Los tiempos difíciles y de adversidad no son la única oportunidad para el crecimiento espiritual. ¿Qué podemos aprender de los momentos de abundancia?
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Con frecuencia escuchamos acerca de las bendiciones que vienen por medio de las pruebas —ese conocimiento alentador de que no importan los desafíos que enfrentemos, siempre hay aspectos positivos que nos permiten crecer cuando vemos nuestras dificultades desde la perspectiva de las Escrituras. Básicamente, se nos dice que tengamos “por sumo gozo” cuando estemos pasando por alguna prueba (Santiago 1:2).
Pero, ¿qué sucede cuando nos llegan bendiciones?
En esta vida vamos a experimentar dolores inmensos y grandes alegrías. En Eclesiastés 3 se nos recuerdan que existe un tiempo para cada cosa: “tiempo de destruir, y tiempo de edificar; tiempo de llorar, y tiempo de reír” (vv. 3-4).
La vida tiene muchos altibajos, con momentos de dificultades y momentos de abundancia. Cuando los desafíos y las pruebas nos superan, es probable que tengamos una idea general con respecto a qué debemos hacer —por más difícil que sea. (Si usted desea encontrar ayuda y ánimo, lo invitamos a leer nuestro artículo “Siete claves para superar las pruebas de la vida”.)
Pero, ¿con qué frecuencia analizamos cómo deberíamos abordar los momentos en los que tenemos bendiciones, gozo y abundancia?
En primera instancia, esta pregunta puede ser un poco extraña. Después de todo, ¿qué hay de malo en las bendiciones? ¿Qué hay que soportar o superar cuando conseguimos lo que queremos? ¿No podemos bajar la guardia y simplemente disfrutar de las bendiciones?
Cuando Dios nos bendice, Él definitivamente quiere que disfrutemos de esos regalos. Sabemos por las escrituras que Él “ama la paz de su siervo” (Salmos 35:27). Pero mientras disfrutamos de esos momentos de abundancia, debemos tener en cuenta que tanto en las pruebas como en las bendiciones nuestro carácter se puede poner a prueba.
“El engaño de las riquezas” (Marcos 4:19)
Las pruebas pueden quebrantarnos, minar nuestra autosuficiencia e impulsarnos a confiar plenamente en Dios. Por el contrario, las bendiciones —cuando se abordan de una manera incorrecta— pueden fortalecer nuestra independencia, haciendo que olvidemos su verdadera fuente al anhelar siempre más.
Si caemos en esa actitud en momentos de prosperidad prolongados, no estamos solos. La tentación del orgullo y la autosuficiencia nos acecha a todos.
No obstante, los desafíos de la prosperidad no terminan ahí. Para algunas personas, la abundancia en grandes proporciones viene acompañada de un gran sentimiento de culpa. El hecho de saber que ellos poseen lo que muchos no, hacen que les sea difícil disfrutar lo que Dios les ha dado. Otros miran las bendiciones con aprehensión y temen que si cometen un error Dios se las va a quitar.
Las bendiciones de Dios siempre son un motivo de celebración y gratitud genuina. Deberíamos esperarlas con emoción. Pero como todos los momentos en la vida, los momentos de prosperidad tienen pruebas y tentaciones —pruebas que pueden ignorarse o desestimarse fácilmente ya que “nos está yendo bien”.
Entonces, ¿cómo podemos vencer esos desafíos y continuar creciendo espiritualmente a medida que prosperamos en lo material?
¿Cómo podemos sobrellevar la prueba de las bendiciones?
“Y no olvides ninguno de sus beneficios” (Salmos 103:2)
Algo que podemos hacer es reconocer la magnitud de la bondad de Dios hacia nosotros. Es muy raro que nuestras bendiciones lleguen en un mismo momento. Por el contrario, se van acumulando con el tiempo, haciendo que sea muy fácil olvidar todo lo que tenemos y que comencemos a ver nuestra prosperidad como algo normal y habitual en lugar de una generosa dádiva.
De vez en cuando, podemos hacer un balance de nuestras bendiciones y reconocer la mano de Dios en ellas. Quizás nos sorprenda ver cuánto ha crecido la lista.
Una respuesta puede ser manifestarle la gratitud a Dios en nuestras oraciones y en nuestra actitud del dar. (Si usted desea aprender más acerca de este tema, lo invitamos a leer nuestros artículos “El camino del dar” y “La generosidad en la Biblia”.)
“Toda buena dádiva y todo don perfecto desciende de lo alto” (Santiago 1:17)
Una de las debilidades más persistentes en la humanidad es la disposición a olvidar. Con frecuencia el ciclo se evidencia de esta manera: tenemos una necesidad o deseamos algo, buscamos la ayuda de Dios, Él nos provee, prosperamos, le agradecemos y lo apreciamos por un tiempo —y después comenzamos a olvidar lo significativo de esas bendiciones y de dónde provienen.
Este patrón no es nuevo. Las personas que han estudiado las escrituras que narran el viaje de Israel hacia la Tierra Prometida reconocen que éste es un tema recurrente en la Biblia.
El sello distintivo de la vida de Moisés fue su empeño por guiar a los israelitas hacia la tierra que Dios, por su amor, deseaba darles. Durante cuarenta años, fue testigo de cómo luchaban por apreciar verdaderamente todo lo que Dios tenía previsto darles y lo que ya les había provisto a lo largo del camino. A punto de heredar la Tierra Prometida, necesitaban dejar su orgullo a un lado.
Consciente de que no estaría allí para guiarlos en esta siguiente etapa de su viaje, Moisés les dejó una advertencia contundente y atemporal:
“Cuídate de no olvidarte del Eterno tu Dios... no suceda que comas y te sacies, y edifiques buenas casas en que habites... y todo lo que tuvieres se aumente... y digas en tu corazón: Mi poder y la fuerza de mi mano me han traído esta riqueza” (Deuteronomio 8:11-17).
La capacidad de Israel para tener éxito se basaba en el reconocimiento de su dependencia de Dios para cada una de las bendiciones. La nuestra también.
“Acuérdate del Eterno tu Dios, porque él te da el poder para hacer las riquezas” (Deuteronomio 8:18). Dios quiere darnos buenos dones. Podemos responder reconociéndolo como la fuente de nuestras bendiciones, demostrando gratitud y obediencia a cambio.
“Contentos con lo que tenéis ahora” (Hebreos 13:5)
Un desafío adicional de la riqueza material es que a menudo aviva nuestro deseo de tener más. Si se deja a su libre albedrío, nuestra naturaleza humana se cansa rápidamente de lo que hemos recibido y comienza a buscar algo nuevo y más emocionante.
Recibir dádivas puede llevar a nuestra mente a esperar que vengan más, y a desanimarse cuando estas expectativas no se cumplen.
El apóstol Pablo lo expresó muy bien en 1 Timoteo 6:6-7, cuando afirmó: “Pero gran ganancia es la piedad acompañada de contentamiento; porque nada hemos traído a este mundo, y sin duda nada podremos sacar”. Pablo ciertamente estaba calificado para ofrecer esta perspectiva. A través de todo lo que sufrió —desde la humillación hasta la abundancia— aprendió la importancia del contentamiento en cada etapa de la vida (Filipenses 4:11-12).
La satisfacción no significa que no podamos aspirar a ciertas bendiciones o pedirle a Dios que satisfaga nuestros deseos y necesidades. De hecho, Dios nos anima a presentarnos ante Él en oración para expresar nuestros deseos (Filipenses 4:6-7). Pero también podemos aprender a aceptar su voluntad si Él no cumple nuestros deseos de la manera en que queremos que lo haga. (Lo invitamos a leer nuestro artículo en línea “¿Cuál es la verdadera fuente de la felicidad?”.)
Alcanzar el nivel de satisfacción de Pablo no es tarea fácil, pero buscar la satisfacción es una forma de disfrutar de lo que tenemos sin anhelar constantemente más.
“No te desampararé ni te dejaré” (Hebreos 13:5)
En medio de una prueba, saber que no durará para siempre nos reconforta. En medio de la abundancia, ese mismo conocimiento puede causarnos ansiedad.
Cuando recibimos buenas dádivas, naturalmente queremos aferrarnos a ellas y disfrutarlas el mayor tiempo posible. La idea de perderlas algún día —incluso por una bendición mejor o una oportunidad de aprendizaje— puede inquietarnos. Si no tenemos cuidado, podemos pasar toda una temporada de prosperidad lamentándonos por la futura pérdida de las bendiciones que aún tenemos.
Esto no sólo socava el propósito de esas bendiciones, sino que también puede distorsionar nuestra visión de Dios. El temor de que Dios nos quite sus bendiciones puede transformarlo en nuestra mente, de un Padre amoroso y generoso, a uno que podría dejarnos con las manos vacías.
Pero así no es como obra Dios. Él se reserva el derecho de dar y quitar según lo considere conveniente, pero siempre actúa por nuestro bien, y nunca nos abandonará. Dios está con nosotros tanto en la prosperidad como en la adversidad (Eclesiastés 7:14).
Es fácil afirmarlo en teoría, pero a menudo resulta mucho más difícil ponerlo en práctica. Podemos llevar nuestras dificultades a Dios si nos cuesta desprendernos de nuestra abundancia. Podemos expresar nuestras preocupaciones y pedirle su ayuda para adoptar la mentalidad correcta y aprender a confiar plenamente en Él. Con el tiempo, Dios nos mostrará que tiene el poder de sostenernos en cualquier situación, con o sin estas bendiciones.
El propósito principal de las bendiciones
Las bendiciones pueden ser una herramienta poderosa para que aprendamos gratitud, humildad, dependencia, satisfacción y confianza. Como afortunados receptores de las bendiciones de Dios, podemos usarlas para honrarlo y crecer espiritualmente.
Si usted desea más información acerca de las bendiciones de Dios, lo invitamos a leer nuestro artículo en línea “Larga vida y prosperidad”.