En una ciudad conocida por sus prácticas de culto pagano, Jesús reveló una verdad fundamental que marcaría un cambio trascendental en la forma en que Dios actuaría a través de su pueblo en la Tierra.
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Después de sanar a un hombre ciego en Betsaida, Jesús y sus discípulos viajaron unos 37 kilómetros al norte hacia la región de Cesarea de Filipo, una ciudad en su mayoría gentil, a los pies del monte Hermón, y una de las principales fuentes del río Jordán.
Allí, lejos de las multitudes de Galilea, Jesús reveló una verdad que marcaría el futuro de sus seguidores a lo largo de generaciones.
Una breve historia de Cesarea de Filipo
Tras la muerte de Herodes el Grande en el año 4 a.C., la región al norte del mar de Galilea quedó bajo el dominio de su hijo Felipe, quien rebautizó la ciudad de Paneas como Cesarea de Filipo en honor a César Augusto y a sí mismo.
La zona se había asociado desde hacía mucho tiempo con el culto pagano. Los griegos la dedicaron a Pan, un dios al que representaban con patas y cuernos de cabra. Se creía que una cueva cercana, dedicada a Pan, era una entrada al Hades, el reino de los muertos, porque parecía no tener fondo.
Los Evangelios no explican por qué Jesús llevó a sus discípulos allí, pero, como veremos, ese lugar sirvió de escenario para una conversación crucial que cambió el rumbo de sus vidas y marcó una transición importante en la forma en que Dios obraría con y a través de su pueblo.
Jesús plantea la gran pregunta
Al llegar a Cesarea de Filipo, Jesús les hizo una pregunta: “¿Quién dicen los hombres que es el Hijo del Hombre?” (Mateo 16:13).
Aunque a lo largo de los Evangelios abundan las afirmaciones acerca de la identidad de Jesús, ésta parece ser la primera vez que les pidió directamente a los discípulos que lo identificaran.
Los discípulos compartieron algunas de las opiniones que habían escuchado de sus compatriotas —que Jesús era Juan el Bautista, Elías, Jeremías u otro de los profetas (v. 14). Al parecer, muchos creían que era un profeta del pasado que había regresado de entre los muertos.
Pero a Jesús no sólo le interesaban las opiniones de los demás. Estos doce hombres habían pasado cientos de horas con Él —habían presenciado milagros, escuchado sus enseñanzas y observado su ejemplo. Él también quería saber cuál era su posición al respecto.
“Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?” (v. 15, énfasis añadido).
Pedro, un hombre que rara vez se callaba lo que pensaba, fue el primero en hablar: “Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente” (v. 16).
Pedro estaba haciendo dos afirmaciones cruciales de fe y creencia:
- Que Jesús era “el Cristo”. La palabra griega Christos significa “ungido” y es el equivalente griego del hebreo māšîaḥ (“Mesías”). Pedro estaba declarando que Jesús era el cumplimiento de numerosas profecías del Antiguo Testamento que anunciaban a un Salvador que liberaría a su pueblo de sus pecados y, en última instancia, gobernaría la Tierra (Isaías 53:5; 9:6-7).
- Que Jesús era el “Hijo del Dios viviente”. Pedro estaba reconociendo no sólo que Jesús era el Mesías, sino que también era el Hijo eterno y divino de Dios.
Después de haber estado con Él casi tres años, Pedro y los demás comenzaban ahora a comprender que habían encontrado no sólo al Mesías, sino al mismo Hijo de Dios.
Tras elogiar a Pedro por aceptar lo que Dios le había revelado y por responder correctamente (Mateo 16:17), Jesús sabía que estaban listos para recibir una de las revelaciones más significativas de su ministerio.
“Edificaré mi Iglesia”
Lo que Jesús dijo a continuación cambiaría literalmente el curso de la historia.
“Y yo también te digo que tú eres Pedro [petros, una piedra pequeña], y sobre esta roca [petra, una gran masa de roca] edificaré mi iglesia, y las puertas del Hades no prevalecerán contra ella” (Mateo 16:18).
Esto implica tres revelaciones vitales:
- Cristo edificaría una nueva entidad espiritual aparte de Israel. La palabra que utilizó, ekklesia, les habría resultado familiar a los discípulos. Describía una asamblea de personas convocada formalmente, por lo general dentro de un contexto cívico. El enfoque de la obra de Dios se desplazaría hacia una ekklesia —que, según muestra la Biblia, es una asamblea de personas convocadas de todas las naciones.
- Cristo sería el fundamento. Simón, ahora llamado Pedro, aunque a menudo era fuerte e intrépido, no sería la figura central sobre la que se edificaría esta Iglesia. Aunque Pedro desempeñaría un papel importante, Cristo sería su cabeza y su fundamento.
- Esta Iglesia nunca sería destruida. No sería una asamblea temporal que apareciera brevemente y luego desapareciera. Las “puertas del Hades” —sinónimo de la muerte misma— nunca prevalecerían contra ella. De pie cerca de una cueva que muchos asociaban con el reino de los muertos, Jesús declaró que ni la muerte ni los poderes de las tinieblas destruirían jamás esta Iglesia.
Luego, Jesús aseguró a Pedro y a los discípulos que desempeñarían un papel de liderazgo vital al guiar al pueblo de Dios dentro de esa Iglesia.
Si usted desea una explicación más detallada de las palabras de Jesús y el propósito de la Iglesia, lo invitamos a leer “¿Sobre qué roca edificó Cristo su Iglesia?” y “La Iglesia de Dios: ¿qué es en realidad?”.
La Iglesia como “el cuerpo de Cristo”
Es probable que Jesús pronunciara estas palabras a finales del verano o principios del otoño del año 30 d.C., apenas unos meses antes de su muerte en la Pascua del año 31 d.C. Aunque reveló que edificaría la Iglesia, ésta no comenzaría hasta Pentecostés de la primavera siguiente.
Poco después de su ascensión, Cristo fundó la Iglesia. A través de este nuevo cuerpo espiritual, Él continuaría la obra que había llevado a cabo personalmente durante su ministerio terrenal.
El establecimiento de esa Iglesia marcó un momento determinante en la relación de Dios con los seres humanos. Ya no actuaría sólo a través de una nación física, sino que ahora llamaría a personas de todas las naciones para formar parte de esta nueva entidad, la Iglesia de Dios.
Más adelante en el Nuevo Testamento, Pablo le escribió a la Iglesia y la describió de una manera única: “Vosotros, pues, sois el cuerpo de Cristo, y miembros cada uno en particular” (1 Corintios 12:27, énfasis añadido). Más adelante, escribió que el Padre “lo dio [a Cristo] por cabeza sobre todas las cosas a la iglesia, la cual es su cuerpo, la plenitud de Aquel que todo lo llena en todo” (Efesios 1:22-23, énfasis añadido).
Por supuesto, el cuerpo literal de Jesús se transformó en espíritu al momento de su resurrección, y ahora está sentado en el trono a la diestra del Padre en el cielo.
Si Jesús está en el cielo, ¿cómo puede la Iglesia ser su cuerpo?
Durante sus tres años y medio de ministerio, Jesús estuvo activo en la Tierra, realizando con vigor la obra de su Padre —proclamando el evangelio, dando ejemplo de su camino de vida, capacitando y preparando a los discípulos que el Padre había llamado y le había entregado.
Pero esas funciones esenciales de su obra no cesarían después de que Jesús se fuera y regresara al cielo.
Poco después de su ascensión, Cristo fundó la Iglesia. A través de este nuevo cuerpo espiritual, Él continuaría la obra que había llevado a cabo personalmente durante su ministerio terrenal.
En lugar de que Cristo estuviera en la Tierra y físicamente realizara Él mismo la Obra, ahora la llevaría a cabo a través de la Iglesia. De hecho, incluso afirmó que su Iglesia acabaría haciendo “obras mayores” que las que Él hizo durante su breve ministerio (Juan 14:12).
Bajo su liderazgo, el Cuerpo espiritual de Cristo desempeñaría las mismas funciones que su cuerpo físico había desempeñado mientras caminaba por esta Tierra.
- Así como Jesús había proclamado el mensaje del evangelio a quienes pudo alcanzar durante su ministerio físico (Mateo 4:23; Marcos 1:14-15), la Iglesia ahora sería responsable de difundir el mismo evangelio a todo el mundo (Marcos 16:15; Hechos 1:8).
- Así como Jesús había representado perfectamente el camino de vida de Dios con su ejemplo (1 Pedro 2:21-22), ahora se esperaba que los miembros de la Iglesia vivieran y representaran el camino de vida de Dios con su ejemplo (Mateo 5:14-16; 1 Pedro 2:11-12).
- Así como Jesús había capacitado y preparado a sus discípulos para el liderazgo futuro en la Iglesia y en el Reino de Dios (Marcos 3:13-14), la Iglesia capacitaría a sus miembros para el servicio y el liderazgo tanto ahora como en el Reino de Dios venidero (Efesios 4:11-13; Colosenses 1:28).
Como Cuerpo de Cristo, la Iglesia continúa la obra y las actividades que Jesús llevó a cabo físicamente mientras estuvo en la Tierra. Lo hace no por su propio poder ni por el intelecto humano, sino bajo el liderazgo y por medio del poder de Cristo mismo (Efesios 1:22-23; Colosenses 1:18).
Jesucristo obra a través de la Iglesia para cumplir la obra del Padre en la Tierra.
La Iglesia que anda como Él anduvo
El tema de esta serie es examinar diversos episodios de la vida de Cristo y resaltar cómo podemos aprender de su ejemplo y seguirlo.
Este momento concreto en la vida de Cristo —cuando afirmó que edificaría su Iglesia— nos muestra que seguir su ejemplo no es algo que Dios nos llama a hacer de manera aislada.
Dios está llamando a personas de este mundo para que formen parte de algo mucho más grande que ellas mismas y, juntas, realicen la obra más importante en la Tierra hoy en día. Quienes buscan esa Iglesia deben buscar el cuerpo que sigue fielmente el ejemplo de Cristo y continúa su obra. (Si usted desea estudiar este tema más a fondo, lo invitamos a descargar nuestro folleto ¿Dónde está la Iglesia que Jesucristo edificó?).
Jesús sigue edificando su Iglesia, y a sus miembros se les ha encomendado el mandato individual y colectivo más extraordinario que jamás se le haya dado a la humanidad . . .
Andar como Él anduvo.