Muchos libros de autoayuda modernos hablan sobre el arte de vivir bien. Pero para nosotros como cristianos, morir bien debería tener la misma importancia.
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Hace casi 10 años, un querido amigo y mentor murió por complicaciones de esclerosis lateral amiotrófica (ELA). Él era un pastor y su muerte impactó mucho a la pequeña comunidad de creyentes que lo conocían y lo amaban.
(Digo “lo conocían y lo amaban”, pero eso es redundante. Conocerlo era amarlo. Era imposible no hacerlo.)
En los días y las semanas siguientes, mis redes sociales se llenaron de recuerdos y palabras de despedida para un hombre que había tenido una gran influencia e impactado muchas vidas durante su tiempo relativamente corto en esta Tierra. Recuerdo la esencia de algunos comentarios, pero no creo que pudiera recitar ninguno, con una excepción.
En medio del mar de reflexiones y condolencias, un amigo mutuo ofreció unas pocas palabras que para mí se volvieron indelebles —aún siguen grabadas en mi mente una década después:
“Nos mostró cómo vivir y cómo morir”.
En el almacén de mi mente, donde sea que las cosas permanentes e inolvidables se guardan, esta frase está preservada dentro de una valiosa caja de palabras que han cambiado mi perspectiva del mundo. De vez en cuando, aún la inspecciono; la tomo para observarla y sentir su peso en mis manos.
Cómo vivir. Cómo morir.
Tres requisitos para morir bien
Como cristiano, paso mucho tiempo pensando en la primera parte de esta frase: cómo vivir. Para eso estamos aquí, ¿no es así? Para “vivir piadosamente en Cristo Jesús” (2 Timoteo 3:12).
Pero no dedico mucho tiempo a la segunda: cómo morir. Pensar en la muerte (especialmente mi propia muerte) es inquietante, y prefiero dejarlo para después. (Ojalá mucho después, en un tiempo indeterminado.)
La muerte no es el final. Es el final de esta vida física, sí, pero no el final del plan de Dios para nosotros.
Pero eso no es sabio. La muerte está garantizada. “Está establecido para los hombres que mueran una sola vez” (Hebreos 9:27), sin importar cuán incómodos nos sintamos al pensar en ello —y ésa es exactamente la razón por la que debemos hacerlo.
Todos mueren.
Pero no todos mueren bien.
¿Cuál es el secreto?
El arte de morir bien requiere de tres cosas. Eso es todo —sólo tres. No son cosas complicadas, pero tampoco son fáciles.
En primer lugar, debemos aceptar que la muerte —nuestra muerte y la muerte de nuestros seres queridos— es inevitable e impredecible.
Segundo, debemos entender el futuro que nos espera después de la muerte.
Y finalmente, debemos vivir de una manera que busque y nos prepare para ese futuro.
1. Aceptar lo inevitable de la muerte
Tal vez sería más fácil pensar en la muerte si supiéramos cuándo llegará. Si yo supiera que sólo me quedan cinco años de vida, quizá comenzaría a aceptarlo desde ahora —hacer planes, reflexionar más, corregir el curso donde es necesario.
Pero no lo sé. Para mí —y para cualquiera de nosotros— la muerte podría llegar mañana o en una década. Podría llegar en la forma de un diagnóstico terminal o un accidente trágico; o podría ocurrir mientras duermo.
No lo sabemos y no podemos saberlo. Pero tenemos que vivir cada día sin saber si será el último, lo que significa que deberíamos vivir cada día como si lo fuera.
Porque en realidad, podría serlo.
La reflexión y la corrección de curso no pueden esperar.
2. Entender qué hay después de la muerte
Pero aceptar nuestra propia mortalidad solamente es útil cuando la ponemos en la perspectiva correcta:
La muerte no es el final.
Es el final de esta vida física, sí, pero no el final del plan de Dios para nosotros. El pueblo de Dios sabe que cuando Jesucristo regrese a la Tierra, “los muertos en Cristo resucitarán primero” (1 Tesalonicenses 4:16); pero no sólo resucitarán, “serán resucitados incorruptibles, y nosotros seremos transformados” (1 Corintios 15:52, énfasis añadido).
Y transformados de la manera más increíble. Como hijos de Dios, “seremos semejantes a él, porque le veremos tal como él es” (1 Juan 3:2).
La muerte no es el final, pero es un interludio; es una pausa temporal en camino a ese increíble futuro. Y dado que vemos ese futuro —dado que creemos en él y lo percibimos como algo más real, más concreto incluso que nuestra vida física— tomamos la decisión de vivir diferente hoy.
3. Buscar y prepararnos para el futuro
El pueblo de Dios tiene un largo historial de morir bien, precisamente porque para ellos las promesas de Dios son más tangibles que la vida física. Su deseo de ser parte de ese futuro los anima a vivir como si ya estuvieran ahí, a asegurarse de que su vida presente está alineada con lo que Dios espera de ellos. Y así es como podemos morir bien.
La causa de su muerte es irrelevante.
La edad a la que muere es irrelevante.
El tiempo que tiene para prepararse para esa muerte es irrelevante.
Lo único que importa a fin de cuentas es vivir bien ahora, de una manera que lo prepare para el futuro que le espera.
El apóstol Pablo murió bien porque se comprometió a “[olvidar] ciertamente lo que queda atrás, y [extenderse] a lo que está delante, [proseguir] a la meta, al premio del supremo llamamiento de Dios en Cristo Jesús” (Filipenses 3:13-14).
Y cuando su muerte se acercaba, pudo decir con confianza: “He peleado la buena batalla, he acabado la carrera, he guardado la fe. Por lo demás, me está guardada la corona de justicia, la cual me dará el Señor, juez justo, en aquel día” (2 Timoteo 4:7-8).
Dorcas murió bien porque dejó un legado de “buenas obras y... limosnas que hacía” (Hechos 9:36).
Jesús murió bien, “sabiendo… que el Padre le había dado todas las cosas en las manos, y que había salido de Dios, y a Dios iba” (Juan 13:3).
Y eso apenas raspa la superficie. Hebreos menciona a incontables fieles que murieron bien, quienes “fueron atormentados, no aceptando el rescate, a fin de obtener mejor resurrección. Otros experimentaron vituperios y azotes, y a más de esto prisiones y cárceles. Fueron apedreados, aserrados, puestos a prueba, muertos a filo de espada; anduvieron de acá para allá cubiertos de pieles de ovejas y de cabras, pobres, angustiados, maltratados; de los cuales el mundo no era digno” (Hebreos 11:35-38).
Mi amigo y mentor también murió bien —no por la forma en que se fue, sino por la forma en que vivió. Su diagnóstico terminal de una enfermedad inmisericorde no cambió lo que él era ni cómo vivió. Siguió pastoreando y sirviendo fielmente al pueblo de Dios hasta el final, confiando en que la corona de justicia estaba preparada para él.
Extranjeros y peregrinos
¿Qué hay de usted?
¿Morirá bien?
Morir bien es un arte, pero no es una meta imposible.
No se trata de cuándo ni de cómo ocurre. No se trata de cuánto dinero tiene, ni por cuánto tiempo vivió, ni cuánta influencia logró tener.
Se trata de perseguir un futuro que para nosotros significa más que cualquier cosa en este mundo y de trabajar con Dios hasta convertirnos en la clase de persona que pertenece a ese futuro. Y en ese proceso, nos unimos a las filas de extranjeros y peregrinos que vinieron antes de nosotros.
“Conforme a la fe murieron todos estos sin haber recibido lo prometido, sino mirándolo de lejos, y creyéndolo, y saludándolo, y confesando que eran extranjeros y peregrinos sobre la tierra. Porque los que esto dicen, claramente dan a entender que buscan una patria; pues si hubiesen estado pensando en aquella de donde salieron, ciertamente tenían tiempo de volver. Pero anhelaban una mejor, esto es, celestial; por lo cual Dios no se avergüenza de llamarse Dios de ellos; porque les ha preparado una ciudad” (Hebreos 11:13-16).
Le invitamos a leer más acerca de ese futuro en nuestro folleto El propósito de Dios para usted.
La corona de justicia
Todos moriremos algún día.
Morir bien depende de usted.
Dios le dará la corona de justicia a Pablo “y no sólo a mí, sino también a todos los que aman su venida” (2 Timoteo 4:8).
Mi amigo que terminó la carrera recibirá su corona; los incontables cristianos que vinieron antes de él y se prepararon para el futuro que Dios les prometió, también.
La corona también puede ser suya.