Cuando Jesús estaba cerca de Tiro, una mujer gentil le rogó que la ayudara. Su respuesta inicialmente puede parecer impactante. ¿Qué podemos aprender de su respuesta a la petición de la mujer?
Después de su discusión con los fariseos acerca del lavado ceremonial de manos, Jesús se fue de Galilea y se dirigió al noroeste hacia Tiro y Sidón (antigua Fenicia; actualmente el Líbano). Esta zona gentil (no judía) se encontraba a tres o cuatro días de camino a pie.
Cuando llegó Jesús, “entrando en una casa, no quiso que nadie lo supiese; pero no pudo esconderse” (Marcos 7:24).
Para su segundo año de ministerio la fama de Jesús se había extendido de tal forma que era casi imposible que pasara desapercibido. Anteriormente, Marcos mencionó que gente de Tiro y Sidón había viajado hasta Galilea para verlo (Marcos 3:7-8), por lo que no sorprende que muchas personas de la región estuvieran familiarizadas con sus obras.
Jesús se encuentra con una mujer gentil
Mientras Jesús estaba allí, una mujer “vino y se postró a sus pies” (Marcos 7:25).
La mujer le suplicó diciendo: “¡Señor, Hijo de David, ten misericordia de mí! Mi hija es gravemente atormentada por un demonio” (Mateo 15:22).
Mateo hizo su mejor esfuerzo para captar el sentimiento detrás de su súplica, pero quizás las palabras no pueden transmitir la profunda emoción con la que imploraba. Curiosamente, ella se dirigió a Él con un título mesiánico —“Hijo de David”— lo que indica que conocía su identidad.
Normalmente, Jesús respondía de inmediato y con benevolencia a quienes le pedían ayuda, pero en este caso la situación fue diferente. Ella no era una mujer judía que vivía en una zona gentil; era “griega, y sirofenicia de nación” (Marcos 7:26).
La respuesta de esta mujer, realmente lo impactó. “Oh mujer, grande es tu fe; hágase contigo como quieres”.
Como sirofenicia, ella hablaba griego y vivía en la provincia romana de Siria, pero étnicamente era fenicia, un pueblo que descendía de los antiguos cananeos (Génesis 10:15). La tensión entre sus ancestros y los israelitas databa de siglos atrás.
Aun así, allí estaba, una mujer gentil, arrodillada delante de un hombre judío, suplicando por su ayuda y misericordia.
Los lectores de esta serie sabrán que ésta no fue la primera gentil con quien Jesús interactuó. Ya había conversado con la mujer samaritana (Juan 4) y sanado al criado del centurión romano —por lo que cabría esperar que Jesús liberara inmediatamente a su hija del espíritu demoníaco.
Pero en este caso, Él decidió responder de una manera diferente.
La respuesta de Jesús a la mujer
En lugar de contestar de inmediato, “Jesús no le respondió palabra” (Mateo 15:23). Pero su silencio no la disuadió. Continuó suplicándole —de una manera tan insistente que los discípulos estaban ya molestos y le rogaron a Jesús que la despidiera. (Más adelante Jesús usó una parábola para enfatizar la importancia de la persistencia en la oración; lo invitamos a leer Lucas 18:1-8.)
Finalmente, Jesús respondió: “No soy enviado sino a las ovejas perdidas de la casa de Israel” (Mateo 15:24). En otras palabras, su misión estaba dirigida específicamente a los descendientes de Israel, no a los gentiles.
(Quizás esté pensando: “Un momento, ¿no había mostrado Jesús que Él estaba dispuesto a trabajar con los gentiles?”. Ya vamos a responder esto.)
No obstante, la respuesta de Jesús no la desanimó. Ella continuó insistiendo adorándolo y rogando por su ayuda.
Jesús entonces dijo algo que para muchos lectores modernos puede parecer sorprendente y difícil de comprender: “No está bien tomar el pan de los hijos, y echarlo a los perrillos” (v. 26).
En otras palabras, su ministerio estaba dirigido al pueblo del pacto de Israel (los hijos) y no estaba bien que tomara las bendiciones que pertenecían a ellos y se las diera a quienes estaban fuera del pacto, los gentiles (los perrillos).
(El lector quizás esté aún más sorprendido ahora. Espere un momento, ¿no sólo se rehúsa a ayudar a su hija, sino que también la está comparando con un perro? Reflexionemos sobre esta pregunta.)
La mayoría de las personas, entonces, se habrían sentido tan frustradas y ofendidas por las palabras de Jesús, que hubieran dado media vuelta y se habrían marchado enfadados o habrían respondido airadamente.
Pero no esta mujer.
En lugar de ofenderse, le respondió con una humildad y compostura impresionantes: “Sí, Señor; pero aun los perrillos comen de las migajas que caen de la mesa de sus amos” (v. 27).
Ella no discutió que la misión de Jesús fuera principalmente con el pueblo de Israel, tampoco afirmó que tuviera derecho a las bendiciones del pacto. En lugar de esto, simplemente le pidió las migajas de su misericordia para su hija.
Como lo hablamos en nuestro artículo pasado, a Jesús no lo impresionaban con mucha frecuencia los demás seres humanos. Pero la respuesta de esta mujer, realmente lo impactó. “Oh mujer, grande es tu fe; hágase contigo como quieres” (v. 28).
El contexto y el propósito de ese encuentro
Para entender la manera como Él actuó con la mujer, debemos recordar que, a pesar de que Jesús fue enviado principalmente a los hijos de Israel, también estaba preparando los cimientos para que la salvación fuera extendida a los gentiles. Esa transición no se iba a manifestar por completo durante su ministerio en la Tierra, pero de una manera más contundente después de su muerte y posterior resurrección.
Los discípulos jugarían un papel primordial en esa transición. Aunque en ese momento no lo comprendieron en su totalidad, Jesús ya los estaba preparando para este profundo cambio de pensamiento y entendimiento.
Él comenzó teniendo una conversación espiritual con una mujer samaritana (Juan 4), mostrando así que incluso aquellos a quienes los judíos menospreciaban merecían su tiempo y atención. Continuó cuando se maravilló abiertamente con la fe del centurión (Lucas 7:1-10), mostrando que incluso un representante de los principales opresores de los judíos podía demostrar un nivel de fe que excedía al de muchos de ellos.
Continuó ese entrenamiento por medio de su interacción con la mujer sirofenicia.
Analicemos algunos de estos acontecimientos que los discípulos habían presenciado recientemente. Sólo unas pocas semanas antes, Jesús había sido despreciado y rechazado por sus propios coterráneos en Nazaret. Después, muchos de sus discípulos lo abandonaron por decir algo que les pareció confuso. Poco antes, los fariseos lo habían criticado y Él tuvo que señalar lo equivocados que estaban en su forma de interpretar las cosas y en sus tradiciones.
Todas estas interacciones negativas fueron con descendientes israelitas, y todas sirvieron como prólogo de este encuentro.
Se acercaba el momento en que los gentiles ya no comerían las migajas, sino que tendrían la oportunidad de ocupar un lugar como hijos en la mesa.
En lugar de rechazar sus obras, como lo hicieron en Nazaret, esta mujer gentil verdaderamente creía que Él tenía el poder de ayudarla con su necesidad más urgente. En vez de marcharse cuando sus palabras parecieron ofensivas o confusas, como muchos de sus discípulos hicieron, ella persistió. Y en lugar de atacarlo por no actuar según sus expectativas, como lo hicieron los fariseos, ella humildemente aceptó sus palabras, aunque fueran difíciles de escuchar.
Su respuesta y su ejemplo contrastaban notablemente con las numerosas y terribles reacciones que Jesús y los discípulos habían presenciado recientemente entre los hijos de Israel, y ponían de manifiesto una verdad que los discípulos debían comprender:
Los gentiles poseían el mismo potencial espiritual que los judíos nativos —e incluso podían superarlos espiritualmente.
Análisis del proceder de Jesús
Aunque finalmente sanó a su hija, el enfoque de Jesús hacia esta mujer puede resultar desconcertante.
Si bien los Evangelios no nos dan una idea del pensamiento de Jesús en esta situación, tengamos en cuenta esto: a lo largo de la Biblia, vemos que Dios discierne el carácter interior de los seres humanos (1 Samuel 16:7; Juan 2:24-25; Hebreos 4:12-13). Él ve más allá de la superficie y percibe nuestras fortalezas y debilidades internas.
Incluso antes de que ella respondiera, Jesús ya conocía el carácter y el potencial para reaccionar de manera adecuada. Al no responder de inmediato a sus súplicas, Él le dio la oportunidad de demostrar paciencia y perseverancia. Y al decirle una verdad difícil —que la prioridad de Dios todavía no eran los gentiles— le dio la oportunidad de responder con humildad y serenidad.
La Biblia muestra que Dios a menudo pone a prueba a las personas. Esas pruebas son herramientas diseñadas para darnos la oportunidad de demostrar nuestras fortalezas o crecer y superar nuestras debilidades.
En esta situación, es probable que Jesús discerniera que esta mujer tenía una fe genuina en su capacidad para sanar y un nivel de paciencia y humildad que superaba al de sus propios compatriotas.
Por eso, decidió responderle de una manera que permitiera que esos rasgos de su carácter resaltaran —no sólo por su bien, sino para que sus discípulos pudieran ser testigos de cómo la fe de una mujer gentil superaba la fe de los judíos con los que se habían encontrado recientemente.
De comer las migajas a tener un lugar en la mesa
Este recuerdo estaba a punto de ser revivido cuando Dios reveló plenamente a los discípulos que los gentiles tenían el mismo potencial espiritual y estaban siendo llamados a la salvación bajo el Nuevo Pacto.
Se acercaba el momento en que los gentiles ya no comerían las migajas, sino que tendrían la oportunidad de ocupar un lugar como hijos en la mesa (Romanos 11:13, 17).
Si Dios lo está llamando, no importa cuál sea su origen étnico o racial: puede tener un lugar en la “mesa” de Dios.
Pero, para ocupar ese lugar, tenemos que aprender del ejemplo de esta mujer extraordinaria y acudir a Cristo con fe, aceptar la verdad de sus enseñanzas y comprometernos a . . .
Andar como Él anduvo.