En un mundo que nos tienta a compararnos constantemente con los demás, ¿cómo podemos liberarnos de este círculo vicioso y perjudicial?
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Los mensajes están por todas partes: en cada aplicación de redes sociales, en cada transmisión en vivo, en cada anuncio. Estamos en nuestras tareas habituales del día a día y de un momento a otro, somos bombardeados con un mensaje sutil pero persistente: nos hace falta algo que otra persona tiene.
Este mensaje está diseñado para provocar una respuesta —un sentimiento de inferioridad que los publicistas, prometen solucionar con diferentes tipos de productos y servicios. Si bien es cierto que en algunos casos es fácil identificar este tipo de manipulación siendo críticos, las emociones que nos provocan son muy reales.
Como muchas de las actitudes dañinas, la tentación de compararnos con los demás es un callejón sin salida.
Lo que comienza como una comparación casual en línea, rápidamente puede afectar nuestra vida personal, con efectos muy negativos en la manera como vemos a nuestros amigos y familiares. Y si bien es cierto que una pequeña comparación nos puede motivar a trabajar más duro para alcanzar nuestras metas, con mucha frecuencia causa mucho más daño que bienestar —especialmente cuando se convierte en una obsesión.
El verdadero costo de compararnos
Pablo reconoció los peligros de la comparación. Escribió: “Porque no nos atrevemos a contarnos ni a compararnos con algunos que se alaban a sí mismos; pero ellos, midiéndose a sí mismos por sí mismos, y comparándose consigo mismos, no son juiciosos” (2 Corintios 10:12).
Pasar nuestras vidas comparándonos con otras personas o sus posesiones, es una forma muy tonta de perder el tiempo y la energía.
Entonces, ¿por qué la comparación es tan tentadora? Porque viene de manera natural en esta sociedad bajo la influencia de nuestro adversario. Expertos en marketing, compañías de redes sociales y otros, entienden nuestras vulnerabilidades. Saben exactamente cómo explotar y sacar provecho económico de cada una de las inseguridades que nos aquejan.
Pero Satanás no sólo promueve todo esto con el fin de hacernos sentir mal con nosotros mismos. Su propósito es mucho más siniestro. Él sabe que cuando la comparación se convierte en un hábito, nuestro bienestar espiritual sufre. Podemos convertirnos en seres orgullosos o llenos de desánimo —o los dos.
El orgullo puede surgir debido a la comparación y se arraiga en nosotros cuando medimos nuestro valor con respecto a los demás. Cuando permitimos que Satanás nos incite a compararnos constantemente, él nos puede llevar por un camino peligroso y desalentador. Esto puede cultivar en nosotros características tales como:
- Una inseguridad exacerbada
Con frecuencia, compararnos con otras personas nos lleva a cuestionar nuestras habilidades y, si permitimos que esto trascienda, puede incluso afectar la percepción de nuestro valor como personas. Después de todo, si nos concentramos en el hecho de que existe una persona que es mejor que nosotros en todo sentido —si nos fijamos en que siempre hay alguien que tiene algo que nosotros no tenemos— nuestra reacción natural va a ser la de cuestionar nuestro valor y habilidad para contribuir a la sociedad que nos rodea. Entre más nos comparemos con las personas que nos rodean, mayor será este sentimiento.
En esencia, la inseguridad suele estar arraigada en el temor de no tener nada único o especial para ofrecer a los demás. Cuando este temor se apodera de nosotros, normalmente respondemos de dos formas: o nos resignamos o sobrecompensamos (en un intento de probar nuestro valor).
- Una competitividad excesiva
La competencia mental en la que nos vemos involucrados cuando nos comparamos con los demás es muy interesante. Es principalmente interna, se desarrolla en la mente de quienes la practican. Y es adictiva. Sin darnos cuenta, podemos encontrarnos fácilmente evaluando a cada persona que conocemos, clasificándola mentalmente en comparación con nosotros mismos.
Esto también es algo agotador. Mantener esta competencia constante e implícita pasa factura. Luchar por mantenerse “a la cabeza” de una jerarquía imaginaria producida en nuestra mente, es agotador en extremo y ofrece pocas recompensas.
De hecho, es un ciclo interminable. Siempre habrá una persona nueva con la cual competir, o algún aspecto nuevo con el cual compararnos.
Y quizá lo peor de todo, es que esto nos impedirá disfrutar plenamente de nuestras amistades y nos privará de la cercanía que esas relaciones podrían ofrecernos en otras circunstancias.
- Codicia y envidia
Cuando la competencia permanente deja de satisfacernos y ya no reafirma nuestros anhelos, otras actitudes peligrosas surgen sigilosamente: la codicia y la envidia.
Aunque están estrechamente relacionadas, son diferentes. La codicia entra en escena cuando deseamos algo que otra persona tiene. La envidia surge cuando nuestra insatisfacción distorsiona la manera en que vemos a los demás.
A pesar de que pueden ser parte de nuestra naturaleza humana, la codicia y la envidia suponen un grave peligro para nuestra salud emocional y espiritual. Si usted desea aprender más acerca de este tema, lo invitamos a leer nuestros artículos en línea “No codiciarás” y la publicación de nuestro blog “La lucha contra las obras de la carne: la envidia”.
La Biblia asocia cierta maldad en particular con el pecado de la envidia. Por ejemplo, en Santiago 3:16 dice, “Porque donde hay celos y contención, allí hay perturbación y toda obra perversa”.
¿Qué debemos hacer?
Para todos aquellos que están luchando para no compararse, estos patrones —y el daño que causan— pueden resultarles muy familiares. El primer paso es reconocer el ciclo; romperlo es el verdadero desafío.
Imitar a Cristo
Compararnos con los demás y entre nosotros es natural, pero tiene varios inconvenientes. Sin importar cuán impresionante o admirable pueda ser una persona, cada individuo con el que nos comparamos seguirá siendo un ser humano imperfecto.
Con excepción de uno —el más importante de todos. La única persona con la cual las Escrituras nos dicen que debemos compararnos es con Jesucristo. Él es el modelo con el cual debemos compararnos y crecer para parecernos cada vez más a Él.
Se nos exhorta a imitar a Jesucristo y seguir sus pasos (lo invitamos a ver nuestras series en Discernir, comenzando con el artículo “Andar como el anduvo”). El problema no es la comparación —sino con quién decidimos compararnos.
Cuando nos concentramos en compararnos con Cristo en lugar de hacerlo con otras personas, la humildad puede desplazar al orgullo, y el desánimo puede ser remplazado por la esperanza. Luchar para emular a Jesucristo produce frutos que perduran en nuestras vidas, tales como:
- Seguridad y sentido de propósito
Dios nos conoce y nos cuida íntimamente. El rey David plasmó ese amor y cuidado de una manera hermosa en el Salmo 139, cuando dice que Dios conoce nuestro “sentar” y nuestro “levantar” y que “’todos nuestros caminos le son conocidos” (vv. 2-3). Él formó nuestras entrañas y nos cubrió en el vientre de nuestra madre (v. 13).
Cuando vemos cuánto se preocupa Dios por nuestro bienestar, nos damos cuenta de que no necesitamos buscar valor o competir para ser especiales o únicos ante sus ojos. Podemos sentirnos seguros al saber que Dios el Padre y Jesucristo nos aman. Nos crearon con un propósito específico y desean que seamos sus hijos e hijas en el Reino de Dios que pronto vendrá (lo invitamos a leer nuestro artículo en línea “Llegar a ser hijos e hijas de Dios”).
Además, cuando entendemos el plan que Dios tiene para nosotros y el papel que quiere que cada uno de nosotros desempeñe, comenzamos a ver que nuestras vidas tienen un propósito asombroso. Un propósito que no podemos ver cuando nos concentramos en nosotros mismos o cuando nos comparamos con otras personas en esta vida física. Cuando nos sintamos tentados a volver a incurrir en la trampa de la comparación, recordar esta perspectiva nos puede ayudar a resistir la tentación.
- Paz y felicidad
Romper el ciclo constante de la comparación nos permite finalmente tener un respiro, encontrar la paz y la felicidad en la vida con la que hemos sido bendecidos (si usted desea leer más acerca de la felicidad, lo invitamos a ver nuestro artículo “¿Cuál es la verdadera fuente de la felicidad?”).
La advertencia en contra de la codicia que vemos en Hebreos 13:5 subraya la importancia de estar satisfechos con lo que tenemos, ratificando que nuestro Padre y hermano mayor proveerán para nuestras necesidades, nunca nos van a dejar ni a olvidar.
- Alegría genuina por los demás
Cuando compararnos con los demás ya no es lo que guía nuestros pensamientos, nos convertimos en mejores amigos y una fuente de soporte para aquellos que nos rodean. Al liberarnos de la necesidad de competir, nos podemos regocijar sinceramente con el éxito de los demás —incluso cuando ellos reciben bendiciones y oportunidades que nosotros hubiéramos querido tener.
Esta libertad nos permite estimar realmente a otras personas más que a nosotros mismos, anteponer su bienestar y necesidades a las nuestras. Esta actitud desafía directamente la tendencia natural hacia la comparación y la rivalidad (lo invitamos a leer nuestro artículo “El significado de Filipenses 2:3: ¿estimar como superiores a los demás?”).
Cuidarse de la trampa
La tentación de regresar a la trampa de la comparación siempre estará latente. Aun así, cuando los viejos hábitos surgen de nuevo, fijar nuestra mirada en Cristo —haciéndolo nuestro único modelo— reorienta nuestra perspectiva y fortalece nuestra habilidad para resistir.
Al hacerlo, podemos vivir con propósito, satisfacción y auténtica alegría por los demás mientras nos esforzamos por seguir el ejemplo de Jesucristo.