas que se habían puesto por encima de las Escrituras o las contradecían directamente.
Por el contrario, las tradiciones que no están en conflicto con las Escrituras pueden ser benéficas y provechosas para las personas, las familias y la Iglesia. Las tradiciones saludables promueven la unidad, la estabilidad y el orden. Los apóstoles establecieron tradiciones en la Iglesia y urgieron a los creyentes a no abandonarlas (1 Corintios 11:2; 2 Tesalonicenses 2:15, 3:6).
A menudo se establecen tradiciones para situaciones en donde la Biblia no nos provee unas instrucciones específicas. Tal como ocurre con el orden de los himnos, las oraciones y los mensajes de los servicios de sábado. El liderazgo de la Iglesia se esfuerza por desarrollar prácticas o costumbres que reflejen de una manera cercana los principios bíblicos y que con el tiempo prueben ser saludables y unificadoras.
Mientras tales tradiciones no contradigan la verdad bíblica o estén por encima de las Escrituras, los cristianos las deben respetar.